
#batman#dc comics#dc#bruce wayne#dick grayson#batfam#dc fanart#tim drake#batfamily




seen from Indonesia

seen from United States
seen from Yemen

seen from Maldives

seen from United States
seen from Mexico
seen from Canada

seen from Malaysia

seen from United Kingdom

seen from Malaysia
seen from Lithuania
seen from United States
seen from Morocco
seen from Poland

seen from Australia
seen from United States
seen from United Kingdom

seen from United States
seen from Singapore

seen from Malaysia

Anya is live and ready to show you everything. Watch her strip, dance, and perform exclusive shows just for you. Interact in real-time and make your fantasies come true.
Free to watch • No registration required • HD streaming
La confesión
Isander había dejado su martillo a un lado y se alejó de las forjas del recinto del Cónclave gris para asearse en un caldero de agua: se lavó la cara, y empapó los brazos, el pecho y las axilas, purificandose así del sudor mezclado con la suciedad habitual de las forjas. Era un huargen de pelaje marrón y ojos verdes de un tamaño y constitución considerables... para ser un sacerdote. Tras hacerse con sus togas y semiabrochárselas, salió del edificio para encontrarse con alguien a la entrada.
-Ah, Diablillo...
El sacerdote sonrió de una forma bastante sincera. Dyneon, en comparación con él, era algo más pequeño, y a pesar de que ahora lleva una alimentación decente y se le nota en mejor forma, su cuerpo nunca ha sido especialmente musculado.
El mago parecía algo absorto, como pensando qué decir. Lo miraba sin pestañear, así que el sacerdote continuó:
-¿Necesitas que te enseñe más sobre la filosofía de la Luz? ¿Un sermón quizás? ¿Alguna confesión...? ¡Ya sé! -Isander hizo descender un puño en una zarpa y señaló con un dedito al mago- Quieres que te fabrique un lanzallamas.
-No, sabes que no necesito lanzallamas. YO soy el lanzallamas. - Dyneon alzó una ceja, en parte ofendido. Tenía que dejar las cosas claras.
El sacerdote sonrió con la respuesta. Había conseguido lo que quería.
-Está bien, está bien. No me quemes.
-Sobre lo demás... es posible que sí necesite una especie de confesión. O algo por el estilo.
Isander se extrañó por un instante. Normalmente era él el que tenía que insistirle para contarle sus pensamientos, pero le costaba porque Dyneon era un huargen especialmente intricado. Los últimos meses había conseguido bastantes resultados, algo que el resto de sacerdotes no había logrado, y además los dos tenían una relación que otros podrían llamar bastante cercana para los estándares normales del piromante.
-Comprendo. ¿Necesitas un lugar más privado?
-Definitivamente. Sígueme.
El mago lo guió hasta su habitación y cuando entraron en ella... No había nada. Estaba literalmente vacía.
-¿Qué le has hecho a tu habitación?
-La he trasladado temporalmente.
-¿Qué?
Dyneon recitó unas palabras arcanas y abrió un portal en medio de la pequeña habitación. Un infierno literal se veía al otro lado.
-Dyneon... estás loco.
El mago no contestó. Se limitó a sonreir como si nunca hubiese hecho nada malo y se adentró en el portal. El sacerdote lo siguió tras dejar escapar un suspiro. Emergieron en un trozo de roca flotante de las Tierras de Fuego. Un escudo arcano lo protegía de elementales voladores especialmente agresivos o meteoros aleatorios. El portal se cerró tras ellos.
La “habitación” lucía bastante humilde al igual que inhóspita: había una cama con mantas viejas y remendadas reiteradas veces en el centro, una mesita con una lámpara ardiente, cadenas enroscadas entre las rocas y una estantería con unos cuantos libros de magia (la mayoría de piromancia, por supuesto) entre otras cosas.
Isander empezó a preocuparse y miró con cierto tono de regañina al mago.
-No me mires así. Es MI habitación. Hago lo que quiero con ella. Además, ¿No crees que está mucho mejor? Es más apropiado...
-Es peligroso.
-Bien.
El sacerdote suspiró.
-Hay algo más detrás de esto, ¿Verdad?
-... He aceptado la misión de detener a Dagon de una vez por todas.
-Dyneon...
-No quiero oírlo. No hay vuelta atrás. Necesitaba pensar y esta fue la mejor solución.
-¿Por qué lo haces? ¿Tan... poco valoras tu vida?
-Valoro lo que sé hacer, y lo que mejor sé hacer es reducir bichos a cenizas.
-No tienes por qué hacerlo. Aquí habías conseguido un lugar. Un motivo. Un objetivo. Habías... conseguido vivir. Después de sufrir tanto...
