Herencia perpetua
El reloj de pared no dejaba de sonar con un tic tac... tic tac intermitente, parecía no agotarse ni un poco. El ritmo que llevaba consigo estaba por agotarme la paciencia, tal cual un reloj de arena, grano a grano iba perdiendo los estribos, quedándome en la nada.
El sonido parecía nunca perder el ritmo, pero mi paciencia había rebasado su límite, hasta el punto de estallar. Entonces decidí bajarlo de la pared, tomarlo entre mis manos, darle la vuelta y... Por fin tener un momento de paz. Escondí las pilas que daban vida a aquel objeto, para que nadie más pudiera devolverle su esencia.
Como era más que evidente, lo había reemplazado por un artefacto moderno, un reloj de pulso, de hora digital con características exquisitas. Conservaba la obsoleta máquina sólo por ser un recuerdo de mi familia.
Me pasé toda la tarde mirando el reloj, recordando... Pensé en mis hermanos, en mi madre, en las deliciosas galletas que nos preparaba los fines de semana, los picnis donde degustábamos sus tartas de zarzamora y duraznos, su receta preferida, y la picada gloriosa de queso y jamón que mi padre siempre llevaba escondida al fondo de la cesta…
Un día llegó la bisabuela repleta de presentes, hubo uno que llamó en especial la atención de mi madre, era un reloj exótico, de sonido extravagante, en detalles pomposos, todo en él era glamuroso hasta... que le colocaron las pilas. Yo dormía con mis hermanos en un cuarto, el reloj se encontraba en la sala, pero su sonoridad era insoportable. Al parecer todos conciliaron el sueño al compás de su tic tac, pero esa noche yo no pude. A la mañana siguiente mamá me preguntó:
—¿Te gusta el reloj?
—¡Claro, seguro! es refinado.
¿Qué más iba a decirle? ¿Que el insulso artefacto era el culpable de mi insomnio? ¿Que lo odié apenas lo vi? Pasé la noche en vela pensando en la forma de deshacerme de él. Podía lanzarlo desde la segunda planta, pero el estruendo sería tal que despertaría a todos. Podría esconderlo y arrojarlo a la chimenea por la madrugada, pero notarían que dejó de sonar. Tenía que hacer algo, que fuera sigiloso, pero a la vez permanente, algo que hiciera que desapareciera sin dejar un solo rastro del objeto y mi culpabilidad... Estuve días ideando, planeando la manera idónea de consumar mi crimen y al final... no pude.
Cuando me fui de casa, mis padres me ayudaron a empacar y mi madre eligió algunas cosas para regalarme, entre ellas, por supuesto, el reloj endemoniado. ¡Qué ironía! El desgraciado tenía toda la intención de torturarme de por vida.
Pero ahora... ahora era totalmente diferente... La satisfacción de quitar una a una las baterías que le daban vida y verlo como un objeto más, inmóvil, estático, me dio ese poder que por años buscaba, una sensación de paz, tranquilidad y victoria. ¡Lo había logrado!
Me retiré a realizar mis quehaceres, la casa estaba sucia, telarañas adornaban los viejos muebles que me habían donado y el crujir de la madera era aparatoso y demasiado exasperante. Me cansé de fregar la cocina, acomodar mi ropa y alisar las cortinas... Solo quería terminar de preparar mi dormitorio para dormir plácidamente hasta el amanecer.
—Me perseguía y no podía ver su rostro, solo escuchaba sus carcajadas, se reía de mí y de cómo este sería mi final, me había acorralado, estaba sobre mí cuando...















