A LOS MACHOS NI CABIDA.
Tiempo sin escribir acá. No ha sido un olvido de la corporalidad ni de mis acciones cotidianas tumbando la ficción de los géneros. Por un lado, he estado en otras movidas, una de ellas nos alegra un montón, en particular, que es la de estar participando en la página lascomadrespurpura.com que después de tres publicaciones han iniciado un segmento en sus micromundos llamado Machoctomía. Eso es la intervención que hacemos desde el Daseinus para extraer al macho de nuestras existencias, de nuestras identidades, de nuestras formas de actuar esta ficción política llamada y diagnosticada hombre.
Las otras razones son más humanas. Más concretas. Problemas de salud. Corporalidad que rezonga. Corporalidad que resuena fuera de mi entendimiento lenguado. Corporalidad que no entiendo. También por dificultades económicas. Aunque quizá las palabras deberían ser invertidas y debiera decir problemas económicos y dificultades de salud. Porque ha sido difícil llevar adelante esta corporalidad estos días con lo problemático que es además no tener dinero, no tener un lugar en el que pueda sentirme mío, un techo del que no puedan echarme cuando les de la gana, y no tener capital social para decir “me voy a casa de fulana o menganx”... Pero esas razones son parte de este viaje en el que me decidí meter, este de romper con lo que siento que hay que romper para bordear la ética y no burlarme de ella como si fuese un cuento de hadas, como si fuese las promesas de amor que cuentan a lxs niñxs que tienen camas para dormir.
Pero, ya vamos al post de hoy:
Hoy vengo a hablar de la implosión del género. ¿Cómo romper el género? Y tengo un ejemplo. Hay un hombre que me cae bien, me tiene aprecio y habla de temas interesantes, no es “el típico hombre”, porque, como ya he dicho, no soporto al típico hombre, ya no les hablo, y cuando intercambio palabras suelen estar acompañadas de fuego y muros labrados con púas.
Este hombre estaba con una mujer a la que embarazó. Ellos se mudaron juntos. Y me incomodaba que recién nacido su bebx, a la semana o dos semanas, incluso ya después a los pocos meses, ya me decía para salir y vernos. Tomarnos una soda o un jugo, porque sabe que conmigo no hay coro para alcohol y eso le venía bien. Igual, a mí me incomodaba, yo no sé qué acuerdo tenía con su pareja, pero los acuerdos en una sociedad como esta suelen ser en privilegio de los hombres, es decir, en detrimento de las mujeres. Las de la casa y las de la cría.
Cuando lo encontraba en alguna actividad grupal, a la cual obviamente no iba la pareja –a quien la conocí una vez en una actividad afín, y en esa ocasión ella comentó o supe por alguna razón que también gustaba de esas actividades–, yo le hablaba, le preguntaba por le bebx y él respondía con encanto y amor, pero no me daban las energías para preguntar más, mucho menos para reclamar. ¿Por qué? Porque ya hablo con suficientemente poca gente acá, ya me he confinado a mis soledades, me he escindido de la sociedad y trato de no ser tan severo con los pocos hombres que acepto en mi entorno, en mi tiempo, en mi ocio.
Hasta que llega el momento tajante, ese momento donde recuerdo que cualquier aprovechamiento de los privilegios implican la existencia de un hombre en esa corporalidad. Un macho. Y la evidencia vino de una amiga que de a poco me comentaba que él la incomodaba. Yo no entendía qué era que la incomodara. Le pregunté si era desagradable con ella o si la acosaba, y a ella no le quedaba claro, sólo me decía que le incomodaba con ciertos comentarios. Eran comentarios a los que ella no le decía nada porque estaban en la línea entre ser un comentario desagradable o un comentario que se le puede obviar a un hombre conocido. Así lo entiendo yo hoy, tomando en consideración todas las concesiones que las mujeres hacen a cada rato con los hombres de sus vidas. Concesiones que han hecho conmigo, no sin explicarme esas mismas amistades y compañeras de tiempo y existencia cuáles son esas concesiones, por qué las hacen y cómo les gustaría que las cambiara, o no cómo exactamente, pero trabajando pistas en conjunto, ya que no están para darnos clases de cómo acabar con nuestros privilegios, ni mucho menos tienen por qué explicarnos qué de nuestra actitud y nuestra forma de ser es desagradable y violenta para con ellas. Pero a raíz de la confianza o el vínculo que teníamos se permitían hablar. Hablar, que no es dar clases. Yo salgo con un comentario de algo que me incomoda de ser hombre, ellas comentan en aras al comentario. Es decir, mientras te encargue sde acabar con el género, mientras te abras, te hagas vulnerable, mientras tu furia no sea virilidad en desquite sino aniquilamiento del macho-yo, entonces estarás creando el terreno para ponerle palabras a las sensaciones extrañas, desagradables, esas que hay que cambiar después de escuchar lo que una amistad nos diga que le hacemos sentir.
Mi tema era límites. ¿Cuál es mi límite? ¿Si ella no sabe qué decir de este hombre, qué hago? ¿Indago? ¿Me fijo? Obvio que no. Es ella. Estoy para hablar, acompañar. ¿Pero, y mi vínculo con él?
Tengo que decir que fue un poco tortuoso y llegué a escindirme porque a fin de cuentas yo no lo veía a él con frecuencia, así que las pocas veces que lo veía hablaba con él y ya, no era un amigo, no era alguien en mi vida, era un tipo con el que hablaba cuando me lo cruzaba. Pero ese no soy yo. Yo no hablo con acosadores, no les doy mi tiempo a machos. Así como Deleuze recomienda no leer fachos, positivistas ni lecturas basura, pues, yo tomo esa idea para no relacionarme con hombres machos en ningún caso.
La siguiente vez que estaba con mi amiga y lo vimos pude escuchar algo que él le decía. Ella me dijo que había sido más incomodo que nunca. Y entendí que era acoso. Sutil, psicopático, manipulador, pero acoso sin más. Violencia. Irrupción en la corporalidad de ella a través de la palabra, la palabra incómoda, la palabra vacía o llena de semen, que son palabras infértiles al fin y al cabo.
Ahora, más allá de cómo ella vaya a relacionarse con él, con hombres como él, etc., pero sobre todo con él, ahora sostengo mi planteo de siempre: a los hombres machos ni cabida.