Dyneon tardó unos segundos en responder. Isander lucía algo frustrado, la noticia le molestaba, aunque no le sorprendía.
-Quizás sea por eso. Lo... valoro. No quiero perderlo. Sé que podría morir. Pero definitivamente sería una mejor muerte que morir de viejo en la cama.
-Es... lo entiendo, pero...
-Aún no he hecho mi confesión.
El sacerdote había dejado escapar un leve gruñido y tenía las orejas gachas, pero eso volvió a llamar su atención. El mago continuó.
-... Sé que podría no regresar, por eso quería dejar todos los cabos atados. Irme sin ataduras. Ni físicas ni metafóricas. Hacer algo de lo que quizás luego no podría hacer. Sí, algo de lo que podría arrepentirme si no hago ahora.
Isander sonreía mientras le recordaba sus lecciones y el efecto que han tenido en él.
-Quería... despedirme de ti. Eres de los pocos que me han tratado... como una persona, en lugar de un arma o un demente.
Eso sí que lo pilló por sorpresa. Alzó las orejas y abrió bien los ojos, mientras observaba como el mago se hacía con una botella de vino que guardaba en la mesita. Le dió un trago tras abrirla con una uña y luego le pasó la botella a Isander, el cuál le dio un trago también. Se habían sentado en la cama.
-Así que esto es un adiós, eh... Sabes, si no pensaras volver, no habrías teletransportado tu habitación aquí.
-¿Tú crees?
-Claro, no soportarías que otro la tocase en tu ausencia... así que eso significa que piensas regresar.
-Demasiado enrevesado, hasta para mí... No, espera, tienes razón. Y mira... sin embargo tú estás tocando mi cama. Si supieras la de pajas que me hecho sentado donde estás tú.
Dyneon observó con interés la reacción del sacerdote, pero este comenzó a reírse más que a hacer ascos. De hecho, se había acercado un poco más a él. Le dieron algunos tientos más al vino y dejaron la botella medio vacía a en la mesita.
-Permíteme... darte yo el último adiós.
Isander acercó la zarpa a las aperturas de la toga de Dyneon y este se puso algo tenso. Al detenerse se relajó y esperó a que le diese permiso para continuar.
Lo desabrochó y dejo caer las togas al suelo. Reveló el torso desnudo del mago, de color beis y lleno de cicatrices alargadas por la espalda, algunos otros rasguños y resquicios de quemaduras. No dijeron nada. Se comunicaban a través de los ojos y de las orejas. Las de Dyneon estaban algo gachas ¿Se sentía débil?
-No te haré daño... te lo prometo. - susurró el herrero.
Las palabras lo tranquilizaron y se dejó hacer. Pasó la zarpa por su torso desnudo con suavidad y acercó su hocico a su cuello, donde empezó a rozar con la nariz su pelaje. La tensión sexual empezaba a liberarse poco a poco mientras el resto de la ropa caía al suelo rocoso.
-Tenía ganas de... algo de contacto. Se siente bien. -dijo Dyneon.
-Hacía mucho que no...
-Mucho.
El sacerdote asintió levemente y continuó rozándose con él, yendo a un ritmo lento pero sin pausa. Dyneon estaba raramente relajado mientras Isander lo manoseaba. Empezó a lamerle en el cuello y eso hizo que dejase escapar un suspiro. Esta vez, tomó un poco de iniciativa y se juntó a él, llevando sus zarpas a la espalda fornida de su compañero y... clavando levemente las uñas.
-Uy... ten cuidado, Diablillo. -sonrió divertido el huargen.
-Mi segundo nombre es cuidado. Veamos qué tienes ahí...
Dyneon bajó la zarpa hasta el paquete de su compañero. Descubrió un bulto que había crecido con el contacto anterior y lo notó lo suficientemente duro, así que sonrió y lo miró.
-Vaya, mira al santurrón cómo se ha puesto...
Le arrancó de cuajo la ropa interior y mostró el gran miembro del herrero, palpitante, erecto y sediento de placer. Isander suspiró mientras el mago hacía de las suyas y se introducía el miembro en la boca.
Isander apoyó las zarpas sobre la cama y se dejó hacer. Elevó la testa hacia arriba mientras disfrutaba de la felación y por un instante se olvidó por completo de que se encontraban en el jodido plano elemental del fuego.
Dyneon decidió sacarse el pene de la boca para recorrerlo con la lengua y bajó hasta sus pelotas peludas, donde continuó jugando durante un rato más. Se los metía en la boca y los chupaba, pero a juzgar por los gemidos de placer del sacerdote lo que más le gustaba era que recorriese la lengua por debajo de ellos, alcanzando casi el ano.
