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Junio 14, 2025
La libertad
A propósito de Contrato laboral con un árbol de tilo (Bibi Calderaro, 2005)
Texto recuperado de la lectura del dĂa 6 de junio de 2025, en el salĂłn Jorge Luis Borges de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno.*
Cuando se recibe una invitaciĂłn de estas, asĂ, con cierta anticipaciĂłn uno de los inconvenientes es que dos o tres veces por semana se encuentra una mejor manera de entrarle al asunto. La Ăşltima que se me ocurriĂł es esta, leerles un párrafo de Casandra, de Christa Wolf. (La anterior habĂa sido comentar algo sobre mi viaje del fin de semana pasado a Santiago del Estero para ver la final Huracán - Platense, pero no se preocupen que la descartĂ©).
Que yo decĂa “la verdad”; que ustedes no querĂan escucharme... eso lo difundiĂł el enemigo. No por maldad, no podĂan entenderlo de otra manera. Para los griegos existe sĂłlo verdad o mentira, correcto o falso, victoria o derrota, amigo o enemigo, vida o muerte. Ellos piensan de modo diferente. Lo que no se ve, huele, escucha o palpa no tiene existencia. Lo otro, lo tercero, que segĂşn su opiniĂłn ni siquiera existe; lo vivo y sonriente, capaz de regenerarse una y otra vez; lo indiviso; el espĂritu en la vida, la vida en el espĂritu, ellos lo aplastan entre sus precisas distinciones. Anquises opinĂł un dĂa que el don de la sensibilidad podrĂa haber sido para ellos más importante que la invenciĂłn del maldito hierro. Para que no aplicaran los fĂ©rreos conceptos del bien y del mal sĂłlo a sĂ mismos, sino tambiĂ©n, por ejemplo, a nosotros1.
La que habla es Casandra. Casandra, la sacerdotisa troyana a la que, segĂşn el mito griego, junto con el don de la profecĂa, le habĂa sido otorgada la maldiciĂłn de que sus predicciones no fueran nunca escuchadas.
Les leĂ este párrafo porque estos dĂas, despuĂ©s de mucho tiempo, volvĂ a la novela, que me gusta mucho, y me dio ganas de escucharlo de nuevo con ustedes. Pero no fue una decisiĂłn tan caprichosa. Vamos a ver que el fragmento, de algĂşn modo, se relaciona con el vĂdeo de Bibi porque en el vĂdeo –me parece– hay algo griego y algo troyano. De manera un poco esquemática, dirĂa que la Bibi que actĂşa, la que sale en el cuadro, es griega y la Bibi que filma es troyana.
No sĂ© si vieron esas briznas del pasto que, mientras Bibi guadaña, saltan hacia nosotros o hacia cualquier lado, fuera del cuadro, no sabemos adĂłnde; a veces, tampoco se ve bien desde dĂłnde, aunque sepamos que vienen del trabajo de Bibi. A esas briznas, las llamamos desecho. Es lo que sobra, lo que se tira. No es el producto del trabajo humano, decimos que es un subproducto no deseado, no buscado. Sin embargo, esas briznas son tanto el producto del trabajo de Bibi como el cĂrculo despejado alrededor del tilo, ni más ni menos. Igual que el humo que sale, o salĂa, de las refinerĂas, o de las termoelĂ©ctricas, o de otras industrias, no es menos el producto del trabajo humano que la energĂa y los bienes que ellas fabrican; o como la modificaciĂłn del balance hĂdrico y la salinizaciĂłn del suelo son productos de la extracciĂłn del litio tanto como el litio mismo que usamos para hacer las baterĂas de la computadora con la que ahora escribo este esbozo.
Pero esto lo pensĂ© despuĂ©s, al principio me fijĂ© en las briznas porque me parecieron bellas y porque el modo en que escapaban al cuadro y a la comprensiĂłn inmediata tambiĂ©n me pareciĂł bello, o misterioso, o... la clase de cosa que hace que a algo que se filma o se graba sea, o lo llamemos, cine (y no producto audiovisual, o contenido). No sĂ© quĂ© significa eso, cine, para ustedes. Cuándo dirĂan que están viendo cine. Me gustarĂa saberlo, quizá despuĂ©s me quieran contar... Para mĂ, es cuando aparecen cosas como esas briznas, algo que hasta en la más sencilla y real de las imágenes que se mueven preserva un misterio, o hace que nos preguntemos, que nos inquietemos, por otra cosa que no está a la vista.
