𝙉𝙞𝙣𝙜𝙪́𝙣 𝙥𝙧𝙞𝙢𝙚𝙧 𝙥𝙖𝙨𝙤 𝙚𝙨 𝙚𝙣 𝙫𝙖𝙣𝙤.
𝗨𝗡𝗗𝗘𝗥 𝗧𝗛𝗘 𝗦𝗞𝗜𝗡. ⠀⠀⠀⠀┊ 𝐴𝑢𝑛𝑞𝑢𝑒 𝑙𝑜𝑠 𝑝𝑒𝑟𝑠𝑜𝑛𝑎𝑗𝑒𝑠 𝑦 𝑠𝑖𝑡𝑢𝑎𝑐𝑖𝑜𝑛𝑒𝑠 𝑠𝑒𝑎𝑛 𝑓𝑖𝑐𝑡𝑖𝑐𝑖𝑜𝑠, 𝑒𝑠𝑡𝑎 ℎ𝑖𝑠𝑡𝑜𝑟𝑖𝑎 𝑛𝑎𝑐𝑒 𝑑𝑒 𝑒𝑥𝑝𝑒𝑟𝑖𝑒𝑛𝑐𝑖𝑎𝑠 𝑟𝑒𝑎𝑙𝑒𝑠 𝑦 𝑟𝑒𝑓𝑙𝑒𝑗𝑎 𝑢𝑛𝑎 𝑠𝑖𝑡𝑢𝑎𝑐𝑖𝑜́𝑛 𝜄́𝑛𝑡𝑖𝑚𝑎 𝑦 𝑡𝑒𝑟𝑎𝑝𝑒́𝑢𝑡𝑖𝑐𝑎.┊
Habíamos tardado un mes en preparar el lugar donde estaría la clínica. Un mes exacto de polvo, cajas y doble dosis de cansancio físico. Baldur había tenido que mudarse desde Copenhague, y aun así encontraba fuerzas para ayudarme a cargar muebles, revisar planos, firmar contratos y buscar el modo de que aquel caserón centenario pudiera respirar algo de vida nueva. Decía que el sitio tenía alma, pero que estaba dormida. Yo no estaba tan seguro.
Durante las primeras semanas los pacientes habían sido solo online. La conexión era estable, pero el ambiente no lo era tanto. Aún se oía el martilleo de las reformas, el olor a madera recién cortada, y los pasillos vacíos parecían susurrar algo cada vez que el viento se colaba entre las rendijas de las ventanas. Ahora todo estaba terminado, al menos en apariencia. Las salas tenían sus lámparas encendidas, los escritorios sus papeles ordenados, y cada uno tenía —como suelo decir— su propio despacho. Pero hoy no me siento en mis cabales. He pasado demasiado tiempo entre informes y voces ajenas, y necesitaba respirar un poco antes de enfrentarme de nuevo al papeleo. Así que dejé el abrigo colgado al hombro y salí hacia los jardines.
El aire era frío con ese tipo de humedad que se aferra al rostro sin llegar a transformarse en lluvia. El cielo, pesado y encapotado, parecía una amenaza que se haría efectiva solo cuando cayera la noche. Ajusté la gabardina y avancé sobre el césped húmedo. A lo lejos, entre los setos perfectamente delineados, distinguí una figura sentada junto a una de las fuentes.
Había mandado colocar aquella fuente precisamente para eso. Para crear una sensación de cercanía, de quietud elegante. “𝘜𝘯 𝘵𝘰𝘲𝘶𝘦 𝘴𝘰𝘧𝘪𝘴𝘵𝘪𝘤𝘢𝘥𝘰,” me dijeron. Pero la joven que estaba allí no parecía encajar con esa imagen. Estaba inclinada sobre el agua, mirándose en su reflejo. Sus dedos recorrían su propio rostro con tal lentitud que sólo podía nacer del desconcierto. No parecía reconocerse. Había algo en su mirada que amenazaba con romperse en cualquier momento. Sin embargo, no lloró.
Sus labios se movían. ¿Hablaba consigo misma? Y entonces, tras un suspiro largo, casi resignado, la vi sonreír. Una sonrisa leve, forzada, pero que transformó su expresión en cuestión de segundos, como si intentara ocultar cualquier vestigio del dolor que la había atravesado. Me pregunté, mientras observaba aquella máscara formarse ante mis ojos, por qué tendemos a esconder lo que el alma grita.
Avancé unos pasos, sin hacer ruido, pero ella me percibió. Se incorporó de un brinco y me saludó con una energía que no parecía pertenecerle.
— ¡Hola! — dijo, con una sonrisa demasiado grande para aquel cielo gris. — Buenos días. — respondí— Siento haberte sorprendido. — No te preocupes, iba a marcharme justo ahora. — ¿No vas a entrar? — pregunté, señalando el edificio tras nosotros.
Ella bajó la vista.
— Esa es la pregunta que me hago siempre. — se sujetó las mangas del jersey, que le quedaban un par de tallas grandes — ¿Acabas de salir? Me han dicho que este lugar es diferente. — ¿En el buen o en el mal sentido? — Dicen que este lugar sana, pero yo no estoy del todo convencida de ello. Hay cosas que no se pueden sanar. Cosas que no puedes evitar.
Su sonrisa flaqueó por un instante, y en ese gesto se adivinó la verdad que había intentado ocultar.
— Si no crees en ello, ¿por qué estás aquí? — le pregunté. — Quería comprobarlo por mí misma. — respondió, casi en un susurro — Para saber si me equivocaba o no. Pero ya me ves… ni siquiera he llegado a la puerta. Supongo que no tengo el valor suficiente para encontrar una respuesta.
Ahí estaba. Esa impaciencia por llegar a un punto exacto sin mirar el primer paso. Ese deseo de sanar sin aceptar el proceso.
— Hoy no has llamado a la puerta — le dije, sentándome en el borde de la fuente— pero has llegado al jardín. Si realmente no quisieras tener respuestas, ni siquiera hubieras dado el primer paso. Y ya lo has hecho. Quizá mañana consigas dar otro más.
Ella me miró, arqueando una ceja. La sonrisa que ahora dibujaba su rostro era diferente. Más débil, pero sincera.
— Gracias. —dijo simplemente— Mañana intentaré dar otro paso más.
Asentí y saqué del bolsillo interno una pequeña bolsa de gominolas, las mismas que solía ofrecer a los pacientes más jóvenes aunque este no fuera el caso. Vertí una en su mano, cubierta de azúcar.
— Mañana estaré aquí. —le respondí.
El viento sopló, removiendo las hojas secas y el agua tranquila de la fuente. Y por un instante, me pareció que el viejo edificio detrás de nosotros era el que respiraba, como si también se hubiera despertado, aunque fuera solo un poco.
















