El Huaso, parte 33: Victoria
El Huaso se puso de pie y me extendió la mano para ayudar a pararme. Abrió los ojos con terror al ver mi mano ensangrentada. Por el “shock” de la situación no me había dado cuenta que me había cortado la palma de la mano izquierda con los restos del vidrio que protegía la superficie del escritorio.
—¿Dónde tienen el botiquín acá? —me preguntó preocupado.
—No tenemos —respondí molesto. Siempre que me hago un corte grande en el cuerpo enmascaro el susto y los nervios con enojo por mi estupidez.
El Huaso salió de la tienda y volvió un par de segundos después con un botiquín en la mano.
—Fui a pedirle el botiquín a la vecina —me explicó, sin darse cuenta que atrás de él venía entrando la Vicky, la promotora de la tienda del lado.
—¿Qué pasó? —preguntó ella sorprendida, aunque con una leve sonrisa de incredulidad.
Me quedé en silencio un rato intentando pensar que inventar.
—Me senté en la mesa y se quebró la wea —al final no inventé nada, solo omití.
El Huaso intentó limpiarme la herida, pero temblaba al ver tal cantidad de sangre.
—Pato, cálmate —le susurré para motivarlo a tranquilizarse.
—No puedo am… amigo —corrigió tras recordar que estaba la Vicky detrás de él.
—A ver, déjame a mí —intervino la promotora—. Siéntate —me ordenó indicándome un lugar alejado de los restos del escritorio. Se sentó a mi lado y comenzó a limpiarme la herida y luego puso un parche—. Estoy acostumbrada a limpiar heridas. Cada tanto tengo que limpiarle heridas a mi hermano —me pareció rarísimo ese comentario, pero no quise decir nada—. Le gusta construir cosas, pero es muy torpe usando las herramientas —explicó, interpretando mi expresión de preocupación.
—Gracias Vicky —le dije cuando terminó de parcharme la herida.
—De nada Larry —me respondió con una sonrisa—. ¿Qué le vay a decir a tu jefe? —inquirió preocupada. La verdad había estado todo el rato intentando pensar que explicación le daría a mi jefe, pero cada una era más rebuscada que la anterior.
—Podrías decirle que te vinieron a asaltar y te empujaron contra el escritorio —sugirió el Huaso. La Vicky se rió coquetamente ante su idea.
—Me asaltaron y no se llevaron nada —le respondí con sarcasmo.
—Era solo una sugerencia —dijo mi pololo, intentando ocultar la pena por mi pesado comentario. Intenté pedirle perdón con la mirada, pero no lo logré.
—Podrías decirle que te tropezaste nomás —sugirió ella—, igual ese cable está medio peligroso ahí —apuntó al cable del alargador de las luces que atravesaba la tienda frente a donde estaba el escritorio.
—Si, eso podría ser —concordó el Huaso, aún ocultando su dolor.
—Voy a tener que venir mañana a decirle a mi jefe eso —dije pensando en voz alta.
—¿Pero mañana te toca trabajar? —preguntó el Huaso.
—No, pero igual vendré. Temprano para que mi jefe no crea que me estoy escondiendo —sonreí ante la idea de ser un fugitivo por culpa de un escritorio.
Nos quedamos un rato conversando, y luego la Vicky se despidió de nosotros diciendo que se tenía que ir. “¡Ay! tan alto que eres” le dijo al Huaso después del beso en la mejilla, sin esforzarse en ocultar su coquetería.
—Perdón amor, no quería humillarte frente a la Vicky —le dije acercándome al Huaso. Levantó la barbilla haciendo como que no quería verme—. Ya po, no te enojes de nuevo porfa —lo abracé.
—Quizás debería haberme ido con la Vicky… —quiso darme celos.
—No es tu tipo, tonto —le respondí sin preocuparme. Nos reímos juntos y terminó abrazándome.
—Ya amor, vámonos. Lo voy a dejar a su casa —dijo después de ver la hora en su celular.
—No es necesario —lo intenté tranquilizar—. Solo es un corte, no quedé inválido.
—Larry, es super tarde, si te asaltan no te vas a poder defender —explicó, preocupado por mi seguridad.
—Bueno ya —acepté después de pensarlo un rato.
