La tiranía del clic: ¿Quién sos cuando no te miran?
Mucho antes de que suene la primera nota en el desierto de California, Coachella ya circuló miles de veces en una pantalla. Basta observar la cobertura que inunda las redes sociales cada abril para notar que el evento dejó de ser únicamente un festival de música para convertirse también en una vitrina global de identidad digital. Lo que ocurre en Indio expone una lógica incómoda de nuestra época: ya no solo habitamos experiencias, muchas veces también las convertimos en escenarios para construir una versión pública de nosotros mismos.
La idea puede parecer exagerada, pero encuentra respaldo teórico. El sociólogo Erving Goffman sostenía que la vida social funciona como una puesta en escena donde los individuos gestionan la impresión que producen en los demás. En la era digital, esa lógica parece haberse intensificado. Ya no actuamos solo frente a círculos cercanos, sino ante audiencias potencialmente masivas, constantes y medibles. En eventos como Coachella, esa dinámica alcanza uno de sus puntos más visibles: la experiencia empieza a pensarse para ser compartida antes incluso de ser vivida.
A esto se suma el fenómeno conocido como FOMO (Fear of Missing Out), asociado a la ansiedad de quedar excluido de experiencias socialmente valoradas. Diversos estudios han relacionado este fenómeno con el uso intensivo de redes sociales, especialmente en contextos donde predominan imágenes aspiracionales y dinámicas de comparación constante. En ese marco, Coachella no solo vende entradas; vende pertenencia.
El punto no es criticar a quienes se toman fotos o comparten recuerdos. Registrar experiencias forma parte natural de la cultura contemporánea. La pregunta aparece cuando esa lógica se invierte: cuando el outfit se elige pensando en cómo se verá en una publicación antes que en la experiencia real del evento; cuando la coreografía para TikTok importa más que la canción que suena en vivo. En esa economía de la visibilidad, la atención se transforma en valor.
Esto abre una pregunta más profunda sobre autenticidad e identidad. Si nuestras experiencias comienzan a organizarse en función de cómo serán percibidas, ¿seguimos eligiendo lo que realmente queremos vivir o empezamos, muchas veces sin notarlo, a seleccionar aquello que comunica mejor una determinada versión de nosotros mismos?
Tal vez Coachella no sea la excepción. Tal vez sea simplemente el espejo más visible de una lógica que ya atraviesa nuestras cenas, nuestros viajes y nuestra vida cotidiana. Al final, la pregunta permanece: ¿quiénes somos cuando nadie nos está mirando?











