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Debes tener rico hoyo :c no pienses mal de ti
:?
muestra el hoyo mejor
No es suficiente con mi hoyo depresivo
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1.5

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Punucapa & mirador Potreros
A veces pienso que, si alguien me conociera Ăşnicamente por la forma en que escribo, probablemente me odiarĂa. Puedo entender por quĂ©. Soy agotadora. No porque no sepa lo que siento, sino precisamente porque parece que nunca puedo simplemente sentir algo y dejarlo estar. Todo tiene que ser abierto, observado, desarmado. Una emociĂłn no puede ser solamente tristeza: necesito saber de dĂłnde viene, quĂ© la provocĂł, quĂ© parte pertenece al presente y cuál viene de antes. Una relaciĂłn no puede simplemente terminar: tengo que volver a las conversaciones, recordar los gestos, buscar las contradicciones, reconstruir lo que ocurriĂł entre dos personas que, en algĂşn momento, intentaron quererse. Una decisiĂłn no puede ser simplemente una mala decisiĂłn. Tengo que saber quĂ© intentaba conseguir, quĂ© intentaba evitar, quĂ© necesidad intentaba satisfacer, quĂ© emociĂłn estaba tratando de regular y por quĂ©, aun sabiendo todo lo que sĂ©, terminĂ© tomándola de todos modos. Analizo. Vuelvo a analizar. Y cuando creo que finalmente he entendido algo, aparece un «sĂ, pero»: una contradicciĂłn, un detalle que faltaba, otra puerta que se abre. A veces siento que mi cabeza es una habitaciĂłn llena de pizarras, flechas y conexiones que nunca terminan de cerrarse. Lo peor es que muchas veces esas conexiones tienen sentido. Muchas veces veo cosas. Entiendo patrones. Puedo observarme con una precisiĂłn que, a veces, se vuelve casi cruel.
No siempre analizo para no sentir. A veces analizo porque estoy sintiendo demasiado y necesito encontrar una manera de seguir funcionando. Hay horas en las que no puedo dedicarme a sufrir. Tengo que trabajar, cuidar, responder, organizar, resolver. Entonces pienso. Intento convertir lo que ocurre dentro de mĂ en algo que tambiĂ©n pueda mirar desde afuera. No porque el dolor desaparezca. Muchas veces sigo sintiĂ©ndolo mientras lo analizo. Pero, si puedo ponerle palabras, construir una explicaciĂłn y encontrar una estructura, quizá puedo continuar. Quizá puedo llegar al final del dĂa. El análisis se ha convertido, en muchos momentos, en una de las herramientas que he encontrado para poder existir cuando no puedo permitirme detenerme. El problema es que tambiĂ©n es una herramienta agotadora. Pensar, analizar, regularme, observarme, contenerme, cuestionar mis impulsos, identificar mis estados, intentar no reaccionar, intentar no disociarme, intentar no dejarme arrastrar por la vergĂĽenza, intentar aceptar lo que siento sin actuar desde ello. Muchas de las cosas que hoy me permiten seguir adelante requieren una cantidad enorme de trabajo interno. A veces siento que necesito dedicar horas todos los dĂas a intentar mantenerme en condiciones de simplemente existir. Y eso tambiĂ©n me agota. Es como si vivir no pudiera ser simplemente vivir, como si cada dĂa hubiera una cantidad de trabajo que hacer antes de poder llegar al final de Ă©l.
Durante mucho tiempo pensĂ© que entenderme serĂa suficiente. Que si lograba conocer mis patrones, reconocer mis heridas, identificar mis impulsos y comprender de dĂłnde venĂan, algĂşn dĂa dejarĂa de repetirlos. Pero no funciona asĂ. Puedo entender perfectamente por quĂ© hice algo y aun asĂ haber hecho algo mal. Puedo conocer mi historia y aun asĂ ser responsable de lo que hago con ella. Puedo saber quĂ© estoy intentando evitar y, aun asĂ, correr directamente hacia eso. Quizás una de las cosas que más me cuesta aceptar es que comprender no siempre impide repetir. Durante mucho tiempo sentĂ que, si ya habĂa visto el mecanismo, perdĂa el derecho a volver a caer en Ă©l. Como si el conocimiento fuera una promesa. Como si saber por quĂ© soy impulsiva debiera hacerme capaz de no actuar impulsivamente. Como si conocer las consecuencias de una decisiĂłn debiera volver imposible tomarla. Como si entender mis heridas debiera garantizar que nunca volverĂa a actuar desde ellas.
