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Entonces debes saber, que no es lo mismo mirarte que observarte, más aún si lo aplicamos a ti, a tu persona, , mirar es ver sin profundizar en detalles, sin tener un foco, sino solo fijarse en el fondo, en cambio el observarte, como bien lo dice la palabra implícitamente en sus últimas cuatro letras, observarte es un arte, es adentrarme, en ti, en tu presencia como foco, disfrutar de cada detalle tuyo, sin más animo que el admirarlo, aprenderlos para descifrarte , saber cómo me habla tu cuerpo , que me dicen tus ojos , esos espejos del alma de los cuales no puedo escapar y adentrarme en ellos, navegar en ese océano que constituye tu alma en busca solo de una cosa en busca de un lugar, aunque sea apartado, aunque sea el último rincón en esa inmensidad de vida donde me encuentre a mí, y saber que estoy presente, no para rellenar espacio, no como el fin de ser solo el recuerdo de alguna conversación desinteresada o de un cruce de palabras, sino saber que estoy ahí, rondando constantemente en tu recuerdo, en tu cabeza y ganar poco a poco importancia y paso a paso un lugar constante en tu memoria, en tus recuerdos, podría decir en tu corazón, pero ambos sabemos que este solo bombea sangre, pero vaya que este si sabe cómo reconocerte, puesto que cada vez que te veo, cada vez que denoto tu presencia, comienza su lucha vertiginosa con el fin de llevar a cada parte de mi cuerpo la sangre necesaria para poder resistir aquel posible encuentro contigo, es más, estoy casi seguro que esta sangre seguramente es la que despierta las mariposas del estómago, aquellas que revolotean acusando y avisando a todo el resto de mi ser de tu presencia, aquellas que me hacen vulnerable, y que me hacen volver y remontarme hacia ciertos paisajes de niñez, paisajes que ahora quiero recorrer contigo, pero son solo sueños, anhelos que plasmo letra tras letra con el fin de que algún día las leas y comprendas como nació todo, cómo fue pasando de un saludo a las ansias de querer conocerte más de pasar a buscarte solo a ti entre la multitud de gente que veo pasar a diario y de entregarte todo lo que tengo o más bien todo lo que soy, porque puedo tener millones de cosas y al correr del tiempo perderlas todas, pero lo que soy lo seré siempre y es eso lo que quiero compartir contigo, lo que soy y el siempre, aquella palabra; solo esa palabra en si trae un millón de implicancias, será realmente algo para siempre, no lo sé pero si me gustaría averiguarlo contigo, probar cuánto dura nuestro para siempre, puede que sea solo un minuto, unas horas, días, meses, años o una eternidad, en fin el tiempo es así de relativo, aún más cuando estoy contigo, cuando tengo el privilegio de hablarte; pero ahora solo queda mencionar que tú eres la culpable, la culpable de estas líneas, de estas palabras, de este desvelo, si desvelo porque mis sueños se van contigo al igual que mi alma, mis ojos y mis sentidos en general, los cuales poco a poco se vuelven tuyos, te los entrego constantemente desde esa confesión, donde todo mi ser quedó expuesto, ¿valió la pena?, habrá que comprobarlo, comprobar si el revelar el fondo de mis emociones y sentimientos hizo la diferencia o solo se quedara como una anécdota como las ruinas de un edificio sucumbido ante la bestialidad de la fuerza de la tierra, ante la fuerza de tu mirada, de tu ímpetu, es decir y para resumir, en estos instantes, estoy completamente a tu merced.
Despedida
El antiguo ser la miro, no podía contar ya las noches y los días desde que ella llego, no había pasado mucho tiempo…para él, pero lo cierto es que alguna marca distinta había habitado la frente de la chica, la edad empezaba a posarse en ella, había sido la mejor compañía, por más largo tiempo desde que los de su propia raza habían partido quien sabe a dónde, él podía permitirse olvidar algunas cosas y algunas causas. Le había tomado pues afecto a la chica, pero ella tenía que ir más allá y vivir una vida propia lejos del bosque sellado, hacía ya un tiempo que la oscuridad del otro lado del bosque había sido expulsada, cruzar sería ahora mucho más sencillo y el camino del otro lado más seguro, aunque no quedaba ya oscuridad real en el bosque, los hombres aún temían e incluso ignoraban en qué medida había triunfado el guerrero, ella estaría segura y llegaría a un lugar por demás nuevo sí la llevaba al extremo correcto del bosque.
-Lafta-La llamó un día, decidido-Lafta ven aquí, acompáñame a caminar un rato.
