Amo bailar
Jules of Nature

ellievsbear
KIROKAZE
let's talk about Bridgerton tea, my ask is open
Noah Kahan

blake kathryn
we're not kids anymore.

#extradirty
Keni
The Bowery Presents
The Stonewall Inn
untitled
wallacepolsom
art blog(derogatory)
Lint Roller? I Barely Know Her
d e v o n
Sweet Seals For You, Always
he wasn't even looking at me and he found me

Love Begins
seen from Netherlands
seen from Bulgaria

seen from United States
seen from Türkiye

seen from United States

seen from Netherlands
seen from Russia
seen from Italy

seen from France

seen from United States
seen from United States

seen from United States

seen from Netherlands
seen from United States
seen from United Kingdom

seen from France
seen from Australia

seen from Singapore

seen from United States
seen from Bolivia
@lluuviosa
Amo bailar

Anya is live and ready to show you everything. Watch her strip, dance, and perform exclusive shows just for you. Interact in real-time and make your fantasies come true.
Free to watch • No registration required • HD streaming
A veces pienso que, si alguien me conociera únicamente por la forma en que escribo, probablemente me odiarÃa. Puedo entender por qué. Soy agotadora. No porque no sepa lo que siento, sino precisamente porque parece que nunca puedo simplemente sentir algo y dejarlo estar. Todo tiene que ser abierto, observado, desarmado. Una emoción no puede ser solamente tristeza: necesito saber de dónde viene, qué la provocó, qué parte pertenece al presente y cuál viene de antes. Una relación no puede simplemente terminar: tengo que volver a las conversaciones, recordar los gestos, buscar las contradicciones, reconstruir lo que ocurrió entre dos personas que, en algún momento, intentaron quererse. Una decisión no puede ser simplemente una mala decisión. Tengo que saber qué intentaba conseguir, qué intentaba evitar, qué necesidad intentaba satisfacer, qué emoción estaba tratando de regular y por qué, aun sabiendo todo lo que sé, terminé tomándola de todos modos. Analizo. Vuelvo a analizar. Y cuando creo que finalmente he entendido algo, aparece un «sÃ, pero»: una contradicción, un detalle que faltaba, otra puerta que se abre. A veces siento que mi cabeza es una habitación llena de pizarras, flechas y conexiones que nunca terminan de cerrarse. Lo peor es que muchas veces esas conexiones tienen sentido. Muchas veces veo cosas. Entiendo patrones. Puedo observarme con una precisión que, a veces, se vuelve casi cruel.
No siempre analizo para no sentir. A veces analizo porque estoy sintiendo demasiado y necesito encontrar una manera de seguir funcionando. Hay horas en las que no puedo dedicarme a sufrir. Tengo que trabajar, cuidar, responder, organizar, resolver. Entonces pienso. Intento convertir lo que ocurre dentro de mà en algo que también pueda mirar desde afuera. No porque el dolor desaparezca. Muchas veces sigo sintiéndolo mientras lo analizo. Pero, si puedo ponerle palabras, construir una explicación y encontrar una estructura, quizá puedo continuar. Quizá puedo llegar al final del dÃa. El análisis se ha convertido, en muchos momentos, en una de las herramientas que he encontrado para poder existir cuando no puedo permitirme detenerme. El problema es que también es una herramienta agotadora. Pensar, analizar, regularme, observarme, contenerme, cuestionar mis impulsos, identificar mis estados, intentar no reaccionar, intentar no disociarme, intentar no dejarme arrastrar por la vergüenza, intentar aceptar lo que siento sin actuar desde ello. Muchas de las cosas que hoy me permiten seguir adelante requieren una cantidad enorme de trabajo interno. A veces siento que necesito dedicar horas todos los dÃas a intentar mantenerme en condiciones de simplemente existir. Y eso también me agota. Es como si vivir no pudiera ser simplemente vivir, como si cada dÃa hubiera una cantidad de trabajo que hacer antes de poder llegar al final de él.
