Una vez, hace unos años, quise regalarle algo a un exnovio y no tenĂa mucho dinero. TenĂa tantas ganas de demostrarle mi cariño con algo que, entonces, juntĂ© lo que tenĂa y decidĂ hacer un buen gesto comprĂĄndole cosas que siempre supe y escuchĂ© que le gustaban.
Unos dĂas antes de viajar para encontrarnos, comprĂ© un paquete de cafĂ© de la lĂnea Golden de una marca conocida, una caja para hacer brownies y los ingredientes que se necesitaban para hacer esa torta. Mi idea era regalarle todo eso junto a una taza tĂ©rmica para que la llevara a su trabajo, ya que sabĂa que Ă©l era muy fan del cafĂ©, de lo dulce, y siempre habĂa visto que en su oficina usaba tazas en las que se le enfriaban rĂĄpido sus colaciones. AsĂ que mi idea fue, simplemente, que tuviera eso para disfrutar durante unos dĂas lo que le habĂa hecho con mis manos, junto a un buen cafĂ©, y la taza, que era lo que mĂĄs le iba a durar.
El problema fue cuando empecĂ© a buscar la taza. Ninguna me convencĂa: ni en precio, ni en color, ni en forma. AsĂ se iba acercando el dĂa en que tenĂa que viajar y yo todavĂa seguĂa sin encontrar la bendita taza que me gustara para Ă©l.
Fue entonces cuando me di cuenta de que en la terminal de colectivos habĂa muchos locales de regalos y que, de forma lĂłgica, tenĂa que haber tazas, ya que se suponĂa que eso era una real demostraciĂłn del: âMe acordĂ© de vos y te comprĂ© esto.â
Al llegar entonces el dĂa, fui un rato mĂĄs temprano que el horario de salida del colectivo para mirar con paciencia los locales y, para mi sorpresa, no encontraba tazas... hasta que por fin encontrĂ© un lugar. Pero las tazas que estaban no eran las que yo querĂa.
DecidĂ entonces comprar la que habĂa, porque no querĂa ir sin el pack completo que tenĂa figurado en mi mente para Ă©l.
No era una taza lujosa, ni con mucha pinta, pero sĂ era de buen funcionamiento. SabĂa que iba a conservar mucho tiempo la temperatura y que cabĂa una buena cantidad de cafĂ©. No era fachera, la verdad; era azul metalizada, con bordes plateados. De todas formas, la comprĂ©.
Cuando se la di, obviamente me agradeciĂł. Le gustĂł mucho el cafĂ©, me convidĂł el brownie âme habĂa salido muy bienâ, lo habĂa guardado en una caja delicada, leyĂł la carta que le habĂa hecho detrĂĄs de un dibujo contĂĄndole lo maravilloso que era Ă©l...
Y de la taza no dijo nada.
Solo la dejĂł en la cocina.
Y bueno, transcurrieron los dĂas. Estuvimos pasando lindos momentos, como cada vez que nos encontrĂĄbamos, y llegĂł el dĂa de volver a casa.
Pasando los dĂas, notaba que Ă©l nunca habĂa llevado la taza a su laburo. Tampoco me mostraba que la estuviera usando en su casa mientras jugaba a la play, cosa que era una de sus rutinas nocturnas favoritas. Nunca veĂa la taza en ninguna foto o video que me mandaba para mostrar cĂłmo iba su dĂa.
Pero yo no quise decir nada, ya que me parecĂa demasiado inmaduro de mi parte reclamar que no usaba algo que yo le habĂa comprado con el dinero que habĂa juntado para ese regalo, y obligarlo a usar algo que evidentemente no le habĂa gustado.
Pasaron los dĂas y se acercĂł la nueva fecha en la que yo debĂa viajar hacia su ciudad. Todo estaba bien. En realidad, la taza ya no estaba en mi mente. Me habĂa conformado con haber hecho ese regalo porque, de todas formas, sabĂa que le habĂa gustado lo demĂĄs.