La chica lo siguió, no era una petición extraña, muchas veces habían andado juntos por los bosques y él le había contado las historias que sobre las estrellas tenía su pueblo y de maldiciones de cristal y portales mágicos. Lafta pues fue tras el sonriendo, el también sonrío, porque le hacía feliz esos momentos de compañía que anhelo por siglos, y Lafta era más alegre de lo que él hubiera esperado y más iluminada.
-Cuando llegaste aquí te conté aquello que recordaba de mi historia, lo cierto es que en este breve tiempo he olvidado ya algunos de los detalles que narré en aquel entonces, así de buena ha sido aquí tu presencia, pues recordaba daños que creía me habían sido hechos y ahora se han desintegrado dentro de mi vieja cabeza, te dije también que un día te llevaría a la otra frontera y que podrías tener una nueva vida en un lugar distinto-Pronuncio el anfitrión con un ritmo casi digno de un canto.
A todo esto Lafta asintió.-Bien es cierto que han pasado algunos meses y que yo mucho he mejorado, pero desearía no partir ahora mismo pues me queda mucho por aprender de usted y de sus ciencias-Dijo tímidamente-Sí me lo permite por supuesto aún quisiera quedarme.
La piel curiosa del anfitrión se rompió un poco al escuchar aquella petición -¡Oh Lafta, Lafta, como duelen tus palabras a mi ser! Quisiera en verdad que te quedaras por siempre, pero no podría obligar ese destino en ti, es cierto, muchos otros lo obligarían en un lugar por cierto más sombrío que mi choza, pero yo no podría. No han sido meses los que has pasado aquí sino ya varios años y no podría mantenerte por siempre viva pequeña para que no lamentes haber estado tanto tiempo aquí.
Lafta sintió asombro, parecían un par de noches, unas tantas semanas y no más. Miro a su anfitrión con los ojos adecuados, esperando que contestara sin haber formulado siquiera su pregunta.
-El tiempo corre aquí vinculado a mí, por ello se siente más rápido o distinto a como lo percibías en otro momento, en cuanto hayas salido del bosque, poco a poco todo volverá a la normalidad, volverás al tiempo de los humanos en un par de días.-Le contesto el anfitrión complaciendo su capricho infantil, y ella sonrío.
Como amaba por cierto esa sonrisa aquel hombre que nunca tuvo hijos.
-Lafta, cuando llegaste dijiste que quizá no eras sino otro retoño de primavera a mis ojos, con esas palabras entendí que tu mirada era aguda, como ya no lo son las miradas de los hombres últimamente y supe que podrías permanecer aquí más tiempo de lo que otros intentan y aprender de mi conocimiento para que no se perdiese completo cuando el bosque pierda la magia y se hunda bajo la tierra.-Lafta quiso hablar pero él no la dejo aún.-Lafta escucha, no eres un retoño de primavera cualquiera sino el único, no habrá otra flor de primavera como tú en este bosque, quizá en todo el amplio mundo, te he procurado como hubiera procurado a alguien de mi propia descendencia el tiempo que he podido, como quisiera que hubiera sido mucho, mucho más, pero ese no es el destino de tu raza, Lafta, tan querida para mi como una hija, voy a romper leyes sin embargo primero diciendo mi nombre, una marca olvidada; Wanbroc, así podrás llamar a la sombra de este bosque amigo por todos los días de tu vida, después he de tocar tu frente con mi mano y compartir el don que descubrí como jardinero de mis familiares, yo he mantenido por mucho tiempo vivo el bosque y la oscuridad a raya, pero ¡Mira! La oscuridad se ha desvanecido desde hace algún tiempo, puedo pues darte de vuelta los años que has invertido junto a mí, regalo en verdad extraño, secreto último como espero entiendas, privilegio quizá, pero uno que te has ganado con tu mente alerta y tu voz capaz de curar en cierto grado. Hemos llegado a la orilla sur, al encuentro del otro Reino, de tu vida nueva, al punto en que he de decirte adiós. Nunca serás olvidada Lafta y los niños cantaran sobre ti mucho, mucho tiempo después de que hayas ido a reunirte a las mansiones de tus antepasados, ese tanto te lo prometo ahora, pero no anheles eso ni ese día, disfruta los viajes que desde ahora emprendes, Lafta, sonrisa, única primavera.
