El olor de la casa era inigualable: una mezcla de leña combinada con palo santo y olor a guardado. Cuando toma un libro la hojearlo, otro aroma le inunda, uno a libro nuevo, y eso apretuja su corazón. Regresar a Boston muchas veces podía ser agotador, su madre siempre le ponía mil y un tareas para hacer (muchas sociales, lo cual resultaba un reto para él) y cuando coincidía con sus hermanos Tyler o Heldge, se volvía una total marioneta. Por eso volver a la vieja librería sobre la Main St. significaba un abrazo sin palabras, de él para él. En un brazo sostenía los que se convertirían en su lectura de la semana entrante (ya es viernes, y se ha puesto de meta acabar su libro actual justamente para el domingo, leyendo por primera vez El jugador, de Dostoyevski) y con la otra iba tocando el lomo de nuevas posibilidades que descansaban en el librero. Encuentra algo que llama la atención: Una edición especial de Cumbres Borrascosas de tapa dura y portada ilustrada, reconoce la versión con tan solo ver las amapolas rojas del libro rosado, coleccionista de clásicos, recién recolectando Emily Brontë. Cuando sus dedos lo deslizan fuera del librero, un espacio se hace para ver al otro lado y se encuentra con unos ojos marrones que reconocería a kilómetros de distancia. Alza las cejas con sorpresa, y se tarda un momento, pero cuando cruzan miradas exclama: “ Hey. ” Y reflejando un poco de lo que hay en su mente (paz) levanta las comisuras de sus labios. “ Estás en Boston. ” Dice sorprendido. Se da cuenta de que solo destapa lo obvio y acompleta con un simple “ No esperaba verte. ”