Manual del sepulturero:
Al igual que Edgar Allan Poe, yo tampoco soporto mi intervalo de cordura catastrófica, eso es saborear el infierno, es peor que estar loco, que tampoco he sido sabedora ni maestra para alimentar a mi corazón que cada día se anida en una constante inanición que se ha convertido a lo largo de las noches, en vicio, que enferma y me desangra, gota a gota, artería por artería, y así y vuelve a empezar.
Se puede llegar a la cúspide de lo miserable y es poner la verdad sobre la meza, y con una gota más de dezasosiego perder hasta lo que nos falta. Cada vez que sonreías era condenar todo lo idealizado al castigo, y todo este sabor amargo, todo este olor a morgue emocional me resulta familiar, porque era yo, desgastando falsas realidades, acumulando balas en las sienes, y abrazando al frio que hoy me recorre sin censura mi columna vertebral.
¿Cómo se despierta de la pesadilla si se está hasta la médula en ella inmerso?
Se acabó la canción, y enseguida llego la parte en la que dolerías sin remedio, sin compasión, y con esa dulzura macabra que le caracterizaba, y ahí me perdí, vendiendo el alma, acabando mis siete vidas por una casi vida junto a ti, supongo que la eternidad, es eso, un maldito suspiro.
-Ela.