Lafta le sonrió mientras él ponía su mano en la frente, decía todo aquello y dejaba sentir un calor extraño, indescriptible sobre ella, y en su sonrisa y en sus ojos ella le respondió con afecto justo que toco el corazón casi marchito de Wanbroc. Y no necesito palabras para expresar cuanto le agradecía, los dos sonrieron, incluso soltaron carcajadas, muy alegres aunque con un toque de amargura y de pronto ella estuvo de pie sola frente al bosque, un bosque claro, una ilusión extraña, sus vestimentas lujosas, aunque deslavadas, vestimentas dignas, más que dignas de una boda, una boda, había escapado de su propia boda, había cabalgado hacia el sur, la frontera de las montañas y el bosque, perdió al caballo en una gran lluvia, se internó buscando refugio, lo encontró, paso la noche, ahora cuando de nuevo caía la noche encontraba la salida del bosque, la entrada al otro reino. Lafta tenía impresiones, recuerdos de un sueño en su noche en el bosque, un sueño intenso, largo, los restos de ese sueño le vendrían constantes durante toda su vida, descubriendo conocimientos que no recordaba, sanando personas, escribiendo historias que se le ocurría de pronto que parecían hablar de la tristeza y alegría de alguien más y a veces, a veces Lafta reía bien alto sin entender muy bien porque e ilumino las vidas de aquellos que se cruzaron en la suya.
Wanbroc supo bien lo que hacía, supo que ella no iba a olvidar su estancia en el bosque, aunque no lo recordara del todo, que sus historias prevalecerían y todo lo que aprendió en los libros, un destello para la humanidad que vendría, una oportunidad de vivir en leyendas, pero también comprendió el precio de dejar que Lafta se acercara tanto. Al volver a la cabaña la encontró demasiado grande, vacía, no podría seguir habitándola.
Miro su hogar de más de un siglo, más de dos siglos, su hogar de mucho tiempo y supo que habría de partir y esta vez no volvería.
-Alguien más hallara el lugar, alguien en nombre de Lafta, no tengo dudas, y este lugar ha de pertenecerle entonces, pero no a mí, yo iré más allá de los campos del Sur, del Este, buscare cuevas que conocí en otro tiempo, encontrare viejos compañeros aunque no se sí me gustara lo que en ellos vea, ese será ahora mi camino.
Wanbroc partió al amanecer y el bosque perdió un cierto brillo en el verde de sus hojas, desprovisto hace no mucho tiempo de su oscuridad más profunda, ahora su luz también le abandonaba y la magia decayó en aquel antiguo bosque por primera vez en mucho, mucho tiempo.
Perdidos sin estarlo
De lo que veíamos alrededor, los perros ladrando, la gente bailando, las nubes sobre nosotros y sus formas. Yo no conozco muchas, pero sé que hay una que se llama lenticular, pero como nunca la veo, nunca va al caso. Se acercan los perros, yo hago como que te cuido porque en realidad no hace falta. Siempre he pensado que los perros dan la impresión de que están perdidos, sin nunca estarlo realmente. Me gusta cómo vienen como buscando algo que sabían que no encuentran aquí, vienen como pasando, revisando. Tú no podrías verlo porque te escondes en mi ropa, rogando que se vayan. ¿Tendrán hambre? No creo, es cosa de mirarlos. Les va bien. Y los veo irse, y con el rabillo del ojo miro lo que piensas, y te has quedado en otra cosa que ya hablamos, o que ya hablaremos. Hace rato habíamos hablado también de la honestidad sin miedo, pero ya hablábamos de nuevo sobre lo rico que es dormir y comer. Comer y dormir. Qué comer, y cómo dormir. O no dormir en lo absoluto. Y en vez de eso, madrugar. Y cómo madrugar. Cambiar de tema es natural; es bajar un escalón y cambiarse de vereda. Y la gracia de cambiarse de vereda es ver todas las vitrinas, sin comprar nada necesariamente, pasear por gusto. Porque por principio, no hay nada más interesante allá que en esta vereda de acá, y así vamos como perdidos sin nunca estarlo realmente. Ese recorrido lo hacemos los dos, tristemente, hay otros que hacemos por separado. Yo a veces me pierdo, y voy pretendiendo no estarlo. Me pregunto cosas, me respondo otras por mi cuenta. Hago acuerdos, compromisos, y me doy plazos límites unilateralmente. Hay pésimas ideas en ese infierno. La peor es la posibilidad de no tener que ver contigo. Porque si no es así, en este pasto, en esta calma, en estas nubes sobre nosotros, afirmo no querer ninguna otra cosa que no se le parezca. Y mi recorrido es caótico y errático, y lo peor de todo, es eterno. Tú haces otro recorrido, el tuyo propio, que nada me compete, pero a ver si al final nos encontramos. Antes de que te pusieras de pie, te detuve. Amor, vamos a alguna parte? Sí, ps', acompáñame a comprar es que muero de hambre.. Pero yo me refiero a si vamos - a alguna parte. Sonreíste. Me bastó.
