Serenades the water and carries me anew.
A travĂ©s del cristal observo como las sombras se deslizan sobre nuestro jardĂn, se escabullen entre las puertas doradas de nuestro hogar para perderse en la más perpetua oscuridad. Hace horas que la noche se ha devorado al sol, lo sĂ© porque asĂ lo marca el reloj que acunan mis manos  pues, para mĂ, hace dĂas que no amanece. No soy capaz de distinguir entre la negrura impuesta por la naturaleza y la que se apodera de mi pensamiento desde su partida. <<ÂżPor quĂ©? ÂżPor quĂ© nos lo han arrebatado? >>,  me pregunto. La verdad es que no busco respuesta, lo que quiero es tenerlo nuevamente a mi lado. Lo que quiero es que abra sus párpados, quiero volver a ver esa adoraciĂłn de sus ojos azules y tambiĂ©n volver a escuchar su voz, aunque sea aparentando severidad para reprenderme.
—Allec…—susurró, tan pausado y bajo que no sé si realmente he pronunciado su nombre. Su nombre. La primer palabra que se escapo  de mis labios y que desde entonces se desliza por ellos con frecuencia, con demasiada quizá, he de confesar. No me gusta permitirme la inseguridad, mucho menos el miedo pero, ¿en quién  más confiar cuando sucede?  Es algo instintivo, él es protección, mi cuerpo y mi mente lo saben.  Su nombre, que como matra se eleva desde mi mente, para alejar todo mal pero, eta vez, la desdicha es abundante.
—Allectus— le llamĂł, de pie frente a puerta de doble hoja que separa nuestros dormitorios, luchando contra el nudo que se ha instalado en mi garganta y que amenaza con ahogarme. Espero, muy quieta. Intentando contenerme pero, no es suficiente. Las lagrimas corren por mis mejillas en contra de mi voluntad, siento el ardor de mis ojos disiparse conforme aquellas cristalinas gotas descienden y caen en picada sobre la bata de seda blanca que me envuelve. No logra protegerme del frĂo aunque nadie lo ha notado porque, pese a no soy capaz de contener mi llanto ni de mantener un semblante trĂ©mulo,  he sido capaz de controlar el temblor de mi hombros desde la ceremonia hasta este momento. Padre estarĂa orgulloso, su hija se ha visto hermosa, sosegada y perfecta incluso en su partida…. Pero ya no puedo más.  No he logrado dirigir la presidencia de Arcadius, ni tampoco he sido capaz de ayudar a Arcturus con la decoraciĂłn del mausoleo.  <<ÂżQuĂ© me está sucediendo?>>, me cuestiono. No es justo para mis hermanos.
—Allectus… Se quĂ© estás cansado…— intento reunir el valor para girar y marcharme, para afrontar la situaciĂłn como se espera que lo haga, como mi abuela me lo ha mostrado. —Perdona— logro excusarme y  darle la espalda a su puerta. Me centro en la mĂa, de molduras doradas y quien se encuentra al otro extremo de la estancia, la cual comienzo a cruzar, primero lento y despuĂ©s casi a la carrera.