Una noche de ese viaje, arreglamos para salir a pasear. EstĂĄbamos yendo y, de repente, se acordĂł de que se habĂa olvidado algo en la casa de sus padres. Entonces me pidiĂł que lo acompañara a buscar eso a la cocina, y yo accedĂ.
Sus padres no estaban; habĂan salido a pasear tambiĂ©n. AsĂ que yo me quedĂ© en la cocina mientras Ă©l seguĂa buscando eso que se habĂa olvidado.
En un momento, miré de repente hacia la alacena...
Sin la tapa. Llena de una sustancia.
Me acerquĂ© a ver si era la bendita taza que me habĂa costado tanto encontrar, y sĂ, era efectivamente esa.
Estaba llena de grasa vacuna.
AsĂ, como cuando cocinas algo y guardas la sobra en algĂșn recipiente para volver a utilizarla.
Nunca fui una persona a la que le sobraran las cosas para darse lujos o hacer regalos costosos o modernos. Y, sumado a ese rasgo mĂo, nunca me importaron.
Yo preferĂa mil veces que alguien me regalara unas âmedias de abejitasâ antes que un viaje al extranjero.
Entonces, en ese momento, supe que solo yo sabĂa que gastar mucho dinero en un cafĂ© no era lo mĂo; que hacer un brownie tipo delicatessen era una ternura de mi parte; y que esa taza quizĂĄs no habĂa sido la mejor taza de cafĂ© que podĂa haber encontrado...
Pero verla ahĂ, en la casa de su madre, llena de grasa, arruinada completamente, utilizada como un frasco cualquiera...
Dentro mĂo se hizo un nudo, que justo coincidiĂł con el momento en que Ă©l apareciĂł con lo que se habĂa olvidado, diciendo:
âYa encontrĂ©... Âżvamos?
DespuĂ©s de unos años, debĂa hacer una mudanza. Me iba a ir a vivir a un lugar mĂĄs pequeño, por lo cual tomĂ© la decisiĂłn de mandar a mi pueblo, a la casa de mis padres, todo aquello que no era de utilidad en mi vida diaria para no cargar con tantas cosas: libros, sĂĄbanas, apuntes, adornos, aparatos y recuerdos.
Y fue ahĂ cuando me di cuenta de que, entre todas esas cosas, tenĂa cajitas de lata que me regalaron antiguas amigas en mi adolescencia, cajitas de mariposas que me regalaba mi sobrina, envoltorios de golosinas, souvenirs de salidas, dibujitos de las hijas de mis amigas cuando eran pequeñitas, pulseritas de personas que me habĂa encantado conocer y no vi nunca mĂĄs...
Y hasta los propios regalos que Ă©l me habĂa hecho.
Y no sé por qué, me acordé de la taza de café.
DespuĂ©s me di cuenta de que esa vez no fue la primera vez que me pasĂł algo asĂ. Ya me habĂa sucedido con otras personas.
Y entendĂ que ninguna de las grandes cosas que me dieron en la vida tenĂa para mĂ tanto valor como cada pequeño gesto o regalo.
A veces, un âte quieroâ a tiempo, un âyo te buscoâ, un picnic de noche en la ruta, una latita de cerveza de sorpresa, un âÂżcĂłmo estĂĄs?â repentino, un dibujito hecho en un apunte, dejado de canuto por alguien, un âquĂ© lindo que estĂĄsâ porque sĂ...
Son las mejores caricias que a veces necesitamos, y no tanta parafernalia del âte doy todo lo que tengo.â
Los detalles de la vida guardan mĂĄs verdades que cualquier lujo que pretenda dimensionar el amor...
Porque estoy segura de que eso mueve al mundo y, a veces, ni nos damos cuenta.
A veces no es necesario dar.
A veces, con estar, haces mucho mĂĄs millonaria a la gente.
...Y sĂ© que quizĂĄs mi forma de ver la vida no sea la correcta, pero si me preguntaran, yo hubiese tomado millones de cafĂ©s con esa taza horrenda solo porque me la habĂa regalado mi amor.
Pero sé que esa soy yo...