Daniel Innerarity - La decencia de cerrar las ventanas
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Daniel Innerarity - La decencia de cerrar las ventanas

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El filósofo Daniel Innerarity, invitado de excepción para empezar el curso en Casa Mediterráneo
El reconocido filósofo Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política, investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco, director del Instituto de Gobernanza Democrática de San Sebastián y titular de la Cátedra Inteligencia Artificial y Democracia en el Instituto Europeo de Florencia, presentará el próximo 8 de septiembre en Casa Mediterráneo su último libro La Libertad…
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Entrevista a Daniel Innerarity, sobre Una Teoría de la Democracia Compleja No me preocupa tanto que haya irritaciones o molestias sociales, lo que me preocupa ...
Vivimos tiempos complejos, convulsos. Tiempos, en los que las certezas políticas que se construyeron en la política mundial después de la Segunda Guerra Mundial y tras la caída del bloque comunista, se están desdibujando. Tiempos de dudas, de inquietudes, en donde los discursos populistas, con sus gritos y sus postulados facilones, nos quieren hacer creer que la salida a todos nuestros problemas, se encuentran en la destrucción de los sistemas democráticos, en donde las decisiones se toman en conjunto. Vivimos tiempos de crisis, en donde nada parece seguro, en donde todo parece desmoronarse. Tiempos en los que los grandes sistemas filosóficos ya no nos alcanzan para definir, para entender, para definir los cambios políticos y sociales que estamos viviendo.
En sociedades anteriores a la nuestra, los ciudadanos tenían perspectivas de futuros más oscuras que el nuestro, pero la estabilidad de sus condiciones les permitía pensar que el porvenir no era tan aciago. Sin embargo, no vivían perplejos, ya que la perplejidad, nos dice Daniel Innerarity, quien es catedrático de Filosofía Política de la Universidad del País Vasco y profesor en el Instituto Europeo de Florencia, es propia de una sociedad en las que el horizonte de lo posible se ha abierto tanto que nuestros cálculos acerca del futuro son especialmente inciertos. El siglo XXI ha sido un tiempo convulso, difícil, y los discursos autoritarios y populistas se están apoderando del espectro político. Los ciudadanos quieren entender las razones de las crisis que estamos viviendo, y además queremos tener certezas ante el futuro que se nos abre ante nuestra mirada. Para entender y categorizar nuestros días, Daniel Innerarity se tomó el tiempo de generar un marco conceptual para entender nuestros días y la perplejidad que muchos estamos viviendo ante los días que corren.
Daniel Innerarity ha publicado en la editorial Galaxia Gutenberg los libros La política en tiempos de indignación (2015), La Democracia en Europa (2017) y Política para perplejos, sobre el cual platicamos recientemente: “Este es un libro intermedio entre el anterior, que se titula La Política en Tiempos de Indignación, y el que ahora acabo de terminar, que saldrá a mediados de este año de 2020, que se llama Una Teoría de la Democracia Compleja, que es donde hago una síntesis de lo que consideró qué es la Democracia. Pero concretamente este libro surge en un momento intermedio en el que me pareció que, a diferencia de los momentos de la indignación que fueron momentos de gran vitalidad, como pasó acá en la Cd. de México, y que eran momentos de claridad, porque teníamos momentos de relativa evidencia sobre lo que estaba bien y lo que estaba mal en la política, pero con el paso del tiempo se ha visto que el problema era más complejo, que a la mejor esa idea de culpabilizar de la crisis a unos pocos era un simplificación muy poco útil para la construcción de agendas políticas transformadoras, y lo que tenemos ahora es un periodo de perplejidad, de desconcierto, incertidumbre, que por otro lado, creo que es el horizonte en el que nos vamos a tener que acostumbrar a movernos, porque las viejas orientaciones binarias, que nos habían sido de gran utilidad, ahora mismo tiene una utilidad bastante menor.”
Los filósofos y la sociedad post-covid-19
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La diversidad de prospecciones que se están realizando por parte de pensadores y filósofos, no deja de ser una práctica de un cierto arte adivinatorio. Cierto que los hay, como en el caso de Slavoj Žižek que se asemeja más a una carta a los reyes magos que a un análisis realista, y otros como Agamben o Han que parecen regirse por los parámetros que hasta ahora han gobernado el mundo. No…
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En un contexto de enorme incertidumbre es cuando más falta hacen mentes lúcidas como las de Daniel Innerarity, catedrático de filosofía política de la Universidad del País Vasco y colaborador en varios medios de comunicación. “De las ruinas no surge necesariamente el nuevo orden y el cambio puede ser a peor”, nos advierte.
