Jartum es extraña: cautiva con sus lujosos edificios, su riqueza cultural, su riqueza gubernamental, pero choca con sus calles de tierra y barro. Puedes encontrar un monumental hotel en forma oval financiado por Libia; un puente enorme, construido por turcos, que va desde el centro al norte de la ciudad; el mayor centro de negocios africano situado entre la confluencia del Nilo Blanco y el Nilo Azul con altísimos rascacielos de oficinas y viviendas; universidades, museos, centros comerciales… y también puedes encontrar calles polvorientas sin asfalto, barrios paupérrimos, escasez de agua potable, educación o acceso a la sanidad pública.
El mercado Omdurman está provisto de buenos alimentos, buenas gentes, buena vida… es de lo mejor que he visto nunca y podía comprar sin necesidad de robar y que me detuvieran por ser avistada. Aunque ahí la delincuencia no es menos que en otras ciudades, de hecho, incluso muchas de las mujeres que venden ilegalmente en la calle, están provistas de armas con las que defenderse de la policía y de cualquier otra persona. Pero a pesar de que las mujeres sudanesas se vieran obligadas a la delincuencia por subsistir, siguen siendo violadas, maltratadas y asesinadas por hombres. Pueden ser narcotraficantes, llevar hachas y puñales bajo la túnica, practicar abortos ilegales o acabar con sus maridos acosadores, y aún así, siguen siendo tan silenciadas que todos las ven pero nadie las oye. Hasta para ser delincuente hay que ser hombre.
Tal vez yo me contara como una delincuente más entre todas ellas pero pasaba desapercibida porque soy mujer. Nadie piensa que una mujer lleva un machete en la mochila o un puñal en el muslo. Nadie piensa que una mujer trafica con drogas para darles a sus hijos un plato de comida al día. Nadie piensa que roban. Nadie piensa que participan en conflictos tribales… pero las mujeres sudanesas son una amenaza a la seguridad y… supongo que yo me contaba entre ellas.

















