Recibir más de lo dado era una fructífera fórmula que llevaba aplicando por casi veinticinco años. Sin importar el ámbito, alcanzaba con articular un pedido, que sería concretado de inmediato. Una sonrisa o un agradecimiento insincero bastaban para satisfacer al tercero en cumplir con sus demandas. A Joohyuk poco le interesaba si la otra persona contaba con buenas intenciones o simplemente llevaba a cabo sus pedidos por obligación, siempre y cuando éstos fueran desplegados como él lo quería. Dulces miradas que enmascaraban la frialdad de una serpiente dispuesta a devorar a quienes compartían su misma sangre. Y, aún siendo el último vástago de un matrimonio bañado en dinero y objetos materiales de lujo, sus requerimientos no eran pensados dos veces; era la luz de los ojos de una mujer un tanto desabrida y con poca fibra material, cuyo rol era ciertamente pendenciero y crucial en la disputa familiar. Efectivamente el particular cariño de su madre representaban kilómetros de ventaja en la competencia que ceñía entre los hermanos de la familia; era una batalla descarada, cruda y despreocupada entre los herederos de una de las más grandes fortunas tanto en Corea del Sur como en el resto del mundo. Cada oportunidad de sabotear a alguno de sus hermanos era como un trago de agua luego de varias horas bajo el sol; dejar pasar alguna era un error que no podía cometer. Entre la constante ponzoña que fluía entre los Kang, la bandera blanca era la única mujer entre cinco ejemplares masculinos determinados en arrancar las cabezas del resto con sus propios colmillos. Yuji y el bastardo (pues él no tenía la intención de considerarlo como un hermano más) eran la excepción a la rutina belicosa; con una mantenía una relación fraternal sana y agradable, mientras que con el otro no existía ningún trato, sólo desprecio.
Había llegado a los Estados Unidos con ansias de romper con la rutina no tan típica que acarreaba en su nación, y explorar las aguas del país americano que tanta fascinación causaba a algunas de sus amistades y a su hermana mayor, persona cuya pacífica vida decidió irrumpir con su presencia. Sabía que sería recibido con brazos abiertos y sabía que, todavía bajo las reiteradas amenazas que la mayor pronunciaba ante sus malos hábitos, no existía forma de tener que buscar tregua con Seokjin, encargado de las propiedades y demases en ese lado del océano, para encontrar otro lugar donde vivir. A pesar de siempre obtener más de lo que daba, en ocasiones se tomaba el tiempo para devolver, a seleccionadas personas, lo que le otorgaban, especialmente si se trataba de Yuji, quien incluso conociendo la falta de generosidad en su ser, le tenía un inmenso cariño. Razón por la cual se hallaba acomodando las solapas de su costoso saco de vestir, mientras se encaminaba hacia la fémina que compartía genes con él. La sonrisa en el rostro de la mujer era un indicio para ser condescendiente en la medida que su carácter le permitiera. Cuando los ojos contrarios se posaron en su persona, la de menor estatura se aproximó a él, colocando ambas manos en sus hombros para alisar la tela que cubría sus huesos. « ¡Ah! ¡Al fin! ¿Qué te parece la fiesta? Pasé días buscando el lugar perfecto. », ante el comentario, Joohyuk alzó los hombros con simpleza. “Estoy aburrido”, pronunció, atestiguando la transformación en la expresión ajena. Recibió un golpe en brazo y arqueó una de sus cejas. « ¿Qu-qué? ¡¿Por qué?! Al menos podrías mentirme y decir que sí... ¿Qué? ¿Acaso no te basta con andar persiguiendo a cada una de las señoritas presentes? », estaba a punto de replicar, pero sus orbes vislumbraron una cabellera rosada refulgiendo bajo las luces del lugar acercarse para ofrecer copas con bebida espumante dentro de las mismas. Su hermana reclinó la oferta con una amable sonrisa y un suave ‘no’, aún esperando por una respuesta de su parte. Sin embargo, su atención estaba todavía en la mujercita de dulces facciones que ahora ofrecía tragos al resto de los invitados. “Ya vuelvo”, dijo, dispuesto a interrumpir la labor de la chica. « ¿A dónde vas? Oye... ¡No! No la molestes, está trabajando. No seas desagradable. Por favor » , hizo oídos sordos a las súplicas de su hermana, quien estaba muy consciente de sus próximas artimañas, y se inmiscuyó entre las personas para abrirse el paso hasta la muchachita. “Disculpa”, la llamó, posando su mano en uno de los antebrazos contrarios. “¿Puedo robarte unos minutos? Sé que estás trabajando, pero prometo que no te meteré en problemas”, articuló, esbozando su sonrisa más encantadora, sin apartar sus cafés del rostro femenino.