Cerré la tienda y nos fuimos a tomar la micro. Al llegar a mi casa tuve que explicarles a mis padres lo sucedido.
—Me tropecé con un cable mientras atendía a un cliente. Me caí contra el escritorio y al apoyarme con mucha fuerza se quebró —expliqué.
—¡Pero cómo te pueden tener ahí trabajando en esas condiciones! —exclamó indignada mi mamá.
—¿Cierto tía? —coincidió el Huaso.
—Lo que me parece raro es que el escritorio se haya quebrado con tu peso —razonó mi papá—. Tu no eres tan pesado, hijo.
—A mi igual me parece raro —intenté ocultar mi nerviosismo—. Quizás ya estaba quebrado desde antes pero no tanto, y yo terminé de darle el tiro de gracia al mueble —dije intentando buscar una causa.
—Puede ser… —aceptó mi padre.
—Podrías preguntarle a tu jefe, quizás es eso —dijo el Huaso, intentando pasar piola también.
—Gracias por acompañar al Larry —le dijo mi mamá al Huaso—. Que suerte que justo hayas ido a verlo hoy —le tomó la mano a mi pololo en señal de gratitud—. Y tú —dijo dirigiéndose a mí—, la próxima vez que te pase algo así me llamas —me retó, aún estando prácticamente con un shock hipovolémico.
—Si mamá —acepté con vergüenza, mientras el Huaso trataba de aguantarse la risa.
El Huaso se fue a su casa (nos tuvimos que despedir de abrazo solamente) y al llegar me habló por whatsapp.
—Oye Larry, tengo el pantalón lleno de vidrios.
—¿Y como no te diste cuenta?
—No sé po, quizás estaba muy preocupado por tu mano.
—¿Y tus piernas como están? ¿te cortaste? —pregunté preocupado.
—Sí todo bien. Fuertes como siempre —me respondió, y me mando una foto de sus piernas. Estaba acostado en su cama solo con un bóxer azul, y sus piernas se veían sanas y salvas, musculosas como las recordaba.
—Se ven bien al menos, pero tendré que hacer un examen presencial para asegurarme que esté todo bien.
—Cuando tu quieras. ¿Y tu manito como está?
—Mejor —le mandé una foto, parecida a la de él, yo acostado en la cama, solo en slip, pero con mi mano vendada sobre mi paquete.
—Oye, se ve mucho mejor desde ese ángulo.
Nos despedimos, nos mandamos los respectivos audios de buenas noches y me quedé dormido.
Al día siguiente llegué a las 10:45 a la tienda, para esperar que llegara mi jefe (la tienda abría a las 11). Estuve esperando hasta las doce, cuando recién apareció.
—¿Y qué haces tu aca? —me dijo sorprendido al verme esperando afuera—. Hoy no te tocaba turno, ¿o si?
—No, no me toca. Es que vine a hablar con usted —le dije, bastante nervioso.
—Cuéntame —dijo mientras metía la llave en la cerradura para abrir la tienda.
—Ayer tuve un accidente —le mostré la mano vendada y se sorprendió.
—¿Qué te pasó? —abrió la puerta e ingresó a la tienda, y se olvidó de inmediato de mi herida al ver el escritorio desarmado— ¿Qué pasó acá?
—Me tropecé, con el alargador, atendiendo a un cliente. Me caí encima del escritorio y se quebró —expliqué, mostrando el cable en el piso—. Me corté con el vidrio —mostré mi herida de guerra.
Mi jefe se quedó en silencio, pensando qué decir. Finalmente me dijo que no me asustara, que no me iba a echar, porque era un buen apoyo ahí en la tienda, aunque no mostró mucha preocupación en mi herida.
—Solo espero que no hayas manchado con sangre las prendas —me dijo medio en broma, medio en serio.
Me fui a la U y mensajeé al Huaso diciéndole que había quedado todo bien, que conservaba el trabajo, así que tendríamos que celebrar después.
—¿Te duele? —me preguntó el Bryan, durante la clase práctica que teníamos juntos.
—Un poco. Pero me da como nervios pensar que se me puede infectar o algo así —admití.
—El Pato po —le dije, como si fuera tan obvia la respuesta.
