He recurrido al lápiz y al papel, otra noche tormentosa de octubre, mientras me acicalan esa botella de vino blanco y el humo del cigarro se desvanece con el aire, así como se desvanecían mis premuras aquel Junio soleado. Era el alcohol barato de aquella época y las risas desbocadas quienes inauguraron esa velada y el tiempo a solas que tuvimos juntos, que floreció cual presagio. Tú sonreías al mismo tiempo que mirabas mi barba, como si estuvieras imaginando un laberinto color carmesí que desembocaba a la travesía de mis palabras delirantes, aún sin decir nada, aún sin despertar del sueño, aún con los ojos abiertos cual ventanas del alma. Ya era una premonición el final de nuestro encuentro, casi como un señuelo, sin titubeos, sin más preámbulos, acercamos nuestros labios al mejor de los viajes. Un viaje, del cual nunca logré volver y del que aún me encuentro sumergido sin retorno ni final, como aquel náufrago que se retuerce al encontrar el litoral, pero esa es una alegoría de tiempos pasados. Logré separar mis labios de los tuyos, sintiendo el sabor a llano, selva, mar y montaña que me dejaste de forma etérea pero innegable. Logré separar mi cuerpo que se fundía con el tuyo en un paseo por ese sistema de majestuosidad y delirio llamado “vida”. Logré separar esa fecha del calendario, para flagelarme en mis tiempos de dictatorial penumbra, pero jamás pude separar mi alba, que desde el primer beso, junto a tu amanecer, se convirtió en otra letanía más de las muchas que, hasta la fecha, he narrado sin temor al hastío.
Me besaste, cual bala al corazón, para desangrar mi azul dolor lleno de alevosía, para así poder llenar mis pálpitos de ese sabor dulce que deja la comisura de la cueva donde salen tus más hermosos versos. Te besé, creyendo que no me lo creería, sin embargo, solo logré alimentar este amor, que más que ser ambicioso y lúgubre, es inmutable, y solo para tí.