Julio 20, 2026
Demoliendo paredes
De tanto en tanto —este Ăşltimo mes, por ejemplo—, algĂşn vecino, nunca sĂ© bien cuál, la emprende a martillazos contra las paredes de su casa, o quizá sea en el sindicato con el que linda mi departamento, más propiamente, la pieza donde duermo, mi cama. Uno pensarĂa que los martillazos van a durar unas horas, a lo sumo un par de dĂas, pero no: asombrosamente, pasan las semanas, los meses y el vecino sigue martillando, cada dĂa, puntualmente, por lo general, desde las ocho de la mañana; no importa si es sábado, o feriado, sĂłlo los domingos se respeta el silencio, o el descanso. No puedo imaginarme cĂłmo es que que todavĂa queda algo por derribar, no me cabe en la cabeza. Pero siempre hay algo más, evidentemente. Entonces, llego a pensar que lo que pasa es otra cosa, es que el vecino decidiĂł poner un taller de… no sé… trituraciĂłn de piedras. Que por más absurdo que sea, porque en estos edificios no funcionan talleres, y no creo que estĂ©n permitidos, el vecino igual puso un taller, donde se dedicará desde ahora y para siempre a martillar piedras, o adoquines, o baldosas traĂdos de quiĂ©n sabe dĂłnde para ser machacados asĂ y llevados despuĂ©s a quiĂ©n sabe dĂłnde para quiĂ©n sabe quĂ©. La desesperanza es total: me imagino para siempre insomne, dormida apenas desde eso de las cinco, con suerte, y despertada por los martillazos a las ocho (esto no requiere demasiada imaginaciĂłn); enferma, con la cabeza partida de dolor; anciana, al borde de la muerte…, y siempre los martillazos, persistentes, inalterables, y siempre sin saber yo bien de dĂłnde vienen. Considero la posibilidad de mudarme, pero la operaciĂłn es muy complicada y, despuĂ©s de todo, ÂżquiĂ©n me garantiza que al lado de mi nuevo departamento no haya tambiĂ©n un nuevo vecino martillador (si no, algo peor)? Más aun, creo que lo más probable es que haya alguno, o algunos, porque estoy segura de que lo que me pasa a mĂ no es una excepciĂłn: decenas de miles de otras personas, centenares, dirĂa, padecen en esta ciudad, no tengo dudas, un martilleo semejante.
Todo esto se me hizo menos tolerable, más difĂcil todavĂa de aceptar, cuando vi lo rápido que demuelen paredes en esta pelĂcula. ÂżCĂłmo es posible? Un espacio enorme (creo que dicen de ochenta metros cuadrados, pero parece más), una larga pared enteramente demolida, a la que hay que sumar, si recuerdo bien, algunas otras menores; un trabajo de renovaciĂłn total que, en su aspecto destructivo, llevan adelante sĂłlo dos personas, y que no parece tomar más que unos pocos dĂas. ÂżSerá que mi vecino trabaja solo y apenas con un modesto martillo comĂşn, mientras que Eduard y Otto, incluso en 1975, incluso en la estrechez de medios con que se mueven, tenĂan una herramienta más sofisticada, ese martillo elĂ©ctrico con el que se los ve trabajando? No puede ser. No puede ser que alguien, a esta altura del siglo, en una ciudad como esta, no pueda acceder a una herramienta, dentro de todo, sencilla y usual, como un martillo demoledor de esos, y terminar con una pared en unas horas, o un dĂa. La hipĂłtesis del taller de trituraciĂłn se intensifica. Esto es para siempre.