—¿Cómo? —me preguntó sin entender.
—Lo que pasa es que nos reconciliamos po, te conté —él asintió, y luego bajé la voz para asegurarme que no me escuchara nadie mas—. Nos estábamos besando y él me sentó en el escritorio de la tienda, pero después no se le ocurrió nada mejor que sentarse encima mío. Por el peso de los dos, terminó quebrándose —terminé aguantándome la risa, pero al Bryan no le pareció tan gracioso.
—¿Pero están bien los dos? Fisicamente, me refiero.
—Si, los dos bien, si fue mas que nada el susto —lo tranquilicé—, y mi mano.
—¡Silencio! —nos gritó el profesor, para que dejásemos de conversar y pusiésemos atención, y nosotros obedecimos.
Con el Huaso tuvimos que esperar para poder consumar nuestra reconciliación.
—¿Pero por que? —me preguntó el día viernes en la tarde, en su casa.
—Porque tu sabes cuanto me gusta usar mis manos po, amor —le expliqué.
—Pero te puedo consentir, no es necesario que uses tus manos —dijo, acariciándome suavemente el rostro, y luego bajando su mano por mi cuello.
—Si, pero aunque no las use, lo que me hagas hará que presione los puños, y no lo podré controlar —dije, fingiendo timidez.
—¿Ah si? —puso su cara de maldad.
Se lanzó a mí para besarme, pero lo hizo tan rápido que me tomó por sorpresa y no logré afirmarme a tiempo, haciendo que me golpeara en la cabeza con la pared.
—¿Estás bien? —me preguntó preocupado, sobándome la cabeza y mirando cuidadosamente en busca de sangre.
—Sí —le respondí amurrado—. Te dije.
—Perdón. No pensé que te iba a empujar tan fuerte —estaba arrepentido.
—Ya, no importa —lo tranquilicé—. Durmamos mejor —le dije acostándome en la cama. Él se acostó detrás mio y nos quedamos dormidos haciendo cucharita.
Desde entonces cada día el Huaso me preguntaba cómo iba la herida, hasta que una semana después por fin la cicatriz estaba más o menos cerrada.
—¿Hoy si? —me preguntó mi pololo, el dia domingo cuando estábamos en mi pieza “jugando play”.
—No sé, no estoy seguro que esté bien cerrada —obviamente, ya la había revisado en la mañana y sabía que estaba bien.
—¡Ya po, Larry! No juegues conmigo —me suplicó él—. Han pasado meses desde la ultima vez que estuvimos juntos.
—Ya pero eso no es mi culpa po —me excusé.
—¿Cómo que no? —me dijo indignado—. Es culpa de los dos —tenía razón—. Mira ni siquiera fuiste capaz de cambiarte el vendaje ese porque sabes que ya está bien —me dijo tomando mi mano para mostrarme las condiciones en que estaba el vendaje de hacía dos días.
—Bueno ya —le dije quitándome el vendaje. No pude seguir fingiendo una postura reticente a sus pedidos. Llevábamos ya más de cuatro semanas sin contacto sexual y tenía tantas ganas como él.
El Huaso se puso frente a mí y me tiró de las piernas, para quedar completamente acostado en la cama. Me separó las piernas y se acercó a besarme mientras con sus manos me acariciaba el abdomen por debajo de la polera.
Me sacó la ropa, dejándome solo en bóxer, e hizo lo mismo con sus prendas. Comenzó a mover la cadera, rozando su pelvis contra la mía, ambos con las erecciones evidentes, pero él prefirió esperar. Volvió a besarme y masajeó mi paquete, masturbándome por encima del bóxer, mientras yo intentaba hacerle lo mismo.
Finalmente me sacó la ropa interior e inmediatamente se metió mi pene a la boca. Me estremeció todo el cuerpo con sus habilidades orales, y yo le agarraba el pelo con mi mano herida, mientras él usaba sus dedos para estimular mi próstata.
Me incliné para ahora tomar yo el control de la situación. Le saqué el bóxer y me arrodillé frente a él, quedando en cuatro, para hacerle sexo oral. El Huaso era muy expresivo, así que le costaba trabajo ahogar los gemidos de placer que le producía. Él se inclinaba hacia delante y estiraba sus brazos para darme nalgadas y seguir usando sus dedos para estimular mi zona trasera.