Snow and flame
Érase una vez un príncipe que vivía en el más hermoso copo de nieve que jamás ha existido. El reino que un día heredaría, si bien frío, era rico y bello, lleno de gentes ricas y bellas a partes iguales. Era un reino de fría luz y de frías palabras. El príncipe sentía, en su corazón, que necesitaba algo más para ser feliz y llevar sus años de reinado con justicia y en paz. Todo el mundo sabe que si no te sientes bien contigo mismo, no puedes hacer bien a los demás. Un día el príncipe le expuso a su padre el rey sus inquietudes. Le habló con afabilidad y razonables palabras, pero el rey no quiso oír nada acerca de las desavenencias de su hijo. "¡Malgastas tu aliento!", bramó. "¡No puedes permitirte esas ideas!". El príncipe entendió que no iba a lograr nada recurriendo a sus padres, de modo que urdió un plan él solo. Las ancianas y los niños decían que de vez en cuando, había valientes en el reino que se aventuraban a ir más allá de los muros de hielo, en busca de una luz dorada que sólo se veía cada cierto tiempo. Lo malo es que nadie sabía qué era esa luz ni lo que había tras las frías barreras, pues ninguno de esos héroes había vuelto para contarlo. El príncipe pensó que la luz dorada era un hada sabia que podría aligerar el peso de su corazón, de modo que una noche, cuando todos descansaban y soñaban con un mundo que no habían visto nunca, él abandonó sus aposentos y huyó a la torre más alta del reino, desde donde saltaría para cruzar el muro. El príncipe esperó hasta que hubo amanecido, pues el cambio de guardia duraba el tiempo necesario para darle la oportunidad de saltar. Tomó impulso y se lanzó al vacío, sin saber lo que habría en el fondo para recibirle. Pero no hubo ocasión para él de pensar en la muerte o de lamentar su díscola idea: quedó suspendido en el aire, atrapado en un rayo de luz blanca, cuando su reino helado ya quedaba lejos de la vista. Las motas de polvo, armadas hasta los dientes de frascos y ungüentos, se lanzaron contra él, envolviéndolo en mil sombras de oro y calor. El príncipe se vio a sí mismo grande, más grande de lo que jamás había sido. ¡Ya no podría volver a su copo de nieve! ¿Cómo iba a hacerlo? Era más enorme que ninguna de las esculturas o estatuas que hacía el retratista real... Y sin embargo, apreció que, siendo grande, podría admirar mejor el mundo que le rodeaba. Bajo sus pies había una sustancia verde, suave y fresca que jamás había tocado. Sobre su cabeza, un cielo azul. A su alrededor, los sonidos del mundo llenaban sus sentidos y lo embriagaban. El príncipe se arrodilló sobre la verde hierba y cerró los ojos. Por una vez, sólo una vez, se sentía más completo que antes, pero no llegaba a estar del todo entero. En su cabeza aún se hallaba la idea de encontrar esa luz sobrenatural y mágica para que le diera respuestas. Así que sin saber a dónde iba realmente, dirigió sus pies a un sendero que se introducía en un bosque cercano. Ahora que era grande, la distancia se le antojó insignificante, y en poco tiempo caminaba entre los árboles. De pronto, cuando se detuvo a tomar un fruto de un zarzal, oyó el suave sonido de una flauta vibrando entre la maleza. El príncipe siguió el sonido, fascinado por su dulzura. Nunca había escuchado nada más suave y más triste. Entre una nube de verdes hojas y bellas flores, con un haz de luz iluminándola, había una muchacha, haciendo nacer la música de sus labios. Era una muchacha blanca, pura. Todo en ella parecía estar hecho de nácar y sol. Era la luz. La luz que el príncipe estaba buscando. Cayó de rodillas sobre el suelo, derrotado por la bella tristeza de la escena que tenía ante sí. La muchacha detuvo el sonar de su flauta y lo miró; sus ojos estaban llenos de pena y sabiduría. El silencio se hizo entre ambos, y entonces ella se levantó. El príncipe imitó su gesto y extendió un brazo hacia ella. "Por favor", le pidió con tono suplicante. "No te vayas. He abandonado mi hogar para encontrarte. No te vayas". La muchacha le dirigió una mirada de extrañeza. "¿A mí?", inquirió con una voz suave como la brisa de verano. "¿Y por qué me buscabas a mí?" "Porque sufría, dama blanca, sufría. Quería respuestas y fuerza, y ahora me doy