Cuando empieza la pelĂcula, Charlotte tambiĂ©n cree que su matrimonio tendrá que durar para siempre; pero para ella eso no es ninguna especie de condena, ni de tortura diaria sin escapatoria. Eduard se siente un poco asĂ, parecerĂa (aunque en esta pelĂcula, como en otras de Thome, hay muchas cosas que no sabemos. Sabemos algunas cosas que nos cuentan los personajes, pero no siempre lo que dicen se parece a lo que vimos. A veces esa brecha nunca se cierra, otras, con el paso del tiempo, empezamos a ver, o a creer, que los personajes no mentĂan y que quizá tampoco habĂan estado confundidos; era sĂłlo que, por mucho que viĂ©ramos de sus vidas, habĂa otras cosas, y cosas importantes, que no sabĂamos, que no nos eran dichas ni mostradas. Las elipsis en esta pelĂcula son cosa seria –y, ay, si pudiera yo saber al menos de dĂłnde vienen los martillazos, y hablar con el vecino, y saber quĂ© va a pasar, quĂ© esperar…, pero no puedo, no lo consigo–), pero Charlotte, no. Para ella el matrimonio es algo que una vez que ha ocurrido, una vez que ha comprometido a dos personas, tiene la misma validez, la misma fuerza, de la vida: uno no puede renunciar asĂ como asĂ, o más bien no puede renunciar nunca, de ningĂşn modo. Todo lo que dice sobre la necesidad de buscar soluciones, de encontrar un modo de vivir juntos, ella y Eduard…, más aun, todo lo que dice acerca de que para ella, su vida con Ă©l era buena, aunque ya no se entendieran como antes, y ya no se desearan como antes (si es que alguna vez estas cosas habĂan existido realmente, algo que está entre lo que no sabemos bien), y aunque Ă©l insistiera en el divorcio —todo eso— sĂłlo se puede entender, creo, porque Charlotte no piensa el matrimonio como algo contingente, no cree, como solemos creer casi todos hoy (y tambiĂ©n en 1975), que antes que nada somos individuos, que nacemos libres y autosuficientes, que los lazos que nos unen a otros son puramente elegidos y del mismo modo, renunciables. Estoy segura de que Charlotte no pensaba asĂ. Y tampoco creo que para ella se tratara de aceptar mansamente un destino. Creo que su matrimonio —y seguramente todo matrimonio— era sentido y comprendido por ella como anterior a sĂ misma; como si en el momento de su uniĂłn con Eduard hubiera nacido una nueva Charlotte, inseparable ya de Ă©l, salvo al precio de una amputaciĂłn y de un extravĂo inconcebible. Por eso su resistencia al divorcio, a pesar de tantas cosas tan duras que Ă©l le dice, o le da a ver. (Además, ya sabemos, ella veĂa tambiĂ©n otras, que nosotros no). Y aunque las cosas no hayan continuado entre ellos como más podĂamos imaginarnos, no creo que el sentimiento de Charlotte haya cambiado –creo que sigue ahĂ, en lo que la pelĂcula no muestra, o calla, aunque esta vez me parece que deja entrever un poco.
(Es que el cultivo apasionado de la elipsis tiene su contraparte en la integridad, la redondez, de las escenas que hace que cada fragmento parezca un mundo completo, que nos hace creer, o comprender, que sĂłlo hay saber mirar y escuchar bien para encontrar las conexiones que nos faltan).
Como quizá ya habrán adivinado, esta es una versiĂłn de Las afinidades electivas, una versiĂłn con un final que, sin forzar las cosas, podrĂa decirse feliz —no tengo muy claro si gracias a una extrema racionalidad de todos los que participan de Ă©l, o de (lo que parecerĂa su opuesto, pero quizá no haya que oponer tanto) la extrema capacidad de todos de sentir el pulso de la vida y de aceptarlo para sĂ y para los demás—. Aceptar, por ejemplo, que las cosas no son para siempre (pero que no por eso hay que expulsarlas del corazĂłn), o que, como dijo anoche con voz dolorosa un comentarista de fĂştbol despuĂ©s de la Final del Mundo, “nadie puede vencer al tiempo”.
Para mĂ, puede que sean buenas noticias, puede que el vecino, tarde o temprano, deje de hacer retumbar su martillo en la cabecera de mi cama.
Vi esta pelĂcula hace menos de una semana, y parece que hubiera pasado una vida.
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Tagebuch, Rudolf Thome, 1975
146 minutos, República Federal Alemana, alemán








