El privilegio de los difuntos - Cuento corto.
El intenso frío me pegó como patada de mula; después fui consciente de la tierra, granulosa y húmeda, que me envolvía cual mortaja. “Ni siquiera fui digno de una caja”, pensé. Abrí la boca y quise gritar de indignación y toda esa tierra se precipitó a mis entrañas. Sentí como si me asfixiara, pero yo ya estaba muerto. Tuve que hacer un gran esfuerzo para liberarme de aquel frágil envoltorio que me contuvo durante treinta y ocho años. Traté de no imaginar el futuro que le aguardaba y mejor me concentré en mi nuevo estado; supuse que ahora era un… fantasma.
Primero pensé que el mundo de los vivos estaría lleno de muertos en mi misma situación, pero no es así; pareciera que soy el único y la soledad me agobia. ¿Dónde andarán los demás? Me siento olvidado, como quien ha perdido un tren. Le doy vueltas en mi cabeza a la razón de por qué sigo aquí. Nunca fui muy creyente. ¿Sería que Dios me estaba castigando? Mi abuela siempre me quiso enseñar a rezar; si hubiera aprendido, quizá hoy sabría qué decir para que Él me socorra.
Trato de distraerme un poco recorriendo mi pueblo, San Javier; aquí abundan los techos de teja, las paredes blancas, las calles empedradas, y aunque no lo puedo respirar, sé que se pasea un aire limpio y vigorizante que sopla desde la montaña.
Es irónico, los que me conocieron en vida siempre pensaron que la bebida me llevaría a la tumba y en realidad fue así, aunque no del modo que ellos se imaginaron. Fue Pascual Rodríguez, que acababa de regresar de Estados Unidos, el que empezó todo. Estábamos en la cantina, echándonos nuestros tragos, recordando viejos tiempos. Dijo que yo siempre le había tenido ganas a la esposa del licenciado Castro, el gerente del único banco de San Javier, un tipo calvo, panzón y pedante con quien yo nunca había cruzado palabra. Aunque recuerdo que mi abuela hablaba bien de él. En su banco le guardaban sus ahorritos. Al calor del alcohol le seguí la broma a Pascual, y debo reconocer que dije cosas bastante indecentes al respecto; lo malo era que Castro estaba en otra mesa y al oír mis comentarios se me vino encima; él también traía sus copitas. Sacó una pistola pequeñita que me pareció de juguete. Me reí. Su cara se tornó feroz. Traté de arrancarle el arma y, en medio del forcejeo, se escuchó un disparo. Sentí algo caliente que derretía mis entrañas; todo empezó a desvanecerse y sobrevino la oscuridad.
Llevo varios días jugando con una idea que, primero deseché porque yo nunca he sido vengativo, pero la falta de propósito hace que me den ganas de volverme a morir. Además, sí me da coraje estar en el limbo por culpa del licenciado. Esta noche de luna llena me dirijo a la casa de mi asesino. Floto sobre las calles, añoro oír el eco de mis pasos y sentir el frescor nocturno en la piel. No quiero ser pesimista, pienso en una de las ventajas de mi nueva realidad, que es poder atravesar muros y puertas; subo por la escalera y encuentro el dormitorio principal. Ahí en el lecho, su gorda silueta lo delata; junto a él está su esposa; de verdad que la vieja se ve muy bien. ¿Harán el amor los fantasmas? No lo creo, el cuerpo carece de la consistencia necesaria para eso. El muy cabrón duerme en su casa cuando debería estar en la cárcel; después de todo, quizás sí se merezca que le toque los pies con mis manos heladas. Se estremece, pero no despierta; ahora se los zarandeo muy fuerte, con ganas, y se incorpora con rapidez. El rostro desencajado; su mujer se sienta de golpe y, de tan pálida, me hace dudar si también ella es un fantasma.
Ya llevo una semana visitando la casa del licenciado y cada vez lo disfruto más. Ahora el pobre duerme solo, su esposa se ha ido a otro cuarto. Él ha intentado de todo: ha traído a un curita a “limpiar” el domicilio, ha dormido en otras habitaciones, casas y hasta en el hotel. Yo lo sigo; esto ya es algo personal. Ahora mismo lo estoy viendo, sus ojos abiertos como platos y con unas ojeras inmensas; ya sabe lo que viene. Él no sospecha quién es el que lo visita. ¡Privilegio de los difuntos!
Autor: Ana Laura Piera.
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