cuenta de lo ciego que estuve en su momento; no necesitaba estar completo. Sólo necesitaba veros a vos". La joven se mostró turbada, y él se aproximó a ella. Ansiaba tocar esa piel ígnea y blanca. Ella, sin embargo, cuando él fue a posar la mano sobre su mejilla, se apartó. "¿Os repugno, mi señora?", preguntó apenado el príncipe. Ella negó con la cabeza. "Nada más lejos", respondió. "Pero no deseo quemaros. Quemo a todo el que toco. Soy Samhradh, la Hija del Sol, y mi piel está hecha del fuego más puro y mis ojos son de carbón. No quiero heriros con mi calor". El príncipe sonrió y a pesar de sus advertencias, posó la mano sobre la mejilla de la blanca dama. Nada sucedió. No hubo alaridos de dolor ni pieles enrojecidas. La Hija del Sol parecía confusa. "Yo soy Gheimhridh" explicó el príncipe. "El heredero del Reino Helado. Vuestro calor no puede dañarme, oh, dulce, sino derretir mi corazón frío y llenar de luz los retazos de oscuridad de mi interior". Y así fue cómo el hada del Verano y el espíritu del Invierno se conocieron. Y ninguno ha de lamentar ese día, pues sus hijos, Earrach, la luz de la Primavera, y Bhfómhar, la niebla del Otoño, pueblan el mundo con sus padres, observando los destinos de todos: tanto de las pequeñas llamas como de las leves hojas. Tanto de los fríos copos de nieve como de las dulces flores. Así ha sido y así será, para siempre hasta que el mundo cambie. Fin.

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Honesto
No tengo pretensiones de lograr algo. Cuando me enseñaron a escribir, me dijeron, apunta al efecto que quieras lograr, debes entretener, debes sorprender, debes nutrir al lector con vocabulario, y la verdad es que hoy vengo más honesto que nunca, no tengo efectos a los cuales apuntar porque unos se me mezclaron con otros, y lo que antes solo me enternecía, ahora me inquieta, y lo que me inquieta, ahora también me excita, y otras veces hay cosas que me pasan contigo que no tienen nombre, pero también me gustan. No entretengo tampoco, ni sorprendo, no tengo ritmo, y las palabras grandes se me quedaron en otra página. Tengo, eso sí, y solo a ratos, cierta lucidez, que otros llaman inspiración, yo creo tener lucidez y poca vergüenza, cuando hablamos de querernos, yo te respondo que tu forma de quererme es la única forma que me sirve, que no te disculpes por nada, y tú encontraste que eso lo pudiste haber leído en un poema, y yo inflo el pecho, y después de un rato también me desanimo porque se me ocurren esas cosas solo en esos momentos, y podrían ser bonitas para un poema, aunque tarde, mal y nunca los escribo, pero ese sería tuyo, tendría tu nombre, o saldrías entre las líneas, y si eres aún más tímida, te escondo en una letra, o en un punto y coma, que tanto te gustan. Y en vez de eso, en vez de palabras grandes, de literatura que apunta a un efecto claro, en vez de elaboradas y pretenciosas metáforas, tengo la más simple repetición de un ‘te amo’ al oído, y lo alterno con un beso en la mejilla, como queriendo que cada palabra la aprendas y la aprehendas, y se quede ahí en tu piel para siempre, para siempre, para siempre, para siempre, para siempre…
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Ficción
¿Crees que puedes hacer ficción con todo? La elocuencia de una bisagra, y a veces la de un mimo con mucho que decir. La normalidad se interrumpe, y lo veo en los libros que se dejan de leer, en las llamadas que se dejan de hacer. En esa puntualmente sagrada y sagradamente puntual capacidad de saber sabotearse. Hay que saber hacerlo, hombre. Y no digo que yo lo sepa. Pero puta que hay que saber... saber cuando callarse, cuando decirlo y cuando dejar de dar y recibir importancia. Pero, ¿se esconde alguna planta cuando recibe mucho sol? Se quema. O se adapta, sí. Más prefiero compararme con un perro callejero, que nunca estando perdido pero siempre dando la idea de que sí (idea de que sí, idea de que no), te sigue las cuadras que te faltan. ¿Es esa tu ficción? ¿Es por eso que te lo preguntas, realmente? ¿O es porque vas llegando al fin de la página y quieres cerrar la idea? ¿Vas a cambiar de página y seguir, y ver qué pasa? ¿Crees que puedes hacer ficción con todo? Te equivocas.