Isander tomó las riendas e hizo alzar a Dyneon hasta encontrarse hocico con hocico. Se besaron mutuamente mientras le terminaba de quitar la ropa interior al piromante. Dyneon lucía un miembro ya erecto que a pesar de ser algo más pequeño que el de Isander, no se quedaba especialmente atrás. Sonrió con lujuria mientras se lo agarraba, y se tumbaron en la cama uno encima del otro.
El juego sobre la cama duró unos minutos mientras se intercambiaban mutuamente los roles. Aunque Dyneon tenía una actitud generalmente más pasiva, ambos se dejaban hacer de cualquiera de las formas. El mago acabó encima de él mientras los dos penes se rozaban entre sí y estaban agarrados por la zarpa fornida de Isander.
-¿Vas a querer... penetración?
-... Sí. -llegó a contestar el mago- si me encandenas.
El sacerdote alzó una ceja pero captó su mirada. El hechicero se había levantado y se había colocado a cuatro patas, revelando su culo y su ojete rojizo a su compañero.
-Eres muy travieso...
-¿Qué te esperabas de mí?
Acercó su hocico al culo y empezó a relamerlo, mientras, casi entre jadeos, convocó a la Luz y unas cadenas doradas empezaban a emerger en los brazos de Dyneon hasta encadenarlo con los brazos a la espalda. Lo empujó suavemente contra la cama, dejando el culo alzado y vulnerable para lo que él quisiera.
Dyneon gruñó de placer mientras la lengua de su acompañante dejaba bien húmeda su zona trasera. Por un instante eso era en lo único en lo que pensaba, y por un instante también, parecía estar extrañamente feliz.
El martillo del herrero se acercó cuidadosamente a la zona y comenzó un rozamiento con el glande de arriba a abajo, insinuando sus intenciones. Dyneon logró mirarlo y le asintió, y entonces, comenzó a introducirse con cuidado dentro de él. Unos empujes suaves y constantes, y con ayuda de la saliva, logró entrar plenamente sin hacer sufrir demasiado a su compañero. De hecho, parecía estar disfrutando de lo lindo, por los gruñidos de placer que dejaba escapar.
Isander lo agarró de los cuartos traseros y comenzó un vaivén lento pero constante. Disfrutaba del momento mientras inclinaba su cuerpo hacia él y lo pegaba, mientras aún seguían unidos.
-¿Así está bien?
-Sí, pero seguro que puedes hacerlo mejor. -dijo entre gruñidos.
Isander captó el mensaje, y con ayuda de los gemidos de placer del mago, que no hacían más que excitarlo, aumentó el ritmo de la penetración. Ya estaba lo suficientemente dilatado como para introducirla casi entera, y notaba cómo sus testículos chocaban con los del otro. Estuvieron así un rato entre jadeos y gemidos.
-Me queda poco...
El fornido huargen estaba a punto de llegar al clímax. Sacó el miembro del interior húmedo de su amigo y comenzó un frotamiento para finalizarlo. Tras unos segundos, y después de emitir un intenso aullido de placer, salió disparada varias ráfagas de esa espesa leche que dejó perdida parte de la espalda del mago, las nalgas, y los alrededores de su ano abierto.
Dyneon estaba encadenado, así que no podía tocarse, pero estaba goteando líquido preseminal como si de un grifo mal cerrado se tratara. Pero Isander no había terminado, así que agarró su pene boca abajo y comenzó a hacerle una paja... como si estuviera ordeñando a una vaca. No tardó demasiado en soltar el resultado de todo el placer hacia la cama, con varios chorros intensos...
Isander exhaló por la trufa con una mezcla de placer y cansancio. Desinvocó las cadenas de Luz y liberó al mago, que se incorporó lentamente, pasando una zarpa por su trasero y limpiándolo un poco...
-Me has dejado la cama perdida.
-Bueno, no tenías pensado volver, ¿No?
Se hizo un poco de silencio entre los dos.
-Ha... estado bien. Gracias. -logró decir un Dyneon sorprendentemente apacible.
-El gusto ha sido mío. ¿Quieres... que me quede?
Dyneon negó levemente con la cabeza. Había comenzado a vestirse en silencio.
-Entiendo.
El herrero se retiró una suerte de colgante que simbolizaba una cruz de la Luz Sagrada y se la cedió al mago, para después recoger sus ropas y colocárselas.
-Ten, llévate esto. Quizás... te ayude.
Dyneon cogió el colgante y alzó una ceja, pero no puso pegas. Asintió con un cabeceo agradecido, y luego, abrió un portal de vuelta al recinto del Cónclave Gris.
-Por favor, antes de irte... Devuelve la habitación a su sitio, ¿Eh?
Isander sonrió y echó un último vistazo al mago.
-Lo haré. Adiós.
El huargen desapareció por el portal. Dyneon se quedó pensativo en la cama, observando el colgante que le acababan de dar.
Huargen ♥️
WEREWOLF by Jack Flamel
Worgen badge? :3

