La muerte del guerrero Jaguar
Caminaban entre los árboles, fuera del camino, como lo habían hecho muchas veces antes. Un yaokiski caminaba tras de él. “Muy flaco, pero con valor” pensaba mientras le veía quitar las ramas de su camino con determinación. “Es mejor hacerlo al anochecer” había dicho achkautli, pero el sabía que eso no importaba; cuando la batalla inicia el fuego de la guerra enciende los corazones de los que pelean y consume a los que se entregan al miedo. El sol asomaba ya sobre los cerros cuando el guía volvió.
—Es allá detrás de la loma —dijo este.
Todos se dieron miradas de aprobación y mostraron sonrisas de triunfo. Sujetó firmemente su macahuitl e inició la subida.
Se movía tan rápido como sus piernas le permitían para mantener el sigilo. El corazón daba golpes tan fuertes en su pecho, como si quisiera estallar. Alcanzó la primera cabaña y con fuerza derribó la puerta hecha de ramas. De nada le sirvió, al que ahí estaba, la lanza en sus manos. Su golpe fue tan fuerte y certero que le abrió la cabeza en dos. Encontró a dos mujeres y un niño temblando entre lágrimas en un rincón. Hizo un movimiento con la mano, señalando la entrada y estos obedecieron temblando de miedo. Los hizo arrodillarse en el suelo y los entregó al amarrador. Giró la cabeza en busca de oponentes. La sangre le hervía y por sus ojos salía lumbre. Vio entonces a uno de los suyos siendo partido por dos enemigos. Corrió y de un golpe abrió el vientre de uno. Vino a su encuentro el segundo y cerca estuvo de haberle matado, pero su mano fue rápida y tomó la mano con la que este sostenía su garrote. Con la mano que sostenía el macahuitl le rebanó el cuello. La sangre salpicó sobre su rostro, pudo sentir el calor y vio el vapor que salía de esta, pues era una mañana fresca. Se sintió completo y lleno del favor de los dioses.
Vio entonces a un hombre escapando con dos mujeres, entre los árboles. Sin perder un segundo corrió tras ellos. El miedo de sus victimas se convertía en combustible para su espíritu. Los gritos de agonía se alejaban conforme el corría. Un golpe en la cabeza lo detuvo de pronto y lo tiró sobre su espalda. Con un grito horrendo y otro golpe a su cabeza el hombre antes perseguido, ahora intentaba matarle. Alcanzó a reaccionar y con su macahuitl detuvo el que hubiera sido el tercer impacto. Lanzó golpes fuertes contra la cabeza de aquel hombre que se mantenía sobre él y lo empujó. Su rival se puso de pie al mismo tiempo que él y blandía su garrote fieramente. Lo había visto antes, el hombre que tenía en frente moriría antes que ser tlakotli. Se lanzó sobre él con fuertes ataques, pero su oponente se defendió con ferocidad y no dio muestras de temor. Sin embargo su espíritu no era el de un guerrero, solo podría aguantar un poco más. Reanudó su ataque, esta vez logró despojar del garrote a su oponente y con una patada lo derribó. Se acercó y con un corte en el cuello apago el espíritu de aquel hombre. Levantó su arma en el aire y la dejó caer con violencia sobre el pecho de aquel hombre caído. Con sus manos arrancó el corazón de su lecho. Dejó escurrir la sangre, que aún salía del órgano sin vida, sobre su rostro y bebió un trago. Al igual que la sangre de jaguar le había dado fuerza, la sangre de un hombre bravo le haría más valiente.
Gracias al espíritu del jaguar podía sentir el miedo de las dos mujeres que aun seguían en fuga. Continuó con la persecución con más entusiasmo que antes. El sol se colaba ya entre las ramas de los árboles. La tierra mojada le revelaba las huellas que debía seguir. No podían estar muy lejos, la batalla con el hombre no le había tomado mucho tiempo. Las encontró en escondidas entre los restos de un árbol caído. Escondidas entre las ramas trataban de contener los sollozos, muy atrás se habían quedado ya los gritos de sus familias y parientes. La joven mujer era muy hermosa. Jadeante de emoción se acercó para tocarla.
—¡No! —gritó la mujer más vieja al tiempo que lanzó una piedra, la cual le abrió una herida en la frente por la que empezó a correr sangre. Enfurecido por aquella acción tomó su daga de obsidiana, arrastró a la mujer en círculos y después le corto el cabello hasta dejar a la vista la piel debajo. Con un movimiento de su mano apuñaló el pecho de vieja mujer y la vio cerrar los ojos y entregarse al sueño eterno. La sangre del jaguar le pedía sangre, podía sentirlo en su interior. Volvió la mirada hacia la joven y se dirigió a ella. Estaba envuelta en una manta de algodón y no dejaba de temblar. Los dioses podían esperar, el jaguar exigía un tributo de sangre. Arrancó la manta que la cubría y pudo ver una piel suave del color del cedro. Recorrió la daga por su cara y bajó hasta su pecho desnudo. Hizo un pequeño corte en la oscura aureola, un pequeño hilo de sangre se hizo camino cuesta debajo de aquel redondo y virgen seno. Con la daga en el cuello de la mujer lamió la sangre y el pezón. El jaguar exigía más, dio vuelta a la bella hembra y enterró toda su virilidad de un golpe. La poseyó violentamente, hasta que el jaguar estuvo satisfecho. Entonces la recostó boca arriba y montado sobre ella, agarró con ambas manos la daga y la clavó en su pecho. Abrió las costillas y sacó el corazón.
—Mío —dijo el jaguar en su oído. Llevo el corazón a su boca y lo devoró hasta que no quedó nada.
—¡Tlatelchiuali! —dijo la mujer que había dado por muerta. —Maldito seas —sollozó entre lágrimas. —Era mi hija, mi pobre hija, Chalchihuatl, maldito seas, ocelopilli. Tu nombre será olvidado, el tuyo y de todos los de tu clase. ¡Yo te maldigo jaguar! Esa piel que llevas sobre tu espalda te habrá de consumir, será tu perdición. Todo aquel que derrama la sangre de su propia gente será consumido por el olvido. Nadie recordará tu nombre ni el de los tuyos ni ahora ni en mil años.
Se dirigió a ella lentamente y le cortó la garganta.
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