En un contexto de enorme incertidumbre es cuando más falta hacen mentes lúcidas como las de Daniel Innerarity, catedrático de filosofía política de la Universidad del País Vasco y colaborador en varios medios de comunicación. “De las ruinas no surge necesariamente el nuevo orden y el cambio puede ser a peor”, nos advierte.

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Toledo, ¿Smart City?
Parece paradójico que hace unos 25 años se promoviera una refundación europea y en la actualidad esté surgiendo un movimiento que repiensa una sociedad sin fronteras pero con brechas, desde los individuos. Y digo “esté surgiendo” cuando quizá se podría decir “se esté promoviendo”, de igual manera que se promovió “la CEE” en base a unos acuerdos internacionales en los que gran parte de la sociedad…
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La decepción democrática
porDANIEL INNERARITY
Conviene que nos vayamos haciendo a la idea: la política es fundamentalmente un aprendizaje de la decepción. La democracia es un sistema político que genera decepción… especialmente cuando se hace bien. Cuando la democracia funciona bien se convierte en un régimen de desocultación, en el que se vigila, descubre, critica, desconfía, protesta e impugna.
Pensemos en dos de las más comunes fuentes de desafecto ciudadano hacia nuestros representantes: la corrupción y el desacuerdo. El menos avisado puede tener una impresión demasiado negativa y caer en el típico error de percepción que genera la corrupción descubierta o el desacuerdo institucionalizado propio del antagonismo democrático. La corrupción es siempre intolerable, por supuesto, y la incapacidad para generar grandes acuerdos está en el origen de muchas de nuestras torpezas colectivas, pero deberíamos ser sinceros y reconocer que buena parte de nuestro malestar con la política corresponde a una nostalgia inadvertida por la comodidad en que se vive donde lo malo no es sabido y se reprimen los desacuerdos. La antropología política nos enseña que hay un sentimiento atávico, nunca plenamente superado, de añoranza hacia formas de organización social en las que reine una plácida ignorancia y los políticos, como reza la queja habitual, no estén todo el día discutiendo.
Hay otra fuente de decepción democrática que tiene que ver con nuestra incompetencia práctica a la hora de resolver los problemas y tomar las mejores decisiones. La política es una actividad que gira en torno a la negociación, el compromiso y la aceptación de lo que los economistas suelen llamar "decisiones sub-optimales", que no es sino el precio que hay que pagar por el poder compartido y la soberanía limitada. Está incapacitado para la política quien no haya aprendido a gestionar el fracaso o el éxito parcial, porque el éxito absoluto no existe. Hace falta al menos saber arreglárselas con el fracaso habitual de no poder sacar adelante completamente lo que se proponía. La política es inseparable de la disposición al compromiso, que es la capacidad de dar por bueno lo que no satisface completamente las propias aspiraciones. Similarmente los pactos y las alianzas no acreditan el propio poder sino que ponen de manifiesto que necesitamos de otros, que el poder es siempre una realidad compartida. El aprendizaje de la política fortalece la capacidad de convivir con ese tipo de frustraciones e invita a respetar los propios límites.
Todas las decisiones políticas, salvo que uno viva en el delirio de la omnipotencia, sin constricciones ni contrapesos, implican, aunque sea en una pequeña medida, una cierta forma de claudicación. En el mundo real no hay iniciativa sin resistencia, acción sin réplica. Las aspiraciones máximas o los ideales absolutos se rinden o ceden ante la dificultad del asunto y las pretensiones de los otros, con quienes hay que jugar la partida. No tiene nada de extraño, por ello, que nuestros más fervorosos seguidores aseguren que no era eso a lo que aspiraban. Si además tenemos en cuenta que la competición política crea incentivos para que los políticos inflen las expectativas públicas, un alto grado de decepción resulta inevitable.
Todo esto provoca un carrusel de promesas, expectativas y frustraciones, de engaños y desengaños, que gira a una velocidad a la que no estábamos acostumbrados. Los tiempos de la decepción —lo que tarda el nuevo gobierno en defraudar nuestras expectativas o los carismas en desilusionar, los proyectos en desgastarse, la competencia en debilitarse— parecen haberse acortado dramáticamente.