Anya is live and ready to show you everything. Watch her strip, dance, and perform exclusive shows just for you. Interact in real-time and make your fantasies come true.
Free to watch • No registration required • HD streaming
Vulric the #huargen in colors! finalmente terminado, #privatecommission espero les guste #digitalart #werewolf #digitalpainting #art #artwork #wacom #cintiq22hd #photoshop #wolf #warwick #worldofwarcraft #wow (en Santiago Metropolitan Region)
Working on Gor’s design.
Colmillo Gris
Unos pasos fuertes de botas de armadura sonaban mientras una silueta se veía obligada a doblar una esquina en un callejón de Ventormenta. Era una noche de lluvias y era complicado ver más allá sin una luz adecuada.
El ser que huía, era un huargen de pelaje grisáceo y mirada intensa de color del fuego. Llevaba puesto una armadura de placas con motivos blancos y azules, con un tabardo a juego, rasgado. Sus persecutores (humanos)llevaban una armadura similar.
En cuanto vio que estaba en un callejón sin salida, se detuvo en seco y soltó un par de maldiciones mientras recuperaba el aliento. Sus orejas alargadas se alzaron al escuchar los pasos de aquellos tipos de los que escapaba. Miró a su alrededor un segundo y como un rayo se ocultó tras un montón de cajas apiladas.
Los pasos parecían eternos, y sonaban cada vez más y más cerca de él. El corazón parecía que le iba a salir disparado por la garganta. ¿Qué podía hacer ahora? Realmente se hallaba entre la espada y la pared. Y no tenía muchas opciones de escape. Se miró las zarpas y frunció el ceño. Tomó una decisión y esperó al momento adecuado.
-El Señor del Capítulo querrá nuestras cabezas si dejamos que escape, buscad en cada rincón.- Dijo uno de los soldados acorazados, mientras miraba su alrededor por todo el callejón y luego hacia atrás.
Eran tres.
-¡Ahí...!- Titubeó otro, mientras apuntaba tembloroso con su arma al hombre lobo que se alzaba desde las cajas, con ojos feroces y brillantes.
Los demás se giraron y se pusieron en guardia, no obstante el desgraciado que lo divisó yacía ya muerto en el suelo por un zarpazo que le seccionó la yugular. El huargen había desenvainado su mandoble para continuar luchando.
-Primera lección: nunca se arrincona a un lobo.- arrugó el hocico a modo de sonrisa, mostrando aún más los dientes.
Apenas les dio tiempo a reaccionar y cargó impulsándose con las patas para chocar las espadas con el primero que tenía de frente. Lo desarmó con fuerza y lo empujó de una patada al ver que venía el otro. Las espadas volvieron a chillar con el choque y empezaron a forcejear. Notó una fuerza no natural emergiendo de este, pues pudo fijarse que a través del casco que llevaban los ojos resplandecían con un color morado oscuro que parecía hacerse más perceptible poco a poco. Mientras tanto, el que había sido empujado se incorporó y con igual fuerza se unió. No pudo con los dos y le hicieron varios cortes severos en costado y hombro. Gruñó al notar las punzadas y retrocedió, encontrándose con la pared.
-¿Por qué complicar las cosas, Dancroff? Ríndete. Le dará igual si te traigo vivo o muerto- Dijo uno el líder del grupo a modo de sentencia.
-Mierda, sabía que estabais corruptos, pero no tanto como para apestar a súbdito del jodido Alamuerte. ¿Es contagioso...? Espero que no...- Le respondía con salero. No se amedrentaba.
-Ingenuo. Tú y tu amigo nunca debisteis meter las narices donde no os llamaban.