Cuando no ocurre asĂ, la culpa se vuelve más cruel. Ya no es solamente «hice algo malo». Es «lo sabĂa». Lo habĂa pensado. Lo habĂa analizado. HabĂa visto el patrĂłn. Y aun asĂ lo hice. Entonces aparece una idea terrible: quizás no soy una persona que a veces hace daño; quizás soy, en el fondo, una persona dañina. Y cuando esa idea se instala, la muerte puede empezar a parecer una salida. No necesariamente porque la vida haya dejado de tener valor. A veces quiero desaparecer porque no sĂ© cĂłmo vivir con la posibilidad de ser alguien que, pese a todos sus esfuerzos, todavĂa puede hacer daño. Porque hay un cansancio particular en tener que vigilarse constantemente: vigilar lo que se siente, lo que se piensa, lo que se desea, lo que se dice, lo que se hace. Intentar no reaccionar. Intentar no destruir. Intentar no desaparecer. Intentar no convertirse en aquello que una teme ser. A veces siento que para otras personas existir parece ser algo más espontáneo, como si pudieran simplemente estar dentro de sus propias vidas. Yo, en cambio, muchas veces siento que tengo que trabajar para poder hacerlo.
Y, sin embargo, incluso cuando estoy convencida de que no sĂ© cĂłmo seguir viviendo conmigo, hay algo en mĂ que continĂşa vinculado a la vida. No sĂ© si la vida tiene un sentido. No sĂ© si existe un propĂłsito suficientemente grande como para justificar el dolor, ni si hay una respuesta escondida en alguna parte que pueda convertir todo lo vivido en algo comprensible. Tampoco sĂ© si puedo confiar en que las cosas mejorarán. He vivido lo suficiente para saber que el tiempo no garantiza nada, que algunas heridas no se cierran porque pasen los años y que esforzarse no siempre produce el resultado que uno necesita. No sĂ© si soy capaz de convertirme en alguien completamente distinta. A veces ni siquiera sĂ© si quiero serlo. Hay dĂas en los que no sĂ© si lo que necesito es cambiar o simplemente dejar de exigirme una transformaciĂłn absoluta para poder considerarme digna de seguir aquĂ. Pero, aun asĂ, hay cosas que amo, cosas que deseo, cosas en las que creo y cosas que protejo. Y no sĂ© quĂ© hacer con el hecho de que esas cosas importen. No puedo demostrar que deberĂan importar. No puedo probar que el amor tenga un valor universal, que cuidar a alguien tenga un significado trascendente, que una conversaciĂłn, una planta que crece, una mano que busca otra mano o una vida concreta tengan algĂşn peso en la inmensidad del universo. No puedo demostrar que deberĂan importar y, sin embargo, importan. Quizás ese es uno de los hechos más desconcertantes de estar viva: que puedo no encontrar un sentido definitivo y, aun asĂ, seguir sintiendo apego; puedo dudar de que exista un propĂłsito y, aun asĂ, querer proteger ciertas cosas; puedo no saber si la vida tiene un significado y, aun asĂ, experimentar dolor ante la posibilidad de perderla. No sĂ© quĂ© hacer con esa contradicciĂłn. Solo sĂ© que existe.
