La confesión
Isander había dejado su martillo a un lado y se alejó de las forjas del recinto del Cónclave gris para asearse en un caldero de agua: se lavó la cara, y empapó los brazos, el pecho y las axilas, purificandose así del sudor mezclado con la suciedad habitual de las forjas. Era un huargen de pelaje marrón y ojos verdes de un tamaño y constitución considerables... para ser un sacerdote. Tras hacerse con sus togas y semiabrochárselas, salió del edificio para encontrarse con alguien a la entrada.
-Ah, Diablillo...
El sacerdote sonrió de una forma bastante sincera. Dyneon, en comparación con él, era algo más pequeño, y a pesar de que ahora lleva una alimentación decente y se le nota en mejor forma, su cuerpo nunca ha sido especialmente musculado.
El mago parecía algo absorto, como pensando qué decir. Lo miraba sin pestañear, así que el sacerdote continuó:
-¿Necesitas que te enseñe más sobre la filosofía de la Luz? ¿Un sermón quizás? ¿Alguna confesión...? ¡Ya sé! -Isander hizo descender un puño en una zarpa y señaló con un dedito al mago- Quieres que te fabrique un lanzallamas.
-No, sabes que no necesito lanzallamas. YO soy el lanzallamas. - Dyneon alzó una ceja, en parte ofendido. Tenía que dejar las cosas claras.
El sacerdote sonrió con la respuesta. Había conseguido lo que quería.
-Está bien, está bien. No me quemes.
-Sobre lo demás... es posible que sí necesite una especie de confesión. O algo por el estilo.
Isander se extrañó por un instante. Normalmente era él el que tenía que insistirle para contarle sus pensamientos, pero le costaba porque Dyneon era un huargen especialmente intricado. Los últimos meses había conseguido bastantes resultados, algo que el resto de sacerdotes no había logrado, y además los dos tenían una relación que otros podrían llamar bastante cercana para los estándares normales del piromante.
-Comprendo. ¿Necesitas un lugar más privado?
-Definitivamente. Sígueme.
El mago lo guió hasta su habitación y cuando entraron en ella... No había nada. Estaba literalmente vacía.
-¿Qué le has hecho a tu habitación?
-La he trasladado temporalmente.
-¿Qué?
Dyneon recitó unas palabras arcanas y abrió un portal en medio de la pequeña habitación. Un infierno literal se veía al otro lado.
-Dyneon... estás loco.
El mago no contestó. Se limitó a sonreir como si nunca hubiese hecho nada malo y se adentró en el portal. El sacerdote lo siguió tras dejar escapar un suspiro. Emergieron en un trozo de roca flotante de las Tierras de Fuego. Un escudo arcano lo protegía de elementales voladores especialmente agresivos o meteoros aleatorios. El portal se cerró tras ellos.
La “habitación” lucía bastante humilde al igual que inhóspita: había una cama con mantas viejas y remendadas reiteradas veces en el centro, una mesita con una lámpara ardiente, cadenas enroscadas entre las rocas y una estantería con unos cuantos libros de magia (la mayoría de piromancia, por supuesto) entre otras cosas.
Isander empezó a preocuparse y miró con cierto tono de regañina al mago.
-No me mires así. Es MI habitación. Hago lo que quiero con ella. Además, ¿No crees que está mucho mejor? Es más apropiado...
-Es peligroso.
-Bien.
El sacerdote suspiró.
-Hay algo más detrás de esto, ¿Verdad?
-... He aceptado la misión de detener a Dagon de una vez por todas.
-Dyneon...
-No quiero oírlo. No hay vuelta atrás. Necesitaba pensar y esta fue la mejor solución.
-¿Por qué lo haces? ¿Tan... poco valoras tu vida?
-Valoro lo que sé hacer, y lo que mejor sé hacer es reducir bichos a cenizas.
-No tienes por qué hacerlo. Aquí habías conseguido un lugar. Un motivo. Un objetivo. Habías... conseguido vivir. Después de sufrir tanto...
Dyneon tardó unos segundos en responder. Isander lucía algo frustrado, la noticia le molestaba, aunque no le sorprendía.
-Quizás sea por eso. Lo... valoro. No quiero perderlo. Sé que podría morir. Pero definitivamente sería una mejor muerte que morir de viejo en la cama.
-Es... lo entiendo, pero...
-Aún no he hecho mi confesión.
El sacerdote había dejado escapar un leve gruñido y tenía las orejas gachas, pero eso volvió a llamar su atención. El mago continuó.