Me levanté a besarlo, y mientras nos masturbábamos mutuamente mi mamá golpeó la puerta.
—¡Larry! —gritó ella. Hizo una pausa que me pareció que duró horas, en la que me quedé congelado y comencé a temblar. El Huaso tomó un chaleco y me cubrió mis partes privadas con él, al tiempo que me dio un empujoncito para despavilar—, con tu papá vamos a ir al súper, ¿necesitas que te traigamos algo?
—No, nada —respondí con la voz entrecortada por el nerviosismo, y por la taquicardia que me hacía doler el pecho.
—Ok, hijo. Cuídense —pensé que su recomendación tenía un doble significado, y por un momento se me pasó por la cabeza pedirle que me comprara condones.
—Ni se te ocurra —me susurró el Huaso, como leyéndome la mente.
Escuchamos los pasos de mi mamá bajando las escaleras, y nos acostamos en la cama, riendo de alivio.
—Amor, creo que acabo de tener tres mini infartos —le dije al Huaso abrazándolo mientras apoyaba su cabeza en mi pecho.
—¿Cómo lo haces? —me preguntó, levantando la cabeza y mirándome a los ojos.
—Mantener la calma —me dijo mirándome casi con admiración.
—No se —respondí sinceramente—. Creo que simplemente me guardo todo el miedo. De verdad me duele el pecho.
—¿Y que hubiera pasado si entraba tu mamá? —inquirió.
—Me habría paralizado, como lo hice —le recordé—. No tengo buen instinto de supervivencia. Soy la mejor presa para un depredador. Cuando me siento amenazado me paralizo.
—Tonto —me dijo con cariño, y se acercó a besarme, justo en el momento que escuchamos la reja de la calle cerrarse y el motor del auto partir—. ¿Sigamos?
—Bueno —acepté sonriendo, e inmediatamente bajé a volver a estimular a mi pololo con mi boca. Me aproveché del pánico y me hice con el control de la situación. Pasé de hacerle sexo oral por delante, a voltearlo y hacerle un beso negro, que claramente disfrutó. Al saber que estábamos solos en casa nos relajamos y pudimos soltar nuestras voces para hacer sonoro nuestro placer.
El Huaso se entregó completamente a mí producto de mi beso negro. Levantó levemente la cadera para que yo metiera mi pene, y al sentirlo dentro exhaló un suspiro de placer. Movía mi pelvis lentamente con un ritmo constante, mientras veía que el Huaso agarraba las sabanas con sus manos, y luego me acariciaba las piernas.
Lo volteé y me puse sus piernas al hombro para continuar con mi actividad, pero primero me acerqué a él para besarlo. El Huaso se aprovechó del momento y me abrazó mientras reacomodaba nuestras piernas, dejándome a mí sentado encima de él listo para recibir.
Me reí mientras nos besábamos, aceptando mi nuevo destino.
—Tramposo —le dije entre risas y besos.
—Aprendí del mejor —me respondió él, acomodando su pene en mi ano.
Lo metió rápidamente levantando la cadera, y yo sentí un escalofrío que recorrió mi cuerpo, por la falta de actividad en la zona desde hacía un mes.
Bajó la cadera y yo moví mi pelvis, haciendo mis movimientos que volvían loco a mi pololo. Con sus manos me apretaba los muslos y me masturbaba, y a ratos me acercaba a él para besarlo, momento en que él desataba toda su potencia y la descargaba contra mi cuerpo, causándome un placer que no experimentaba hace tiempo.
El Huaso siguió follandome con su fuerza característica, liberando toda la pasión acumulada en las semanas de peleas y esperas. Comenzó a gemir mas fuerte y ya no controlaba el volumen de su voz, y luego sentí que derramó todo su semen dentro mío. Siguió moviendo la cadera, pero con espasmos orgásmicos que le impedían realizar movimientos fluídos.