Y cuando ese trabajo de sostenerme no alcanza, cuando la emociĂłn supera mi capacidad de contenerla, algo dentro de mĂ se rompe. Entonces aparecen la vergĂĽenza, la culpa y el odio. No necesito que alguien me revele mis defectos. Ya los conozco. Me he visto. SĂ© de lo que soy capaz. Y quizá esa es una de las partes más crueles de mi relaciĂłn conmigo misma: creo que conocerme deberĂa haberme convertido en alguien mejor. Como si haber visto mis mecanismos me quitara el derecho a repetirlos. Como si cada error cometido despuĂ©s de haberlo comprendido fuera una prueba de que, en realidad, nunca aprendĂ nada. A veces pienso que deberĂa poder controlarme completamente. Pero nadie puede hacerlo. Y, sin embargo, sigo esperando de mĂ una forma de perfecciĂłn que no consiste en ser brillante, buena o exitosa. Consiste simplemente en no hacer daño. En ser suficientemente segura. En no destruir lo que toca. Es una exigencia imposible y, aun asĂ, vivo como si fuera una deuda.
Cuando ya no puedo sostenerme, me convierto en una máquina. Resuelvo, trabajo, cuido, organizo, avanzo. Puedo ser extremadamente funcional, pero el precio es que desaparezco un poco de mĂ misma. El tiempo se vuelve extraño. El espacio se vuelve extraño. Puedo hacer cosas sin sentir que las estoy habitando completamente. Puedo mirar hacia atrás y sentir que los dĂas pasaron mientras yo estaba ocupada intentando sobrevivirlos, como si hubiera desaparecido de mi propia vida para poder continuar dentro de ella. Y entonces vuelvo a encontrarme en el mismo lugar: o siento demasiado o dejo de sentir; o me hundo en el dolor o me convierto en una máquina; o analizo hasta poder mantener cierta distancia o me desconecto de mĂ misma. Quizás eso es lo que todavĂa no sĂ© hacer: lo intermedio. Sentir sin ahogarme. Funcionar sin desaparecer. Analizar sin usar el pensamiento para huir de mĂ. Aceptar que hice algo malo sin convertirme completamente en el mal que hice. Sentir culpa sin destruirme. Sentir vergĂĽenza sin desaparecer. Aceptar las consecuencias de mis decisiones sin convertirlas en una prueba de que no merezco seguir existiendo.
No creo que mi problema sea que no acepto quiĂ©n soy. A veces creo que acepto demasiadas cosas sobre mĂ con una honestidad brutal. SĂ© que puedo ser impulsiva, contradictoria, injusta, egoĂsta. SĂ© que puedo hacer daño. Lo que todavĂa no sĂ© hacer es aceptar todo eso sin convertirlo en una sentencia. Puedo haber hecho algo malo sin ser Ăşnicamente lo malo que hice. Puedo entender por quĂ© hice algo sin justificarlo. Puedo hacerme responsable sin destruirme. Puedo ser capaz de hacer daño sin estar condenada a dañar siempre. Pero hay momentos en los que no puedo creerlo. Hay momentos en los que siento que ya he visto todo lo que hay que ver; que esto soy, que esto es todo, que no importa cuánto me esfuerce, siempre habrá otra forma en la que terminarĂ© fallando. Y cuando estoy ahĂ, la idea de morir no siempre se siente como una decisiĂłn. A veces se siente como el deseo de dejar de tener que seguir intentando. Dejar de tener que vigilarme. Dejar de tener que corregirme. Dejar de tener que preguntarme si esta vez serĂ© capaz de no destruir algo.
Pero quizás aprender a vivir conmigo no significa dejar de odiarme de un dĂa para otro. No significa perdonarme automáticamente. No significa decir que todo está bien cuando no lo está. No significa convencerme de que soy buena, perfecta o inofensiva. Quizás significa algo más difĂcil: permanecer. Permanecer conmigo cuando no me gusto, cuando siento vergĂĽenza, cuando descubro una parte de mĂ que preferirĂa no conocer, cuando recuerdo algo que hice y no sĂ© cĂłmo perdonármelo. Permanecer sin negar el daño, sin convertir la explicaciĂłn en una excusa y sin convertir la responsabilidad en una condena. Quizás no necesito demostrar que soy incapaz de hacer daño para merecer estar viva. Quizás nadie puede demostrar eso. Quizás la pregunta no es cĂłmo convertirme en una persona que jamás hiera a nadie. Quizás la pregunta es quĂ© hago despuĂ©s. Si puedo reconocerlo. Si puedo reparar. Si puedo aprender. Si puedo cambiar, aunque no cambie de una vez y para siempre. Si puedo volver a intentarlo sin exigir que el intento anterior haya sido perfecto.