Durante mucho tiempo pensé que entenderme serÃa suficiente. Que si lograba conocer mis patrones, reconocer mis heridas, identificar mis impulsos y comprender de dónde venÃan, algún dÃa dejarÃa de repetirlos. Pero no funciona asÃ. Puedo entender perfectamente por qué hice algo y aun asà haber hecho algo mal. Puedo conocer mi historia y aun asà ser responsable de lo que hago con ella. Puedo saber qué estoy intentando evitar y, aun asÃ, correr directamente hacia eso. Quizás una de las cosas que más me cuesta aceptar es que comprender no siempre impide repetir. Durante mucho tiempo sentà que, si ya habÃa visto el mecanismo, perdÃa el derecho a volver a caer en él. Como si el conocimiento fuera una promesa. Como si saber por qué soy impulsiva debiera hacerme capaz de no actuar impulsivamente. Como si conocer las consecuencias de una decisión debiera volver imposible tomarla. Como si entender mis heridas debiera garantizar que nunca volverÃa a actuar desde ellas.
Cuando no ocurre asÃ, la culpa se vuelve más cruel. Ya no es solamente «hice algo malo». Es «lo sabÃa». Lo habÃa pensado. Lo habÃa analizado. HabÃa visto el patrón. Y aun asà lo hice. Entonces aparece una idea terrible: quizás no soy una persona que a veces hace daño; quizás soy, en el fondo, una persona dañina. Y cuando esa idea se instala, la muerte puede empezar a parecer una salida. No necesariamente porque la vida haya dejado de tener valor. A veces quiero desaparecer porque no sé cómo vivir con la posibilidad de ser alguien que, pese a todos sus esfuerzos, todavÃa puede hacer daño. Porque hay un cansancio particular en tener que vigilarse constantemente: vigilar lo que se siente, lo que se piensa, lo que se desea, lo que se dice, lo que se hace. Intentar no reaccionar. Intentar no destruir. Intentar no desaparecer. Intentar no convertirse en aquello que una teme ser. A veces siento que para otras personas existir parece ser algo más espontáneo, como si pudieran simplemente estar dentro de sus propias vidas. Yo, en cambio, muchas veces siento que tengo que trabajar para poder hacerlo.
Y, sin embargo, incluso cuando estoy convencida de que no sé cómo seguir viviendo conmigo, hay algo en mà que continúa vinculado a la vida. No sé si la vida tiene un sentido. No sé si existe un propósito suficientemente grande como para justificar el dolor, ni si hay una respuesta escondida en alguna parte que pueda convertir todo lo vivido en algo comprensible. Tampoco sé si puedo confiar en que las cosas mejorarán. He vivido lo suficiente para saber que el tiempo no garantiza nada, que algunas heridas no se cierran porque pasen los años y que esforzarse no siempre produce el resultado que uno necesita. No sé si soy capaz de convertirme en alguien completamente distinta. A veces ni siquiera sé si quiero serlo. Hay dÃas en los que no sé si lo que necesito es cambiar o simplemente dejar de exigirme una transformación absoluta para poder considerarme digna de seguir aquÃ. Pero, aun asÃ, hay cosas que amo, cosas que deseo, cosas en las que creo y cosas que protejo. Y no sé qué hacer con el hecho de que esas cosas importen. No puedo demostrar que deberÃan importar. No puedo probar que el amor tenga un valor universal, que cuidar a alguien tenga un significado trascendente, que una conversación, una planta que crece, una mano que busca otra mano o una vida concreta tengan algún peso en la inmensidad del universo. No puedo demostrar que deberÃan importar y, sin embargo, importan. Quizás ese es uno de los hechos más desconcertantes de estar viva: que puedo no encontrar un sentido definitivo y, aun asÃ, seguir sintiendo apego; puedo dudar de que exista un propósito y, aun asÃ, querer proteger ciertas cosas; puedo no saber si la vida tiene un significado y, aun asÃ, experimentar dolor ante la posibilidad de perderla. No sé qué hacer con esa contradicción. Solo sé que existe.