Me iba a acercar a besarlo, pero tomó mis piernas y me indicó que me acercara a su cara. Yo obedecí de inmediato y puse mi pene frente a él, y sin perder el tiempo, se lo metió a la boca, mamádolo como solo él sabía hacerlo, y mientras lo hacía, metía sus dedos en mi ano con fuerza. La doble estimulación me estaba provocando un placer descontrolado. Quise aguantar la eyaculación, pero no lo logré. Acabé en su boca, mientras el seguía con mi miembro dentro, disfrutando el sabor de mi leche. El Huaso tenía sus dedos llenos de su propio semen, el cual también ahora caía sobre su pecho.
Recuperé el aliento y me acomodé para quedar acostado sobre mi pololo, aún con la boca llena. Nos besamos compartiendo mi acabada, que él juraba sabía mejor que nunca.
—Me encantas —me dijo y me volvió a besar.
Nos quedamos abrazados, recuperando el aliento, pero felices por haber superado nuestras diferencias y haber vuelto a ser una pareja feliz.
Pasaron las semanas y nuestra relación retomó la felicidad que la caracterizaba.
—Me alegro que se hayan arreglado —me comentó la Cata durante un break—. Otra vez —agregó con una risa suave.
—Ya era hora que cortaran el webeo —agregó el Victor—. A todos nos duele verlos peliar, ¿cierto Bryan?
—Si po, así todos felices —coincidió.
—A todos nos gusta verlos felices, chiquillos —intervino la Claudia, intentando parecer tierna.
Al llegar el mes de noviembre, el Huaso tuvo que comenzar a trabajar en su tesis con la Claudia, y para mi alegría, no estaba muy feliz de trabajar con ella.
—Es que en serio, ya no la soporto —me decía.
—¿Por qué? —le pregunté sorprendido, aunque intentado ocultar mi alegría.
—Porque no me ayuda en nada. Se pasa todo el rato hablando por WhatsApp. No sé como el profe no le dice nada —comentó enojado.
—Quizás es con él que habla por WhatsApp —le dije intentando hacerlo reír.
—Ahora podríamos estar los dos juntos, trabajando súper bien en la tesis —dijo añorando una situación diferente.
—Si, pero ya no fue así —lo tranquilicé, sin espetarle su culpa en que eso no sucediera—. Deberías hablar con ella para que se ponga las pilas.
—Ayer, Larry, ayer estuve toda la tarde en el laboratorio mientras ella se fue a las actividades de la semana de la carrera —se tapó la cara con las manos.
—Pero deberías hablar con ella po, para que se ponga las pilas.
—Si lo intento, pero me dice que hablemos después, y después me cambia el tema.
Como era esperable, el Huaso no tuvo mucho tiempo para participar en las actividades, pero sí se comprometió a ser mister piernas, como todos los años. Quería su revancha contra el candidato de tercero, que le había ganado el año anterior.
—Pero amor, ¿de verdad piensas que le vas a ganar? —le pregunté ese día en la disco al ver a su oponente, que ahora estaba más grande que nunca. Era lo más parecido a un ropero que uno se pueda imaginar. Evidentemente tenía entrenamiento de fisicoculturista, a tal nivel que su cuerpo grande pero atractivo del año anterior se había transformado completamente hasta perder todo tipo de belleza estética. Sus piernas, que era lo que se evaluaría, se veían gigantes atrapadas en la tela de su pantalón.
—Yo creo que si po, míralo —me respondió confiado—. Está horrible el weon, aparte lo he visto en los camarines y no tiene nada de paquete —mi modo copuchento se activó y no pude evitar sentir morbo y lastima al mismo tiempo—. ¿Me acompañas a cambiarme?
Yo obviamente acepté altiro. Entramos al baño justo cuando iba saliendo el candidato de la alianza azul (de segundo), listo para el show. El Huaso se sacó el pantalón y estaba usando un slip blanco. Sacó el bóxer naranja de la mochila para ponérselo encima del slip, pero yo lo detuve.
—¿Como te lo vas a poner encima? —le pregunté indignado.
—Se va a ver super ordinario po —le dije como si fuera obvio.
El bóxer al ser cortito y de microfibra iba a marcar mucho el slip de abajo, así que si o si se iba a ver muy feo (lo que no pasaría si fuera un bóxer más largo y de algodón, en mi opinión). Meditó un momento mis palabras, y luego me hizo caso. Se iba a sacar el slip como si nada, pero lo detuve porque estaba la puerta del baño abierta. me acerqué a cerrarla y le di la orden de cambiarse.
