“Desde mi niñez, veo siempre una luz en mi alma, pero no con los ojos externos y tampoco cn los pensamientos de mi corazón; tampoco toman parte en ella los cinco sentidos exteriores… La luz que percibo no es de la especie local, sino que es mucho más lúcida que la nube que lleva el sol. No puedo distinguir en la misma ninguna altura, anchura o longitud… Lo que veo o aprendo en la visión me queda largo tiempo en la memoria. Veo, oigo y sé al mismo tiempo; y aprendo lo que sé como si fuera en un instante... No puedo discernir absolutamente ninguna forma en esta luz, que para mí se llama la Luz viviente… Mientras gozo de la contemplación de la luz desaparece de mi memoria toda tristeza y dolor". Hildegard von Bingen.
Yo mismo conozco algunas pocas personas que saben de esa vivencia, por propia experiencia. En la medida en que fue posible decir algo sobre semejante fenómeno, parece tratarse de un estado agudo de consciencia tan intensiva como abstracta, de una consciencia “desligada” que, como Hildegada justamente indica, hace que se consciencialicen campos del acontecer anímico que de otra manera están cubiertos por lo oscuro. El hecho de que , en conexión con eso, desaparzcan a menudo las sensaciones corporales generales, muestra que a éstas les es sustraídas su energía específica, la cual probablemente es empleada para reforzar la lucidez de la consciencia.
Por regla, el fenómeno es espontáneo, viene y va según su propio impulso. Su efecto es asombroso, por cuanto casi siempre produce una solución a complicaciones anímicas y, con ello, un desligamiento de la personalidad interna respecto de los enredos emocionales e ideológicos, de ese modo crea una unidad del ser que comunmente se experimenta como liberación.
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Tales cosas no pueden ser creadas por el pensamiento, sino que deben crecer de nuevo hacia arriba desde la oscura profundidad del olvido, para expresar los presentimientos supremos de la consciencia, y la intuición más alta del espíritu y, así, fundir en uno la unicidad de la consciencia actual con el primitivo pasado de la vida.
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de El secreto de la flor de oro. C. G. Junt - G. Wilhelm