Y cuando ese trabajo de sostenerme no alcanza, cuando la emoción supera mi capacidad de contenerla, algo dentro de mà se rompe. Entonces aparecen la vergüenza, la culpa y el odio. No necesito que alguien me revele mis defectos. Ya los conozco. Me he visto. Sé de lo que soy capaz. Y quizá esa es una de las partes más crueles de mi relación conmigo misma: creo que conocerme deberÃa haberme convertido en alguien mejor. Como si haber visto mis mecanismos me quitara el derecho a repetirlos. Como si cada error cometido después de haberlo comprendido fuera una prueba de que, en realidad, nunca aprendà nada. A veces pienso que deberÃa poder controlarme completamente. Pero nadie puede hacerlo. Y, sin embargo, sigo esperando de mà una forma de perfección que no consiste en ser brillante, buena o exitosa. Consiste simplemente en no hacer daño. En ser suficientemente segura. En no destruir lo que toca. Es una exigencia imposible y, aun asÃ, vivo como si fuera una deuda.
Cuando ya no puedo sostenerme, me convierto en una máquina. Resuelvo, trabajo, cuido, organizo, avanzo. Puedo ser extremadamente funcional, pero el precio es que desaparezco un poco de mà misma. El tiempo se vuelve extraño. El espacio se vuelve extraño. Puedo hacer cosas sin sentir que las estoy habitando completamente. Puedo mirar hacia atrás y sentir que los dÃas pasaron mientras yo estaba ocupada intentando sobrevivirlos, como si hubiera desaparecido de mi propia vida para poder continuar dentro de ella. Y entonces vuelvo a encontrarme en el mismo lugar: o siento demasiado o dejo de sentir; o me hundo en el dolor o me convierto en una máquina; o analizo hasta poder mantener cierta distancia o me desconecto de mà misma. Quizás eso es lo que todavÃa no sé hacer: lo intermedio. Sentir sin ahogarme. Funcionar sin desaparecer. Analizar sin usar el pensamiento para huir de mÃ. Aceptar que hice algo malo sin convertirme completamente en el mal que hice. Sentir culpa sin destruirme. Sentir vergüenza sin desaparecer. Aceptar las consecuencias de mis decisiones sin convertirlas en una prueba de que no merezco seguir existiendo.
No creo que mi problema sea que no acepto quién soy. A veces creo que acepto demasiadas cosas sobre mà con una honestidad brutal. Sé que puedo ser impulsiva, contradictoria, injusta, egoÃsta. Sé que puedo hacer daño. Lo que todavÃa no sé hacer es aceptar todo eso sin convertirlo en una sentencia. Puedo haber hecho algo malo sin ser únicamente lo malo que hice. Puedo entender por qué hice algo sin justificarlo. Puedo hacerme responsable sin destruirme. Puedo ser capaz de hacer daño sin estar condenada a dañar siempre. Pero hay momentos en los que no puedo creerlo. Hay momentos en los que siento que ya he visto todo lo que hay que ver; que esto soy, que esto es todo, que no importa cuánto me esfuerce, siempre habrá otra forma en la que terminaré fallando. Y cuando estoy ahÃ, la idea de morir no siempre se siente como una decisión. A veces se siente como el deseo de dejar de tener que seguir intentando. Dejar de tener que vigilarme. Dejar de tener que corregirme. Dejar de tener que preguntarme si esta vez seré capaz de no destruir algo.
