Sarah Hunter. Dar-Shan Greetings. #cavalodefogo #sketch #wildfire #diabolin #80´s #desenho #sbt #clipstudiopaint #rascunho #blackandwhite #pb https://www.instagram.com/p/CPMB5h4na-S/?utm_medium=tumblr
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“Miamolín, a mié”
Mas o menos a la mitad de camino entre Montería y Barranquilla, sobre la Troncal del Caribe está Corozal, en el departamento de Sucre. Un pueblo otrora pequeño que tiene mas pasado que futuro y en el que pasé buenos años de mi niñez y adolescencia y al que ocasionalmente vuelvo para constatar que aquellos buenos momentos ya no están y a cambio se instalaron en su lugar el reguetón y la desidia.
Justamente sobre la “variante” que es la Troncal que atraviesa parte del pueblo, estaba en aquellos tiempos la oficina de la compañía Expreso Brasilia que era nuestro principal medio de transporte Inter municipal. Esa oficina, que operaba como terminal de transporte, no era más que una casucha de treinta metros cuadrados donde se expedían los pasajes, servía de sala de espera, carecía de cafetería y el baño - si se podía llamar así - era escenografía diga de una película de Robert Rodríguez.
La oferta de bebidas y comidas estaba a cargo de una tropa de vendedores ambulantes de todos los pelambres que revoloteaban entre los pasajeros como moscas y con sus propias moscas y eran la única opción disponible si la sed o el hambre apremiaban mientras esperábamos la llegada del “Termoking”. Allí conocí al “Ñato”, vendía diabolines.
No recuerdo su nombre. Era rubio de pelo crespo, blanco casi albino, con chanclas diferentes en cada pie y ñato como consecuencia de su labio leporino y paladar hendido. Tendría unos quince años como yo entonces y en media lengua hablaba con tanta seguridad y rapidez que juro que no sabía que nadie le entendía. Su oferta gastronómica eran bolsitas empacadas con veinte diabolines que vendía a diez pesos cada una: diabolín, a diez.
Cierta tarde en que viajaba a Cartagena, una familia de cachacos bogotanos varados en Corozal por alguna razón aparecieron de pronto en los terrenos del “Ñato”; buscaban un pasaje para Montería mientras él pregonaba alegremente y a medio pulmón: “Miamolín, miamolín; miamolín a mié”. Recuerdo claramente la cara del padre de los cachaquitos entre extrañado e indignado ante la jerigonza del “Ñato” mientras le preguntaba: “Ala, chatico, ¿y tu que vendes?. El “Ñato”, luciendo una mueca sonrisa ante su inminente venta, le dice con los ojos brillantes enseñándole su mercancía:
Miamolín, a mié...