-¿De verdad esperabais que me iba a convertir en una marioneta descerebrada como vosotros?
-Mucho mejor, te convertirás en nuestro perro sarnoso. Con una bonita correa. - le espetó con puro desdén.
-Segunda lección: solo un idiota amenaza algo que no va a poder cumplir. Por ejemplo... imagina que yo te digo que si dais un movimiento en falso, moriréis.
El que no había dicho nada hasta ahora picó en el cebo y cargó contra el huargen, que sin mucha dificultad le paró el golpe y le contratacó con presteza hundiédole la espada en el hombro.
-No... ¡Imbécil!
El huargen sonrió triunfante. Solo quedaba uno. Pero su sonrisa no duró demasiado. Un rayo de sombras lo empujó contra la pared y lo desarmó, y se puso en pie lo más rápido que pudo. Volvió la vista al líder de soldados enemigos... aunque ahora se revelaba un aura negra a su alrededor, inconfundible. No le dio tiempo casi a reaccionar.
-Ahora conocerás mi poder.
La lucha no fue nada fácil contra este. Alzó cajas con el poder oscuro y las estrelló contra el cuerpo del huargen, explotando en millones de astillas y tablones de madera. Ahora alzaba los tablones astillados. Lo iba a empalar...
Como un acto reflejo, se agazapó y rodó por el suelo hasta alcanzar a su objetivo al mismo tiempo que esquivaba su ataque. Al no tener la espada a mano, usó sus propias garras para rajarle el pecho, lo que lo tumbó y le dio el tiempo suficiente para recoger su mandoble y cortarle la cabeza de un limpio tajo, que cayó y rodó por el suelo.
Dancroff se arrodilló, agotado, herido y lleno de sangre tanto suya como de otros. Al instante supo que no podía quedarse ahí al mirar los cuerpos. Ventormenta lo llamaría asesino. Lo culparían de la masacre, sin sospechar que su preciada hermandad protectora del Águila estaba corrupta. La imagen del huargen iba a ser incluso más odiada, y chasqueó la lengua ante la idea, claramente irritado.
De pronto escuchó más pasos, pensando que fueran quizás más de ellos o los propios guardias de la ciudad que venían por el alboroto. En cualquiera de los casos, tenía que salir pitando de ahí.
Se apresuró y salió del callejón girando hacia el lugar contrario del que procedían los ruidos. Mientras huía, escuchó un “pssst” que venía de una esquina sombría y al instante lo reconoció. Su único amigo, otro huargen, que había hecho en su vida en Gilneas salió de su escondite. Ambos se habían unido a la vez a la hermandad.
-Matt... hay que salir de...
-Lo sé. Sígueme, conozco un atajo. - le interrumpió.
No tenía tiempo para dudas. Asintió sin demorarse más y siguió al huargen eludiendo a los guardias, hasta una casa de un barrio pobre, abandonada que hacía de almacén. En el sótano tenía un pasadizo secreto que dirigía hasta el Bosque de Elwynn, cerca del río. Dancroff quería preguntar, pero estaba muy ocupado intentando no desangrarse.
Al salir por el otro lado, ambos se detuvieron un instante para recuperar el aliento. Matt lo miró fijamente.
-Hm... no parece que vayas a salir de esta. - musitó su compañero, con cara de cierto disgusto.
-Bah... un par de lametones, vendas, y listo. - contestó Dan, tratando de quitar hierro al asunto.
Tras decir eso y sonreir a duras penas, dio un paso hacia adelante y se encaminó a la orilla del río. Empezó a limpiarse las heridas.
-No, me refiero a que no puedo dejarte escapar.
El cuerpo de Dancroff sufrió otra punzada en la espalda. Soltó un aullido de pura agonía y trató de llevarse la zarpa hasta el puñal. Giró la testa hasta Matt, con los ojos desorbitados, cristalinos y llorosos. Este estaba impasible.