Aproveché de que estábamos solos y me acerqué a mi pololo. Lo besé y le di una nalgada.
—Pero Larry, por la chucha —me dijo con vergüenza, alejándose de mi y voltéandose—. Porfa no vuelvas a hacer eso, hasta que esté vestido.
Yo me reí al ver que intentaba ocultar su evidente erección.
En ese momento entró al baño el candidato de segundo, el gigante, y el Huaso hizo como que estaba orinando en una de las cabinas, esperando a que se le bajara la erección. El recién llegado simplemente se sacó el pantalón y quedó listo. Pude confirmar el comentario de mi pololo, ya que bajo ese bóxer amarillo no se apreciaba mucho paquete.
Salimos a la disco, y el Huaso se fue a esperar la subida, mientras yo me ubiqué en primera fila para ver a mi pololo, haciendo barra junto al Victor y la Cata.
El Huaso se presentó y se lució, igual que el año anterior (aunque puede que mi opinión esté sesgada). Modeló, bailó y coqueteó con el público; incluso me lanzó un beso, que pasó piola como dirigido a la Cata que estaba a mi lado. Su oponente de la alianza amarilla, en cambio, realizó poses de fisicoculturista, luciendo su cuerpo inarmónico con total orgullo. El resto de los candidatos no le hacían competencia ni de cerca a mi pololo, y quedó demostrado por el triunfo del Huaso en la competencia, dándole emplia ventaja en puntaje a la alianza.
Cuando bajó del escenario estaba tan feliz que me dio un gran abrazo e incluso me levantó en el aire aprovechando el impulso.
—Sin dudas fuiste el mejor, amor —le dije, felicitándolo.
—Gracias por el beso —comentó la Cata, guiñándole el ojo, y el Huaso se ruborizó y me miró con cara de enamorado.
—Puta que estay rico, Huaso —lo felicitó el Victor, dándole palmadas en el pecho y alborotándole el pelo.
El Huaso estaba en éxtasis por haber ganado su versión de un concurso de belleza, y yo también, debo admitirlo. Se puso a celebrar su triunfo a puro alcohol, y terminó la noche bastante borracho. Lo tuve que llevar prácticamente inconsciente hasta su casa con la ayuda del Victor.
—Así que este es el nidito… —comentó nuestro amigo, que nunca había entrado a la pieza del Huaso, dándome codazos en las costillas.
—Si… —le respondí un poco tímido—, gracias por ayudarme a traerlo —le dije, cambiando de tema—. ¿Quieres dormir acá o te vas a tu casa? —le ofrecí.
—No, tranqui, me voy pa mi casa —me dijo con una sonrisa.
—Bueno —acepté su decisión y lo acompañé a tomar el colectivo—. Menos mal, porque o sino la señora Sonia ponía el grito en el cielo —le comenté mientras salíamos de la casa.
—Vieja culiá pesá —dijo, y me sorprendió con su comentario tan apasionado.
—Si, es bien pesaíta —concordé—. Oye, ¿sabes por qué no fue el Bryan a la disco? No me respondió los mensajes.
—Pero si él no iba a ir, me dijo la semana pasada que no estaba ni ahí. Traté de convencerlo pero él ya estaba convencido de que no.
—¿En serio? —pregunté sorprendido—. A mí hasta hoy me decía que iría —no entendía qué pasaba, y me preocupé un poco por mi amigo.
—Ah, no sé. En volá como le insistí tanto, no quería tener mas weones cargantes como yo insistiéndole que fuera —trató de explicar.
—Si, puede ser eso —acepté, aunque seguía dándole vueltas en mi cabeza.
Me despedí del Victor, que tomó un colectivo y se fue, y yo evalué en mi mente la idea de ir a la casa del Bryan para asegurarme que estuviera bien, pero desistí de ésta porque ya era demasiado tarde (o temprano), así que me devolví a la casa del Huaso, le saqué la ropa y lo acosté en la cama, para luego acomodarme yo a su lado. Al día siguiente me aseguraría de investigar a fondo qué le pasaba al Bryan y por qué no me había dicho que no iría a la disco.
Siguiente Capítulo: La Verdad