Claro que no son sĂłlo las briznas. La primera vez que vi este vĂdeo no prestĂ© mucha atenciĂłn a la cuestiĂłn del contrato con el árbol de tilo. No es que se me haya pasado por alto porque desde el principio es una imposiciĂłn muy evidente, está ya en el tĂtulo. Pero antes de pensar en eso, el encuadre, la luz, una incertidumbre acerca de lo que iba a pasar o estaba pasando (el trabajo, ay, sigue siendo un misterio) habĂan hecho ya su trabajo sensible. Y enseguida me pareciĂł que el vĂdeo me gustaba. El gusto, eso tan inevitable como poca cosa, cuando queremos conversar con otros, comprender quĂ© hace una pelĂcula: sĂ, nos gusta, pero cĂłmo fue hecha para que nos guste; quĂ© podemos decirle de ella a otros que no la vieron, o que la vieron y no les gustĂł, o a los que les gustĂł, pero por otras razones.
Esta pelĂcula esta hecha de unos quince o diecisĂ©is planos y seis o siete encuadres. A todos los llamarĂa “justos”. (Un árbol obliga a redefinir la clasificaciĂłn de los encuadres, Âżno? ÂżQuĂ© es un primerĂsimo primer plano de un tilo, por ejemplo?). Y esta hecha, sobre todo, de ritmo, un ritmo marcado por el paso del dĂa y por el desplazamiento de Bibi y de la cámara, en torno al tilo. El tiempo pasa, lo sabemos porque la zona desmalezada se ensancha; pero, por otro lado, la repeticiĂłn de los movimientos, los cambios de encuadres que duplican una misma escena a uno y otro lado del tilo, la luz de verano que cae a pique y no nos deja adivinar bien la hora, todo eso, sugiere tambiĂ©n una cierta inmovilidad: una inmovilidad en movimiento, una recurrencia. Porque el desplazamiento de Bibi, y de la cámara, es circular. Y tambiĂ©n porque es como si el dĂa mismo caminara alrededor del tilo, (aunque no es realmente un dĂa, son ocho horas –una jornada laboral– que, como dirĂa Fassbinder, no hacen un dĂa2).
Y para Bibi, el paso, el caminar, es muy importante. Si no me creen, pueden ver otras obras suyas. Algunas más recientes, pero tambiĂ©n, por ejemplo, Double Distance, de 2001, que se encuentra fácilmente en la web. Sobre ese trabajo suyo, Bibi dice (quĂ© suerte que no estĂ© acá para corregirme porque la cito mal) algo asĂ como que siempre se camina, literal o figuradamente –en la imaginaciĂłn–, para hacer de un lugar un hogar, o para volver al hogar, pero encontrarlo transformado, irreconocible, quizá. No sĂ© si cuando Bibi hizo este Contrato laboral con un árbol de tilo, que es muy distinto de aquel otro trabajo (aquel, sin ir más lejos, es en Super-8, si no me equivoco), se dio cuenta de que era otra forma de hacer lo que buscaba con Double Distance. Para mĂ, el hilo es bien visible.
De modo que hay un trabajo de orden, de distinciĂłn, de trazado de lĂmite –Bibi construye un dispositivo muy fĂ©rreo en esos breves seis minutos, sin el que no tendrĂamos esa sensaciĂłn de justeza en cada imagen, ni disfrutarĂamos de la cadencia, del ritmo y quizá tampoco nos remitirĂa a la idea de hogar y de pĂ©rdida o recuperaciĂłn–. Y, por otro lado, están las briznas que vuelan como papel picado, brillantes, o que parecen puros pixeles y que, por eso, por sus destellos movedizos son inesperadamente bellas.
Esas briznas son, precisamente, los restos de otras vidas que Bibi sacrificĂł para conseguirse la sombra y los beneficios del tilo. Pero el pasto aniquilado vuelve, y vuelve de mil maneras no controladas y no controlables a ocupar, como sea, el sitio del que fue expulsado con violencia. Y es ahĂ, justo ahĂ, donde hay una belleza que todo el dispositivo, por sĂ sĂłlo no podĂa garantizar.