Pero quizás aprender a vivir conmigo no significa dejar de odiarme de un dÃa para otro. No significa perdonarme automáticamente. No significa decir que todo está bien cuando no lo está. No significa convencerme de que soy buena, perfecta o inofensiva. Quizás significa algo más difÃcil: permanecer. Permanecer conmigo cuando no me gusto, cuando siento vergüenza, cuando descubro una parte de mà que preferirÃa no conocer, cuando recuerdo algo que hice y no sé cómo perdonármelo. Permanecer sin negar el daño, sin convertir la explicación en una excusa y sin convertir la responsabilidad en una condena. Quizás no necesito demostrar que soy incapaz de hacer daño para merecer estar viva. Quizás nadie puede demostrar eso. Quizás la pregunta no es cómo convertirme en una persona que jamás hiera a nadie. Quizás la pregunta es qué hago después. Si puedo reconocerlo. Si puedo reparar. Si puedo aprender. Si puedo cambiar, aunque no cambie de una vez y para siempre. Si puedo volver a intentarlo sin exigir que el intento anterior haya sido perfecto.
No sé si algún dÃa voy a dejar de odiarme completamente. Ya no estoy segura de que esa sea la meta. Quizás hay partes de mà que tendré que aprender a mirar durante mucho tiempo antes de poder aceptarlas. Quizás algunas culpas no desaparecen, sino que se vuelven más pequeñas y más habitables. Quizás vivir no consiste en llegar finalmente a una versión de mà que ya no necesite ser vigilada. Quizás consiste en aprender a estar conmigo mientras sigo siendo una persona incompleta, contradictoria, vulnerable y capaz de equivocarse. Una persona que puede hacer daño, pero también reparar. Una persona que puede fallar, pero también aprender. Una persona que no siempre sabe cómo quedarse, pero que, por ahora, sigue aquÃ.
Y quizás eso es lo que estoy intentando aprender: no a demostrar que soy buena, ni a demostrar que soy inofensiva, ni a demostrar que ya no volveré a equivocarme. Solo a no abandonarme cada vez que descubro algo de mà que no puedo soportar. A permanecer en mi propia vida sin tener que convertirme primero en alguien que merezca estar en ella. A aceptar que puedo ser responsable de lo que hago sin ser únicamente lo peor que he hecho. A aceptar que puedo ser capaz de hacer daño y, aun asÃ, seguir siendo capaz de reparar, aprender, cambiar y quedarme.
No sé todavÃa cómo se hace. No sé si la vida tiene un sentido. No sé si puedo confiar en que las cosas mejorarán. No sé si algún dÃa me convertiré en alguien completamente distinta. Pero todavÃa hay cosas que amo, deseo, creo y protejo. Y no sé qué hacer con el hecho de que esas cosas importen, aunque no pueda demostrar que deberÃan importar. Quizás no necesito resolver esa contradicción para continuar. Quizás no necesito saber por qué algo importa para poder cuidarlo. Quizás hay cosas que no se sostienen porque podamos demostrar su valor, sino porque, de alguna manera, ya estamos vinculados a ellas antes de haber encontrado una explicación.
Quizás aprender a vivir conmigo comienza exactamente ahÃ: en dejar de exigirme tener una respuesta definitiva para poder continuar. En aceptar que puedo no saber qué significa estar viva y, aun asÃ, estar profundamente involucrada en la vida. En reconocer que puedo no confiar completamente en el futuro y, aun asÃ, hacer algo para llegar hasta él. En quedarme, aunque todavÃa no sepa muy bien cómo. No porque haya resuelto quién soy. No porque haya dejado de equivocarme. No porque finalmente haya aprendido a quererme. Quizás, por ahora, basta con no abandonarme cada vez que descubro algo de mà que no puedo soportar.
Quizás, por ahora, aprender a vivir conmigo significa eso: aceptar que puedo ser responsable de lo que hago sin ser únicamente lo peor que he hecho; aceptar que puedo ser capaz de hacer daño y, aun asÃ, seguir siendo capaz de reparar, aprender, cambiar y quedarme. No sé todavÃa cómo se hace. Pero sigo aquÃ. Y, aunque no pueda demostrar que deberÃa importar, quizás el hecho de que siga aquà también significa algo.

