(...) Recuerdo a un amigo de otros años él huía de noche de su casa y del hospital sin más salvoconducto que el que se daría a un condenado en el infierno se dejaba caer en casa de amigas que no compartían su amor por ellas, condenadamente bellas exigía con argumentos propios de la ciencia de la locura que lo recibieran en esas casas como huésped estable me parece ver cómo al final de esas conversaciones imposibles era reconducido a su madriguera por las señoras y los esposos en medio del gran silencio, él, el gnomo de la selva negra del amanecer de vuelta a su anticasa o al aeródromo de los hospitales para que no perdiera su vuelo.
Enrique Lihn