Un dispositivo de control absoluto, reforzado, además, por el espinoso asunto del contrato con el tilo... Hace unos dĂas, me enterĂ© de que al ecosistema de Mar Menor, en España, le han dado personerĂa jurĂdica3, esto quiere decir que se le reconocen derechos, unos tutores, Âżagencia?... No voy a meterme con esto, ni siquiera para considerar el contrato con el tilo como boutade, pero sĂ hay algo en la forma del contrato, y en todo el dispositivo, que me interesa más, algo que lo relaciona con el problema de la libertad –en general y en el arte, aunque, sobre todo, en el arte.–
Y me interesa, más aun, ahora, en estos años, que ya son una Ă©poca, porque casi a diario escuchamos por todas partes4 el lamento de que resignamos la palabra libertad en manos de los que menos la conocen, de los que la mancillan, continuamente y sin lĂmites. Y quizá recuperarla no sea sĂłlo la tarea de grandes sistemas de pensamiento, ni de grandes iniciativas polĂticas, sino tambiĂ©n la nuestra de todos los dĂas, como la de conversar acá, decir estas cosas.
Hay una pelĂcula argentina que lleva justamente ese tĂtulo, La libertad. Es de 2001, unos pocos años antes de Contrato laboral con un árbol de tilo, el director es Lisandro Alonso, y tuvo un lugar destacado en los inicios del llamado Nuevo Cine Argentino5. Hay que decir, antes que nada, que se trata de dos pelĂculas muy distintas; tan distintas, que se podrĂa argumentar que la comparaciĂłn no tendrĂa sentido. Sin embargo, además de ser prĂłximas en el tiempo, ambas tienen en comĂşn que muestran la labor solitaria de sus protagonistas, y que ponen en el centro el trabajo humano y la relaciĂłn con el medio.
La libertad –que, todo (en la pelĂcula y fuera de ella) da a entender, no emplea a actores profesionales, sino a los verdaderos protagonistas de las vidas que pone en escena6–, muestra algunos episodios de la jornada de un joven hachero, Misael Saavedra, que trabaja solo, en el confĂn entre un área rural y el monte pampeano. El producto de ese trabajo se realiza, no obstante, en un circuito mercantil, al que accede Misael con la mediaciĂłn de un capataz. El hachero vende por unos pocos pesos a un comerciante local (probablemente, un acaparador) las piezas de madera obtenidas, a las que ha dado un formato uniforme, y luego gasta buena parte del escaso dinero ganado en un kiosco atendido por un joven, cuyo apellido –¡sorpresa, cuando se leen los crĂ©ditos de la pelĂcula!– es el mismo que el del comerciante.
Confieso que durante años, pensĂ© que la pelĂcula, pero sobre todo su tĂtulo, tenĂan que ser tomados de modo irĂłnico: ¡libertad era precisamente lo que faltaba! Ahora, sin embargo, creo que me equivoquĂ©, que la pelĂcula pretende lo que abiertamente parece asumir: que un hombre libre con una cámara filma, como un simple observador, a otro hombre libre que trabaja7 –si la vieron, sabrán, o quizá sospechen, que lo primero es una trampa y lo segundo o es ceguera, o raya la perversidad–. Pero la pelĂcula asume tambiĂ©n que esas dos libertades, que ese tipo de aproximaciĂłn, garantiza, sin más, una cierta fidelidad a lo real. Esta me parece, definitivamente, y por usar un tĂ©rmino menor, una idea muy ingenua de libertad.
Renoir –Jean Renoir, el gran cineasta francĂ©s–, creĂa, en cambio, que “la libertad en el arte era muy peligrosa”, y advertĂa que confiar en ella de un modo cándido o excesivo comporta el riesgo cierto de llevarnos a la “copia de una realidad falsa”8. Otro cineasta genial, el brasileño Eduardo Coutinho9, decĂa que la libertad viene de sujetarse a las reglas del mundo que uno crea: “Uno se impone sus propias reglas. El hecho de elegir tu prisiĂłn te da una libertad absoluta”8.
