No me interesa ningún método o fármaco que elimine la resaca. Me parece fundamental que existan los efectos del exceso: dolor de cabeza, no poder ingerir alimentos sin tener náuseas, mal dormido, sueño, apestar a la bebida que ganó la batalla de entrar más veces a tu cuerpo que las demás, hipersensibilidad a la luz y los sonidos, mal humor, voz de tango, cuerpo de viejo, alma de vago… No me regocijo en el sufrimiento, detesto cada una de las cosas que puntualicé, me siento incómodo mientras las experimento y como cualquier hijo de vecino me miento repitiendo un “nunca más” mil veces hasta que lo convierto en falsa verdad de cartón, en un castillo de naipes que dure hasta el lunes, en algo que salga de mi boca cuando hable con gente responsable que gusta de tener la vida planificada y cuidar su salud.
Lo que me causa placer es, justamente, el constatar que hay consecuencias de los actos perpetrados anoche. Si hoy estoy muerto, es porque ayer estuve vivo. Yo no quiero mitigar los síntomas de mis excesos, ni que desaparezcan, los abrazo como a un hijo ingrato que me traicionará a la primera que pueda, que me robará dinero para sus drogas o empedarse con sus amigos en lugar de estudiar, empecinado en vivir su presente antes que hipotecarlo por un abstracto futuro siguiendo fórmulas de otros que ya probaron el éxito de la ecuación, como si la felicidad viniera en un talle que a todos nos calza bien.
Estar hoy así, arruinado, doblega el olvido. Porque no solo recordaré la noche de anoche, también recordaré el otro día, las consecuencias. La resaca es subrayar la fiesta, convertir la letra en negrita. No quiero escribir mi vida sin resaltar nada, me banco el precio con coraje.
Quienes piden calmantes para la resaca declaran abiertamente una vida sin consecuencias, sin responsabilizarse por sus actos, son los mismos que mañana te hacen mierda el alma y si te he visto no me acuerdo. Padecemos sobredosis de cagones que no se hacen cargo de nada, quemenlos en la hoguera más cercana.