Incluso quien se presenta generando las mayores expectativas de renovación —porque no forma parte de lo ya conocido y esa carencia de pasado político le permite gozar de la virginidad política como su principal valor— no tarda mucho en decepcionarnos. Pronto recurren esos mismos a las jugadas políticas que nos habían escandalizado y se organizan como un aparato clásico. Comienzan "pudiendo", siguen con un quién sabe y terminan postponiendo indefinidamente las promesas más audaces. Hemos pasado, por ejemplo, de no pagar la deuda a pagarla sólo en parte para finalizar con una inocua auditoría ética (apelando, por cierto, al juicio de los expertos). Es curioso lo poco que tarda el radicalismo en "socialdemocratizarse". La estrategia para ganar elecciones es muy diferente de la tarea de gobernar y por eso suele ocurrir que lo primero palidece a medida que se acerca la hora de la responsabilidad. Con el paso del tiempo, lo que era exhibido como radicalidad democrática —que los temas cruciales sean decididos por todos— se revela como indefinición táctica o simple ignorancia acerca de qué debe hacerse. No creo que Podemos tarde mucho en decepcionar, como ocurre con todos los actores políticos, no sólo porque comparten nuestra condición humana sino sobre todo porque en algún momento tendrán que tomar decisiones que suponen aceptar algo como menos malo. La prueba de fuego estará en el momento en que sus votos en una institución impliquen una preferencia por unos o por otros, cuando su abstención abra el paso del gobierno a alguien en concreto, todavía más, cuando tengan que preferir a alguien de "la casta" para gobernar.
¿Qué racionalidad podemos introducir en medio de esta decepción? Creo que lo mejor es partir de una constatación muy liberadora: la política es una actividad limitada, mediocre y frustrante porque así es la vida, limitada, mediocre y frustrante, lo que no nos impide, en ambos casos, tratar de hacerlas mejores. Y en segundo lugar, nuestras mejores aspiraciones no deberían ser incompatibles con la conciencia de la dificultad y los límites de gobernar en el siglo XXI. Lo que hacen los políticos es demasiado conocido y demasiado poco entendido. La sociedad comprende poco los condicionamientos en medio de los cuales han de moverse y las complejidades de la vida pública. Esto no ha de entenderse como una disculpa sino todo lo contrario: es el elemento de objetividad que nos permite agudizar nuestras críticas impidiendo que campen desaforadas en el espacio de la imposibilidad.
Recordar tales cosas en medio de esa desbandada que llamamos desafección política, cuando están saliendo a la luz múltiples casos de corrupción y la política se muestra incompetente para resolver nuestros principales problemas, puede parecer una provocación. Si lo recuerdo es para defender estas tres tesis: que la política no está a la altura de lo que podemos esperar de ella, que no es inevitablemente desastrosa y que tampoco deberíamos hacernos demasiadas ilusiones a este respecto. Y es que las quejas por lo primero (por su incompetencia) se debilitan cuando uno da a entender que acepta lo segundo (que la política no tiene remedio) y cuando traslucen una expectativa desmesurada acerca de la política. De este modo no pretendo disculpar a nadie sino permitir una crítica más certera, porque nada deja más ilesa a la política realmente existente que unas expectativas desmesuradas por parte de quien no ha entendido su lógica, sus limitaciones y lo que razonablemente podemos exigirle.
Ahora que todo está lleno de propuestas de regeneración democrática no viene nada mal que analicemos con menos histeria el contexto en el que se produce nuestra decepción política, para que estemos en condiciones de valorarla en su justa medida y no cometamos el error de sacar consecuencias equivocadas de ella. Deberíamos ser capaces de apuntar hacia un horizonte normativo que nos permita ser críticos sin abandonarnos cómodamente a lo ilusorio, que amplíe lo posible frente a los administradores del realismo, pero que tampoco olvide las limitaciones de nuestra condición política.
El saber es más que información con utilidad inmediata; es una forma de apropiación del mundo: conocimiento, comprensión y juicio. Sin reelaboración y apropiación subjetiva en términos de comprensión, la mayor parte de las informaciones se quedan como algo meramente exterior. A diferencia de la información, que es interpretación de datos en orden a la acción, el saber es una interpretación de datos en orden a describir su relación causal y su consistencia interna. Los datos y conceptos sólo se convierten en saber cuando pueden ser vinculados de acuerdo con criterios lógicos y consistentes que constituyan una totalidad con sentido. El saber existe únicamente allí donde algo es explicado o comprendido. Saber significa siempre poder dar una respuesta a la pregunta acerca del qué y el porqué.
Daniel Innerarity. El valor del saber (Artículo de El País, 06/09/2014)
Foto: Royal Australian Air Force in Australia during World War II. ca 1940-41