Anya is live and ready to show you everything. Watch her strip, dance, and perform exclusive shows just for you. Interact in real-time and make your fantasies come true.
Free to watch • No registration required • HD streaming
:3
Mientras me tiras mierda en anónimos yo estoy aquà :3

Anya is live and ready to show you everything. Watch her strip, dance, and perform exclusive shows just for you. Interact in real-time and make your fantasies come true.
Free to watch • No registration required • HD streaming
Hoy me caà y me duele todo uwu
:3
No salà esa tarde buscando enamorarme, ni siquiera buscando una cita. Siempre me ha parecido extraño ese ritual de sentarse frente a un desconocido con la expectativa silenciosa de decidir si podrÃa convertirse en el protagonista de tu vida. Yo nunca he sabido relacionarme asÃ. SalÃa a conocer personas por curiosidad, casi con la misma disposición con la que una abre un libro del que no sabe nada, esperando encontrar una buena conversación, una mirada distinta sobre el mundo, alguien capaz de hacerme pensar. Si aparecÃa una amistad, bienvenida. Si no, también estaba bien. Mi vida no giraba en torno a encontrar pareja. De hecho, estaba convencida de que ese ya no era el lugar desde donde querÃa construir mi existencia.
Por eso lo reconocà de inmediato. No a él. A la sensación.
Hay cosas que el cuerpo descubre antes de que la conciencia tenga tiempo para formular una hipótesis. Mientras hablábamos tuve la impresión de que algo dentro de mà se habÃa adelantado varios minutos a mi propia mente. Él seguÃa siendo un desconocido, pero mi sistema nervioso ya no reaccionaba como si lo fuera. Era una familiaridad imposible de justificar. No porque creyera haberlo conocido antes, sino porque reconocÃa el patrón. Ese patrón exacto que tantas veces habÃa terminado reorganizando mi mundo alrededor de otra persona. Y sentà vértigo.
Durante mucho tiempo llamé a ese momento una crisis de pánico. Hoy creo que el pánico fue la consecuencia, no la causa. Lo que verdaderamente me sacudió fue descubrir que podÃa observar el nacimiento de una obsesión mientras ocurrÃa. Era como mirar una reacción quÃmica desde dentro del mismo laboratorio donde estaba sucediendo. SentÃa la dopamina recorrer mi cuerpo con una intensidad casi ofensiva. El tiempo cambiaba de velocidad. Todo en él parecÃa captar mi atención con una facilidad que no habÃa decidido concederle. Y, al mismo tiempo, otra parte de mà repetÃa con desesperación: ya conoces este camino.
No era miedo a él. Era miedo a la precisión con la que mi cuerpo estaba repitiendo una historia que yo juraba haber terminado de escribir.
HabÃamos conversado durante horas. Hablamos de cosas profundas, de heridas, de la vida, de esas conversaciones que pocas veces ocurren con alguien que acabas de conocer. En algún momento pensé que ahà estaba la respuesta. PodÃa ser mi amigo. Esa idea me dio una tranquilidad inmensa. Porque, aunque me gustaba, yo sabÃa perfectamente que no era el tipo de hombre con el que querÃa construir una relación. No porque le faltara algo, sino porque, precisamente, representaba demasiado bien un tipo de hombre que yo conocÃa demasiado.
Era como si la vida hubiera tomado el molde de mis relaciones anteriores y hubiera corregido cada detalle que alguna vez imaginé corregir. Más seguro de sà mismo. Más directo. Más claro. Más presente. Más capaz de expresar deseo. Más cómodo con su masculinidad. Más atento. Más seductor.
Era, en muchos aspectos, la versión mejorada del mismo patrón. Y yo ya no querÃa vivir otra vez dentro de ese patrón. No porque dejara de gustarme. Porque me gustaba demasiado.