-... Sé que podría no regresar, por eso quería dejar todos los cabos atados. Irme sin ataduras. Ni físicas ni metafóricas. Hacer algo de lo que quizás luego no podría hacer. Sí, algo de lo que podría arrepentirme si no hago ahora.
Isander sonreía mientras le recordaba sus lecciones y el efecto que han tenido en él.
-Quería... despedirme de ti. Eres de los pocos que me han tratado... como una persona, en lugar de un arma o un demente.
Eso sí que lo pilló por sorpresa. Alzó las orejas y abrió bien los ojos, mientras observaba como el mago se hacía con una botella de vino que guardaba en la mesita. Le dió un trago tras abrirla con una uña y luego le pasó la botella a Isander, el cuál le dio un trago también. Se habían sentado en la cama.
-Así que esto es un adiós, eh... Sabes, si no pensaras volver, no habrías teletransportado tu habitación aquí.
-¿Tú crees?
-Claro, no soportarías que otro la tocase en tu ausencia... así que eso significa que piensas regresar.
-Demasiado enrevesado, hasta para mí... No, espera, tienes razón. Y mira... sin embargo tú estás tocando mi cama. Si supieras la de pajas que me hecho sentado donde estás tú.
Dyneon observó con interés la reacción del sacerdote, pero este comenzó a reírse más que a hacer ascos. De hecho, se había acercado un poco más a él. Le dieron algunos tientos más al vino y dejaron la botella medio vacía a en la mesita.
-Permíteme... darte yo el último adiós.
Isander acercó la zarpa a las aperturas de la toga de Dyneon y este se puso algo tenso. Al detenerse se relajó y esperó a que le diese permiso para continuar.
Lo desabrochó y dejo caer las togas al suelo. Reveló el torso desnudo del mago, de color beis y lleno de cicatrices alargadas por la espalda, algunos otros rasguños y resquicios de quemaduras. No dijeron nada. Se comunicaban a través de los ojos y de las orejas. Las de Dyneon estaban algo gachas ¿Se sentía débil?
-No te haré daño... te lo prometo. - susurró el herrero.
Las palabras lo tranquilizaron y se dejó hacer. Pasó la zarpa por su torso desnudo con suavidad y acercó su hocico a su cuello, donde empezó a rozar con la nariz su pelaje. La tensión sexual empezaba a liberarse poco a poco mientras el resto de la ropa caía al suelo rocoso.
-Tenía ganas de... algo de contacto. Se siente bien. -dijo Dyneon.
-Hacía mucho que no...
-Mucho.
El sacerdote asintió levemente y continuó rozándose con él, yendo a un ritmo lento pero sin pausa. Dyneon estaba raramente relajado mientras Isander lo manoseaba. Empezó a lamerle en el cuello y eso hizo que dejase escapar un suspiro. Esta vez, tomó un poco de iniciativa y se juntó a él, llevando sus zarpas a la espalda fornida de su compañero y... clavando levemente las uñas.
-Uy... ten cuidado, Diablillo. -sonrió divertido el huargen.
-Mi segundo nombre es cuidado. Veamos qué tienes ahí...
Dyneon bajó la zarpa hasta el paquete de su compañero. Descubrió un bulto que había crecido con el contacto anterior y lo notó lo suficientemente duro, así que sonrió y lo miró.
-Vaya, mira al santurrón cómo se ha puesto...
Le arrancó de cuajo la ropa interior y mostró el gran miembro del herrero, palpitante, erecto y sediento de placer. Isander suspiró mientras el mago hacía de las suyas y se introducía el miembro en la boca.
Isander apoyó las zarpas sobre la cama y se dejó hacer. Elevó la testa hacia arriba mientras disfrutaba de la felación y por un instante se olvidó por completo de que se encontraban en el jodido plano elemental del fuego.
Dyneon decidió sacarse el pene de la boca para recorrerlo con la lengua y bajó hasta sus pelotas peludas, donde continuó jugando durante un rato más. Se los metía en la boca y los chupaba, pero a juzgar por los gemidos de placer del sacerdote lo que más le gustaba era que recorriese la lengua por debajo de ellos, alcanzando casi el ano.
Isander tomó las riendas e hizo alzar a Dyneon hasta encontrarse hocico con hocico. Se besaron mutuamente mientras le terminaba de quitar la ropa interior al piromante. Dyneon lucía un miembro ya erecto que a pesar de ser algo más pequeño que el de Isander, no se quedaba especialmente atrás. Sonrió con lujuria mientras se lo agarraba, y se tumbaron en la cama uno encima del otro.
