Como todos los jueves, Esteban abría esas dos puertas de cristal y, con paso decidido, se acercaba a la barra y saludaba al barman de turno. Esta vez atendía Roberto, un mulato que había escapado de casa a los dieciséis años y ya, con veinte, llevaba a la espalda catorce países.
Esteban pidió lo mismo de siempre, se acomodó en esa vieja butaca de madera y hierro y se dejó llevar por sus pensamientos derroteros. La música que se filtraba por cada recoveco del local hacía que las personas cruzaran conversaciones variadas.
A las 21:00 h, las puertas de cristal se abrieron dejando entrar el ruido externo de la ciudad, las risas de los transeúntes y esas luces fugaces que trataban de imitar al sol de noche. Esteban volteó, atraído por esas sensaciones que electrificaban cada poro de su cuerpo. Sus ojos grises, tristes y soñadores chocaron con esos ojos pardos, coquetos, penetrantes y dulces. Un temblor que empezó por sus pies le advirtió que el efecto de la música y el alcohol lo impulsaba a acercarse a esa chica que le sonreía tiernamente.
A los ojos de Esteban, ella estaba hermosa. El pecho le presionó y sintió por un instante la falta de aire, más cuando ella, con su caminar ligero, se acercaba más y más a él. Cuando estuvieron frente a frente, y de sus bocas salió un "hola" plagado de ternura y nerviosismo, el tiempo paró. La música cambió y la melodía de los enamorados sonó a medio volumen, soltando por las rendijas de los parlantes miles de querubines que venían cargados de flechas y arcos dorados.
Esteban, tembloroso, tomó el vaso de cerveza y, tratando de mantener la calma, el vaso se resbaló de sus dedos y comenzó el viaje sin regreso al suelo. Los cristales volaron mezclándose con las gotas de cerveza que impactaban y mojaban las zapatillas de él y las botas de ella.
—Dis… Dis… Disculpa —dijo atropelladamente. No entendía por qué le costaba articular palabras y mantenerse en calma.
Ella dibujó una amplia sonrisa en esos labios rojos carmesí y posó su mano en el hombro de Esteban. Los dos sintieron lo mismo, pero no dijeron nada. Roberto, al ver la escena, sonrió; sirvió dos vasos de cerveza y los dejó a la espera en la barra. No puso maní, porque sabía que Esteban era alérgico y no quería arruinar ese momento. Siguió atendiendo a los demás clientes, atento a esos querubines que esperaban pacientes el momento para soltar su ataque de romanticismo.
Ella dio los primeros sorbos de esa cerveza reposada. El sabor a trigo y caramelo endulzó sus labios y coloreó sus mejillas blancas. Volvió a degustar la cerveza y esperó. Los relojes daban la vuelta a la inversa y no dejaban ver con claridad la hora real.
—Pensé que no vendrías —dijo ella mirando con ternura a Esteban. —Vine porque… —Quedó sin palabras. Dentro de su cabeza explotaban y chocaban miles de respuestas, razones, excusas e ideas. Pero todas acababan en la misma: en ella—. Porque… —¿Porque…? —le invitó ella a continuar mientras posaba el vaso vacío sobre la barra. —Porque quería verte, aunque fuese de pasada —dijo Esteban. Su mirada traspasó el iris de ella y llegó hasta su alma. Allí vio los colores, sabores e ilusiones que se mezclaban tan perfectamente.
Ella sonrió aún más y las luces del local explotaron alrededor de ellos. Esteban sintió el calor de sus manos sobre las de él. Los dedos se entrelazaron en una danza sutil. Poco a poco el ambiente pasó a ser algo único y mágico. Se acercaron peligrosamente. Sus narices se rozaron, sus respiraciones se fueron pausando y alterando cada vez que el fulgor de sus miradas se cruzaba.
Los querubines se miraron entre sí y dieron rienda suelta a sus travesuras encantadas. De un momento a otro, las flechas-corazón volaron cubriendo todo el cielorraso del local. Muy pocos alcanzaron a escapar de esa lluvia; Roberto fue uno, que usando una bandeja como escudo zafó de ese ataque. Los que cayeron bajo el efecto narcótico de las flechas comenzaron a bailar, seducidos por la música de Juan Luis Guerra, por esa canción que hablaba del amor y de la lluvia de café.
Esteban sintió un leve y punzante dolor en el centro del corazón. Al ver cómo los labios rojos carmesí de ella rozaban la comisura de los suyos, se sintió volar. Sus pies se desprendieron del suelo y su cuerpo se elevó hasta quedar recto sobre el rostro de ella. Ella sintió cómo sus pies se movían levemente al ritmo de esas canciones llenas de energías buenas y, sin pensarlo, ambos comenzaron a bailar por aquella pista improvisada.
Los querubines, luego de agotar sus flechas, se fueron desvaneciendo al ritmo de la música. El ambiente era como una naciente primavera en Japón. Esteban y la chica de labios carmesí, parados en medio de la pista, se besaron. El beso descompuso al tiempo, al clima y al mundo. Roberto, escondido bajo la barra, cantaba en voz baja esa canción que le recordaba su tierra, su familia y ese amor de juventud. Rió y se dio cuenta, cuando su corazón le dio un leve golpe en el pecho, de que también había sido alcanzado por una flecha.
Cuando la música paró, la hora volvió en sí. Los clientes retomaron sus mesas y conversaciones típicas. Roberto siguió atendiendo y regalando maní a quien pedía una cerveza. Esteban y la chica de labios rojos, aún parados en el centro del lugar, volvieron a besarse justo cuando el reloj marcó las 23:00 h.
Luego de ese beso, en el estómago de Esteban una bandada de mariposas emprendió vuelo, subiendo por el esófago y saliendo por su boca. Las mariposas volaron alrededor de las personas y se fueron por esa puerta de cristal que se abría en el momento preciso en que entraba un pibe de aspecto desaliñado. El pibe atrapó una mariposa al vuelo y la envolvió en un papel de arroz para fumársela luego. Cruzó la mirada con Esteban, se saludaron, y el recién llegado se bebió una cerveza abandonada en una mesa antes de encender ese extraño cigarro.
—Sabés que la única forma en que sienta el amor es fumándolo —dijo, y se fue del local.
Esteban rió de buena gana. Ella lo miró sorprendida y apoyó su cabeza en su hombro.
—Es el Chifri, un conocido de por ahí —dijo Esteban, feliz. —Espero que la mariposa no le haga mal. —No creo, él es especial. —Si tú lo dices...
Se miraron y vieron todo ese amor que explotaba dentro de cada uno. Tomados de la mano, se acercaron a la barra y pidieron unas cervezas. Roberto las sirvió y, dejando un platillo de maní en medio de los vasos, dijo:
—Cuando las cosas buenas tienen que pasar, simplemente pasan.
Los tres rieron. La música sonaba a medio volumen. Las conversaciones se cruzaban y las risas retumbaban entre las paredes. Esteban y ella disfrutaron de esas cervezas, de la música y de ese amor que comenzaba tan mágico como ver llover café en el campo.