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http://callenumero22.blogspot.com/ < Acá mi nuevo blog donde iré subiendo poemas sueltos.
Disfruten.
El Hombre que espera - Ramón Colmenarez
La ciudad amaneció contenta, entre su humo, sus empanadas; entre los que van temprano a trabajar y los que regresan de quién sabe dónde, mientras tanto el reloj sigue su curso. El esperaba como si no existiera más que hacer, solo esperar. El sol subía lentamente, las primeras gotas de sudor aparecían entre el paisaje matutino de la gente cansada de no dormir, como árboles cansados. Pequeñas señoritas como flores inundaban las calles. Jóvenes creyéndose pájaros (colibríes quizás) alardeaban en las entradas de los liceos. Él seguía esperando en medio de aquella ciudad de perfume barato. El día seguía.
Los coches se movían, vaya qué se movían, animales de metal sin normas en una jungla de concreto. Las horas se iban consumiendo. La gente se consumía a sí misma como una mercancía, en las calles se vendían al mejor postor, como ramos de flores muertas se arreglaban, daba igual marchitarse al tercer día. Él esperaba con el rostro paciente como quien sabe su destino. El ruido de las calles con vida propia. ¿Acaso escuchaba como la ciudad respiraba a su alrededor?, ¿acaso importaba? Y el reloj. Las manecillas eran crueles verdugos, iban cortando: viento, risa, pasto y miedos a su paso.
Un Mediodía cualquiera.
Una señora bonachona llevaba de la mano a un niño, vestido de rojo. Una señora de rostro alegre como quien sabe que lo malo no se puede arreglar y entonces se resigna, sudando se monta en el autobús, el niño a rastras entre dormido y despierto se monta a regañadientes. El reggaetón a todo volumen. No hay asientos; No hay caballeros; No hay damas; No hay dinero; Sobran los vendedores ambulantes. Entonces la señora a quien la vida a golpeado demasiado y nadie ha dado crédito piensa que si se vendieran los sueños rotos, los pobres fueran millonarios. La señora piensa que el viejo se fue, que el alcohol nunca alivio las pena y ahora le queda ese nieto que sigue dormido ignorando el mundo, aunque con los ojos bien abiertos, si por ella fuera que no despierte nunca. El camino es largo, el reloj no se compadece de la señora.
En el mercado venden sueños a 6.30, la gente se aglomera, la cola se vuelve kilométrica pasado el mediodía. Dicen que andan acaparando sueños, entonces llaman a la guardia. Solo 4 sueños por persona. A la guardia le gusta sacar los sueños a golpes. Por mi está bien, por él también; aunque no le importa que pase a su alrededor. Los acaparadores de sueños. La esperanza no está regulada y solo se consigue en el mercado negro. Dicen que hay una crisis, en ese momento la ciudad respira angustiada, se siente. Dicen que en un maletín llevaban 20 mil promesas, siempre dicen cosas de los que nos falta, la gente se desespera, falta todo. 10 gramos de futuro y para la cárcel, eso dicen por ahí. Legalización. Luego miro por la ventana al hombre que espera y pienso que es arriesgado eso de andar comprando futuros ajenos.
El hombre que espera. La única parada que aún sigue en pie, porque no queda cerca de ningún liceo y bajo la sombra el hombre espera. Lleva un traje refinado aunque gastado por el sol, en algún momento fue negro aunque él no lo recuerda, no sabe donde lo consiguió, es increíble que un traje tenga más historias que muchas vidas. No hay reloj, el tiempo sigue pasando, el reloj es solo una formalidad y no estamos para formalidades. Se va devorando todo, el único que parece salvarse es el hombre, porque le sobra paciencia, entonces me asusto porque pueden llegar y sacarle la paciencia a golpes, a la ciudad le falta paciencia.
El cielo se pone rojo, el sol cruzo el cielo como quien no quiere la cosa, se va poniendo y en un parpadeo la ciudad se queda a obscuras, entonces el señor se cruza de brazos porque sabe que la gente de noche no es muy buena, sigue esperando con la mirada serena. Las estrellas se reflejan en sus ojos, sonríe. En la ciudad racionan la alegría, 3 horas todas las noches.
Todos los días, el hombre espera paciente a quien lo vuelve un loco. No se trata de estar loco o no, se trata de estar enamorado. Cuando llega, el corazón no le cabe en el pecho, las lágrimas caen a borbotones por las mejillas que han recibido el castigo de tantos soles, porque no está seguro de que sea el mismo todo los días y saca una botellita que guarda pa’ calentar el alma. La mira y le sonríe. Es como un niño. Frente a su amada levanta sus brazos queriendo alcanzarla (No está loco, está enamorado) aunque parezca que no la toca, ella es quien lo toca con sus cabellos de plata, con su presencia ignorada por una mayoría cansada, pero él comprendió que ella estaba casi siempre para escucharlo.
Baila, canta, ríe, lanza besos al aire. El hombre que espera, el hombre que entendió, al hombre que llaman loco, es el más cuerdo entre todos los hombres. El enamorado de la luna.
Y el reloj sigue, el tiempo sigue impasible, como un padre celoso.
Y la ciudad intenta dormir ignorando al sabio entre sus calles y la gente sufre escasez de sentimientos.
Y mañana será otro día, la señora tendrá las mismas ganas de vivir que el niño de dormir.
Y la ciudad no terminará, entonces las historias irán construyendo nuevas heridas dignas de ser contadas.
El hombre que espera seguirá enamorado de la luna.