Creo que esa fue la primera vez que entendà que una persona puede ser extraordinariamente compatible con una parte de ti y, al mismo tiempo, profundamente incompatible con la vida que estás intentando construir.
Cuando me levanté para irme sentà alivio. Pensé que habÃa logrado salir a tiempo. HabÃa conocido a alguien fascinante, habÃa conversado durante horas, me habÃa sentido vista, comprendida, entretenida, y podÃa volver a mi casa con esa historia intacta, sin complicarla.
Entonces él se acercó.
—¿Y yo te gusté o no?
Recuerdo haber sentido una mezcla de sorpresa y pudor.
—¿Cómo me va a gustar alguien que no conozco?
Él sonrió con una calma que todavÃa puedo recordar. Dio un paso hacia mÃ, me tomó de la cintura y dijo, casi como si estuviera diciendo una obviedad.
—Porque tú a mà sà me gustaste. Me gustan las chicas como tú.
Durante años habÃa aprendido a convivir con la ambigüedad. A interpretar silencios. A preguntarme si habÃa imaginado señales que nunca existieron. Él hizo exactamente lo contrario. No dejó espacio para la duda. Me entregó una certeza.
Y esa certeza me atravesó de una manera que todavÃa hoy me cuesta explicar.
Le respondà casi sin respirar.
Le dije que yo solo querÃa amistad, que no buscaba nada serio, que no podÃa ofrecer una relación.
Y era verdad. No era una estrategia para parecer inalcanzable. Era la frase más honesta que podÃa pronunciar en ese momento.
Yo sabÃa que no estaba preparada para ser pareja de nadie. Apenas estaba aprendiendo a sostenerme a mà misma. Convertirme en el proyecto emocional de otra persona me parecÃa una irresponsabilidad, casi una forma de traicionarme.
Él no discutió.
No intentó convencerme.
Simplemente acortó la distancia entre nosotros y me besó.
TodavÃa me incomoda admitirlo.
Fue el mejor beso de mi vida.
No porque fuera más apasionado que otros. No porque fuera más intenso. Fue el mejor porque habÃa una precisión que jamás habÃa experimentado. Como si nuestros cuerpos compartieran un idioma que ninguno de los dos sabÃa que hablaba. La presión exacta. El ritmo exacto. La pausa exacta. El tamaño de sus labios parecÃa haber sido diseñado para encontrar los mÃos. No tuve que aprender a besarlo. Tampoco él pareció aprender a besarme. Simplemente ocurrió.
Y esa facilidad fue infinitamente más aterradora que cualquier rechazo. Mientras lo besaba pensé algo que nunca le dije.
Esto es una droga. No un hombre. No un futuro. No un amor. Una droga.
Y reconocà la sensación con la misma claridad con la que un adicto reconoce el efecto de una sustancia antes incluso de terminar de consumirla.
No querÃa casarme con él. No imaginé hijos. No fantaseé con una vida compartida. Lo que imaginé fue mucho más peligroso. Imaginé volver a sentir exactamente esto.
Supe, en ese mismo instante, que iba a querer repetirlo. Y también supe que iba a costarme detenerlo.
Porque el problema nunca serÃa él.
Él estaba siendo exactamente quien era, abierto al deseo, sin esconderlo, sin prometer más de lo que sentÃa. La responsabilidad de poner un lÃmite iba a ser completamente mÃa.
Y eso fue, quizá, lo que más miedo me dio aquella noche.
Antes de subir al auto volvió a besarme.
Durante el camino de regreso miré la ciudad por la ventana sin registrar una sola calle. No lloré. No estaba triste. Tampoco estaba enamorada. SentÃa algo mucho más difÃcil de nombrar: la certeza de que acababa de presenciar el nacimiento de un vÃnculo que algún dÃa tendrÃa que terminar porque, si no lo hacÃa, corrÃa el riesgo de convertirme otra vez en una mujer que ya no querÃa ser.