No sĂ© si algĂşn dĂa voy a dejar de odiarme completamente. Ya no estoy segura de que esa sea la meta. Quizás hay partes de mĂ que tendrĂ© que aprender a mirar durante mucho tiempo antes de poder aceptarlas. Quizás algunas culpas no desaparecen, sino que se vuelven más pequeñas y más habitables. Quizás vivir no consiste en llegar finalmente a una versiĂłn de mĂ que ya no necesite ser vigilada. Quizás consiste en aprender a estar conmigo mientras sigo siendo una persona incompleta, contradictoria, vulnerable y capaz de equivocarse. Una persona que puede hacer daño, pero tambiĂ©n reparar. Una persona que puede fallar, pero tambiĂ©n aprender. Una persona que no siempre sabe cĂłmo quedarse, pero que, por ahora, sigue aquĂ.
Y quizás eso es lo que estoy intentando aprender: no a demostrar que soy buena, ni a demostrar que soy inofensiva, ni a demostrar que ya no volverĂ© a equivocarme. Solo a no abandonarme cada vez que descubro algo de mĂ que no puedo soportar. A permanecer en mi propia vida sin tener que convertirme primero en alguien que merezca estar en ella. A aceptar que puedo ser responsable de lo que hago sin ser Ăşnicamente lo peor que he hecho. A aceptar que puedo ser capaz de hacer daño y, aun asĂ, seguir siendo capaz de reparar, aprender, cambiar y quedarme.
No sĂ© todavĂa cĂłmo se hace. No sĂ© si la vida tiene un sentido. No sĂ© si puedo confiar en que las cosas mejorarán. No sĂ© si algĂşn dĂa me convertirĂ© en alguien completamente distinta. Pero todavĂa hay cosas que amo, deseo, creo y protejo. Y no sĂ© quĂ© hacer con el hecho de que esas cosas importen, aunque no pueda demostrar que deberĂan importar. Quizás no necesito resolver esa contradicciĂłn para continuar. Quizás no necesito saber por quĂ© algo importa para poder cuidarlo. Quizás hay cosas que no se sostienen porque podamos demostrar su valor, sino porque, de alguna manera, ya estamos vinculados a ellas antes de haber encontrado una explicaciĂłn.
Quizás aprender a vivir conmigo comienza exactamente ahĂ: en dejar de exigirme tener una respuesta definitiva para poder continuar. En aceptar que puedo no saber quĂ© significa estar viva y, aun asĂ, estar profundamente involucrada en la vida. En reconocer que puedo no confiar completamente en el futuro y, aun asĂ, hacer algo para llegar hasta Ă©l. En quedarme, aunque todavĂa no sepa muy bien cĂłmo. No porque haya resuelto quiĂ©n soy. No porque haya dejado de equivocarme. No porque finalmente haya aprendido a quererme. Quizás, por ahora, basta con no abandonarme cada vez que descubro algo de mĂ que no puedo soportar.
Quizás, por ahora, aprender a vivir conmigo significa eso: aceptar que puedo ser responsable de lo que hago sin ser Ăşnicamente lo peor que he hecho; aceptar que puedo ser capaz de hacer daño y, aun asĂ, seguir siendo capaz de reparar, aprender, cambiar y quedarme. No sĂ© todavĂa cĂłmo se hace. Pero sigo aquĂ. Y, aunque no pueda demostrar que deberĂa importar, quizás el hecho de que siga aquĂ tambiĂ©n significa algo.