El juego sobre la cama duró unos minutos mientras se intercambiaban mutuamente los roles. Aunque Dyneon tenía una actitud generalmente más pasiva, ambos se dejaban hacer de cualquiera de las formas. El mago acabó encima de él mientras los dos penes se rozaban entre sí y estaban agarrados por la zarpa fornida de Isander.
-¿Vas a querer... penetración?
-... Sí. -llegó a contestar el mago- si me encandenas.
El sacerdote alzó una ceja pero captó su mirada. El hechicero se había levantado y se había colocado a cuatro patas, revelando su culo y su ojete rojizo a su compañero.
-Eres muy travieso...
-¿Qué te esperabas de mí?
Acercó su hocico al culo y empezó a relamerlo, mientras, casi entre jadeos, convocó a la Luz y unas cadenas doradas empezaban a emerger en los brazos de Dyneon hasta encadenarlo con los brazos a la espalda. Lo empujó suavemente contra la cama, dejando el culo alzado y vulnerable para lo que él quisiera.
Dyneon gruñó de placer mientras la lengua de su acompañante dejaba bien húmeda su zona trasera. Por un instante eso era en lo único en lo que pensaba, y por un instante también, parecía estar extrañamente feliz.
El martillo del herrero se acercó cuidadosamente a la zona y comenzó un rozamiento con el glande de arriba a abajo, insinuando sus intenciones. Dyneon logró mirarlo y le asintió, y entonces, comenzó a introducirse con cuidado dentro de él. Unos empujes suaves y constantes, y con ayuda de la saliva, logró entrar plenamente sin hacer sufrir demasiado a su compañero. De hecho, parecía estar disfrutando de lo lindo, por los gruñidos de placer que dejaba escapar.
Isander lo agarró de los cuartos traseros y comenzó un vaivén lento pero constante. Disfrutaba del momento mientras inclinaba su cuerpo hacia él y lo pegaba, mientras aún seguían unidos.
-¿Así está bien?
-Sí, pero seguro que puedes hacerlo mejor. -dijo entre gruñidos.
Isander captó el mensaje, y con ayuda de los gemidos de placer del mago, que no hacían más que excitarlo, aumentó el ritmo de la penetración. Ya estaba lo suficientemente dilatado como para introducirla casi entera, y notaba cómo sus testículos chocaban con los del otro. Estuvieron así un rato entre jadeos y gemidos.
-Me queda poco...
El fornido huargen estaba a punto de llegar al clímax. Sacó el miembro del interior húmedo de su amigo y comenzó un frotamiento para finalizarlo. Tras unos segundos, y después de emitir un intenso aullido de placer, salió disparada varias ráfagas de esa espesa leche que dejó perdida parte de la espalda del mago, las nalgas, y los alrededores de su ano abierto.
Dyneon estaba encadenado, así que no podía tocarse, pero estaba goteando líquido preseminal como si de un grifo mal cerrado se tratara. Pero Isander no había terminado, así que agarró su pene boca abajo y comenzó a hacerle una paja... como si estuviera ordeñando a una vaca. No tardó demasiado en soltar el resultado de todo el placer hacia la cama, con varios chorros intensos...
Isander exhaló por la trufa con una mezcla de placer y cansancio. Desinvocó las cadenas de Luz y liberó al mago, que se incorporó lentamente, pasando una zarpa por su trasero y limpiándolo un poco...
-Me has dejado la cama perdida.
-Bueno, no tenías pensado volver, ¿No?
Se hizo un poco de silencio entre los dos.
-Ha... estado bien. Gracias. -logró decir un Dyneon sorprendentemente apacible.
-El gusto ha sido mío. ¿Quieres... que me quede?
Dyneon negó levemente con la cabeza. Había comenzado a vestirse en silencio.
-Entiendo.
El herrero se retiró una suerte de colgante que simbolizaba una cruz de la Luz Sagrada y se la cedió al mago, para después recoger sus ropas y colocárselas.
-Ten, llévate esto. Quizás... te ayude.
Dyneon cogió el colgante y alzó una ceja, pero no puso pegas. Asintió con un cabeceo agradecido, y luego, abrió un portal de vuelta al recinto del Cónclave Gris.
-Por favor, antes de irte... Devuelve la habitación a su sitio, ¿Eh?
Isander sonrió y echó un último vistazo al mago.
-Lo haré. Adiós.
El huargen desapareció por el portal. Dyneon se quedó pensativo en la cama, observando el colgante que le acababan de dar.


