Yo dirĂa que “absoluta” es una palabra demasiado fuerte; sin embargo, creo que esta es una idea bastante buena de libertad, por lo menos, en el arte. Siempre que exista tambiĂ©n una brecha, siempre que no nos asuste que algo se escape. Siempre que existan las briznas de pasto, los pixeles voladores, que se reconozca tambiĂ©n lo guadañado.
Contrato laboral con un árbol de tilo pone en escena al producto y al subproducto negado del trabajo; nos deja ver lo que está en el cuadro (control absoluto) y lo que se le escapa. Sabe que cerrar un cĂrculo total y perfecto es imposible, y que, bajo nuestras condiciones, es tambiĂ©n indeseable, pero no renuncia al “sueño de una cosa”, hace pasar la imagen de otra cosa.
Carla Maglio
*VersiĂłn completa y parcialmente recuperada de la lectura del dĂa 6 de junio de 2025, en el salĂłn Jorge Luis Borges de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, para el ciclo En la punta de lengua. La presentaciĂłn tuvo lugar en el marco de CĂclopes, una actividad de la BNMM que alberga a ciclos clásicos y festivales del panorama cultural nacional.
Notas
1 Christa Wolf, Casandra, Editorial Cuarto Propio, Santiago de Chile, 2000.
2 Referencia a Ocho horas no hacen un dĂa (Acht Stunden sind kein Tag), de Rainer Werner Fassbinder, serie de cinco capĂtulos, producida para la televisiĂłn pĂşblica alemana por la Westdeutscher Rundfunk, en 1972. https://www.fassbindercineasta.com/ochohorasnohacenundia
3 Recuperado de diario El PaĂs, España, el 31 de mayo de 2025: https://elpais.com/clima-y-medio-ambiente/2025-05-29/el-mar-menor-un-ecosistema-con-tutores-nif-y-cuenta-bancaria.html
4 Por ejemplo, “Wendy Brown: “Si no trabajamos en la resignificación de la libertad perderemos esta batalla””. Recuperado de la web de Tinta Limón Ediciones el 28 de mayo de 2025: https://tintalimon.com.ar/post/si-no-trabajamos-en-la-resignificaci%C3%B3n-de-la-libertad-perderemos-esta-batalla/
5 Dada la inexistencia de elementos formales que las identifiquen unitariamente y de agrupaciones o manifestaciones como colectivo de los cineastas a los que se suele reunir con esta etiqueta, el NCA es más a un conjunto de pelĂculas caracterĂsticas de un perĂodo y dĂ©bilmente unidas por un cierto rechazo al cine anterior, o de los años 80, que un verdadero movimiento. Consistentemente con ello, su periodizaciĂłn es tambiĂ©n discutida, aunque suele datarse en 1996, con el estreno de Rapado (MartĂn Rejtman) (rodada, no obstante, en 1991). Mucho más discutidas aun son la continuidad del perĂodo y su eventual culminaciĂłn. Cfr. Nicolás Prividera, El paĂs del cine, 2014; Otro paĂs, 2021, ambas de Los rĂos editorial.
6 “Yo no quiero contar una historia, lo único que me interesa es observar”, dice Lisandro Alonso, por ejemplo. En Gonzalo Aguilar, Otros Mundos, Santiago Arcos, 2010. [1ra. Ed, 2006], p. 67.
7 Esto es lo que, en un nuevo visionado, despuĂ©s de muchos años, me sugiere la pelĂcula. Por otra parte, y sin reconocer de antemano al autor autoridad ninguna sobre la interpretaciĂłn de su obra, tambiĂ©n avalan esta lectura algunas declaraciones del propio Alonso (ver supra). Y es, sin duda, la de alguien tan autorizado como Gonzalo Aguilar, aunque para Ă©l, como elogio. VĂ©ase, Gonzalo Aguilar, ibidem, pp. 67-69. Para una lectura alternativa, Laura M. Martins, 2010, "Cine, polĂtica y (post)estado. La libertad de Lisandro Alonso": https://journals.openedition.org/nuevomundo/58374
8 Jean Renoir, en Louis Lumière (Éric Rohmer, 1968).
9 Eduardo Coutinho, en el documental Eduardo Coutinho, 7 de Outubro (Carlos Nader, 2013).
Pentax k1000 . Pelicula Fuji Reala 500D Octubre 2017
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