Se incorporó a un hombre que inconscientemente le iría quitando la vida. Cada segundo junto a él representaba un inútil latido donde el sentimiento amoroso moría por miajas. La inocencia de aquella muchacha aumentaba por cada día que se entregaba en cuerpo y alma, dedicando su subsistencia a los deseos del señor que deja caer su peso en el sillón situado frente al televisor mientras se fuma un Cohiba. Aunque el rostro no marcaba índices de heridas o moratones, la mujer era igual de maltratada que las que ahora descansan en paz bajo las gélidas lápidas del cementerio. No era querida, ni siquiera respetada. También es cierto que el dinero no siempre da la felicidad; la desdicha siempre estuvo ausente en esa casa donde alberga ahora la tristeza, y el único corazón de cristal que lo dio todo por sobrevivir se descompuso en pedazos hace mucho tiempo.
Me declaro testigo de todos estos hechos y realidades. Aún no sé lo que me deparará el futuro, pero lucharé por ser libre y depender de mi misma, tal y como tú siempre me has rogado. Ahora dime, mamá, ¿Qué fue de aquella chica que se comía el mundo?