A veces creemos que las grandes historias comienzan cuando aparece el amor. La mÃa comenzó mucho antes, en el instante en que descubrà que una parte de mà seguÃa siendo capaz de reconocer a otra persona con una intensidad que desbordaba cualquier argumento, y comprendÃ, con una mezcla de fascinación y terror, que el verdadero acontecimiento de aquella tarde no habÃa sido conocerlo a él, sino reencontrarme con una versión de mà que juraba haber dejado atrás.
Hay algo que cambió y me ha costado mucho ponerlo en palabras porque no se parece exactamente a la ansiedad, tampoco a la tristeza y mucho menos a sentirme fuera de la realidad. Es otra cosa.
La mejor forma de describirlo es que sigo viviendo mi vida, hago mis cosas, trabajo, converso, juego, cocino, ordeno, cuido y siento. No estoy desconectada de mis emociones. Si estoy feliz, me siento feliz. Si estoy enojada, me enojo. Si algo me da ternura, la siento completa. Desde afuera probablemente nadie notarÃa nada extraño.
Lo raro ocurre en momentos muy especÃficos. Es como si, de pronto, mi propia vida me sorprendiera. Durante unos segundos tomo conciencia de que todo esto existe, de que esta es mi casa, esta es mi rutina, estas son las personas que forman parte de mi vida y soy yo quien está viviendo todo esto. No es que no lo sepa. Lo sé perfectamente. Lo extraño es la sensación que aparece cuando esa información deja de ser automática y se vuelve consciente. Es casi un pequeño shock.
No siento que el mundo sea falso. Tampoco siento que yo sea otra persona. Más bien es como si hubiera pasado tanto tiempo viviendo que dejé de registrar el camino y, de repente, despertara en medio de mi propia historia preguntándome cómo llegué exactamente hasta aquÃ. No como una duda intelectual sino como una sensación difÃcil de explicar. Después desaparece y vuelvo al presente como si nada hubiera ocurrido.
También me he dado cuenta de que llevo semanas evitando encontrarme con mi propia imagen. No porque la rechace necesariamente sino porque es como si hubiera dejado de pensar en ella. A veces siento que ocupo un cuerpo pero hace tiempo que no me detengo a reconocerlo. No me resulta familiar ni extraño. Simplemente está ahÃ.
Los dÃas también han cambiado de textura. Puedo recordar lo que hice si me esfuerzo un poco pero muchas veces siento que no queda un registro espontáneo. Es como si existiera más de lo que recuerdo haber vivido. No hay grandes vacÃos, solo la sensación de que todo transcurre muy rápido y de que la memoria necesita unos segundos para alcanzar a la vida.
Lo más curioso es que no siento que esté perdiendo el contacto con la realidad. De hecho, cuando aparecen estas sensaciones suelo reconocerlas como algo que me está ocurriendo. Puedo detenerme, respirar, esperar y, con el tiempo o después de dormir, vuelven a sentirse lejanas, casi como si hubieran pertenecido a otra versión del dÃa.
Hay momentos en que esto me asusta porque me pregunto si significa algo más grave. Otras veces simplemente lo observo con curiosidad. No siento que esté dejando de ser yo. Se parece más a sentir que mi conciencia entra y sale de un nivel distinto de profundidad. La mayor parte del tiempo estoy completamente inmersa en lo que hago y, de pronto, por un instante, me doy cuenta de que estoy viviendo mi propia vida. Esa toma de conciencia, que pareciera algo tan simple, se siente inmensamente extraña.
No sé si esto tiene un nombre. Solo sé que antes no vivÃa asà y que, aunque sigo funcionando, hay una parte de esta experiencia que me gustarÃa comprender.

Anya is live and ready to show you everything. Watch her strip, dance, and perform exclusive shows just for you. Interact in real-time and make your fantasies come true.
Free to watch • No registration required • HD streaming
Besito en el Lunar que Tienes Debajo del Ojo 🫢
Jsjsjsjs