Sus ojos, es lo último que recordaba antes de caer inconsciente a las tranquilas aguas del río. Unos ojos decorados por la misma corrupción que los otros soldados contra los que había luchado con anterioridad. Se lo esperaba de cualquiera menos de él.
…
Dancroff abrió los ojos poco a poco. Al no reconocer el lugar en el que se encontraba, que era una casucha improvisada hecha con varias telas rasgadas entre dos árboles de mala muerte, hizo el amago de moverse sobre la esterilla maltrecha donde se encontraba, pero sus heridas se lo impidieron. Apenas sentía su cuerpo, pero sus heridas resquemaban como si estuviesen ardiendo. Estaba vendado.
Un huargen que rondaba cerca de la hoguera que habían montado se percató de los ruidos que estaba haciendo. Separó la pequeña cortina rasgada mugrienta y alzó las cejas al percatarse de que se había despertado.
-Por fin te despiertas. Pensábamos que no lo conseguirías. Voy a avisar a la alfa.
Dancroff emitió un gruñido como respuesta y este se fue. Estaba recordando cómo había acabado hasta ahí, y como en un golpe de dejadez, suspiró y se tumbó de nuevo boca arriba, cerrando los ojos. Al menos no había muerto, pero la herida en su alma sería más difícil de curar que las físicas.
Al poco rato entró una huargen de aspecto afilado y pelaje negro que portaba varias pieles de diversos animales que decoraban su atuendo. Tenía varias cicatrices que atravesaban su hocico y una porte orgullosa que muchos desearían tener, entró en la tienducha y observó sin muchos reparos al herido.
-Te encontramos tirado a la orilla del río. Has estado prácticamente muerto durante unos segundos. Me sorprende tus ganas de vivir.
-Supongo que he tenido suerte.
Respondió resignado, aunque quisiese salir de allí, le resultaba imposible. Alzó la vista como pudo hasta ella.
-Ja. La suerte no existe. Mis curanderos dicen que todas tus heridas eran superficiales y que estaban por delante. Parece que te defendiste. Salvo... lo del puñal en la espalda.
-Traición.
Dancroff se limitó a responder, desviando la mirada. Ciertamente no tenía muchas ganas de hablar, pero se obligó a sí mismo a indagar.
-No hay traición sin confianza. - la huargen lo dijo casi gruñiendo, casi a modo de comprensión. Parecía conocer el sentimiento.
-Sí. ¿Quiénes sois... y dónde estoy?
-Estás en Bosque del Ocaso, en nuestro campamento. Y nosotros, somos la manada Garraplata, huargen unidos para escapar de nuestro pasado y sobrevivir juntos en un mundo que nos odia y caza. Yo soy su alfa, Zarposa.
-Hm...
El huargen malherido sonrió, con sorna, como burlándose de sí mismo. No tenía otro lugar al que ir. Además, sí que había tenido suerte pues si no le hubiesen encontrado ahora seguramente se lo estarían comiendo los peces. Se sentía endeudado.
-¿Me aceptarías en tu manada?
-Eso depende de ti. Todos en mi manada llevan un nombre, normalmente un pseudónimo para evitar identificarnos con nuestro antiguo yo. Luego, jurarás lealtad con un pacto de sangre.
La huargen sonrió con fiereza y con una mirada desafiante.
Dancroff bufó y desvió la mirada, pensando de pronto en algo que le llamaba la atención. Le vino a la mente una fábula muy antigua que le contaba su abuelo de pequeño, que relataba la historia de un gran lobo gris que daba caza a los malhechores por las noches. Se acordó del nombre y este enseñó los dientes a modo de sonrisa al hacerlo.
Zarposa alzó una ceja.
-¿Y bien?
-Llamadme Colmillo Gris.