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A Sensini, a Diego de Zama, a los suicidas, al silenciero, a Antonio Di Benedetto
Conocí Mendoza de chico y Mendoza en mi recuerdo, en ese primer encuentro, se reduce a una jirafa. Una jirafa hermosa a la que ni siquiera pude pensar encerrada. Una jirafa que esperé por años. Mis padres al ver mi fascinación me prometieron una, que nunca llegaba. Un derrotero kafkiano seguía el viaje de la jirafa. Trámites aduaneros, puertos cerrados, tormentas en el mar, porque venía en barco…a La Rioja. Fui y volví muchas veces a Mendoza en el transcurso del tiempo, pero fue en ocasión de mostrar mi colección de arte donde esas visitas se convirtieron en una cita obligada. Creo fue en 2018, nunca puedo recordar fechas ni números en general, caminé por la nave cultural y encontré unos cartelones de hierro oxidados que tenían grabados fragmentos de textos de Antonio Di Benedetto. Era una mañana fresca y mi peculiar sentido de la sociabilidad estaba pleno, había conocido en esos días muchos artistas que tanto Daniel Rueda como Mariano Fiore habían tenido la amabilidad de presentarme. Aquella mañana fue como si recuperara si no la felicidad, sí la energía: una energía que se parecía mucho al humor, un humor que se parecía mucho a la memoria. Recordé de golpe la jirafa y recordé la dedicatoria de Zama.
Nunca sabré si es nuestro destino latinoamericano o es algo más personal, no tan colectivo, lo que me hace tener una pequeña expectativa, que se debilita pero no se apaga. Una especie de esperanza chiquita, como que en algún momento lo que espero va a suceder. Seguramente eso me permite construir en mi cabeza y en la práctica una red de personas con intereses más o menos comunes, de los que puedo ser amigo o amigo potencial con los que puedo planificar proyectos. Andrei Fernández describió este fenómeno una noche en casa, como una poética del Noroeste y como me pareció entrañable, lo sumé a mi discurso. Cuando me preguntan qué mantiene nuestro hacer en regiones tan alejadas de los centros principales del arte, respondo que es nuestra necesidad de vincularnos con el otro, una necesidad muy interna del ser humano de no ser una isla. Mientras lo escribo, porque lo he manifestado muchas veces y ya lo tengo internalizado, veo por ahí alguna contradicción. Supongo que entrará en el capítulo “excepciones a las reglas” de las que nos hablan las ciencias duras. Disfruto muchísimo mi soledad y me encanta vincularme con pares y espero, espero, espero al amor de mi vida. Que si no se apura en aparecer, encontrará lo peor de mí, lo que viene quedando.
Si miro atrás no proyecto. Lo tengo en cuenta, pero avanzo. ¿Hacia dónde? No lo sé. O si lo sé y me hago el distraído. No entiendo mi hacer como artista, como coleccionista o como el rol que la gente necesite ubicarme para estar tranquila, sin el soporte ni la complicidad de los amigos. En una entrevista a Orson Wells le preguntaban, le exigían que explique por qué él siempre trabajaba con actores amigos. Respondió que él trabajaba con amigos porque para él eran los mejores. Bajo estas consigas, que obviamente las descubrí mucho después con el hacer, es que creo toma sentido mi colección y las actividades en Un Muro*.
Volver a Mendoza ya no es la Jirafa. Volver a Mendoza es caminar por calles por las que caminé con gente que quiero, personajes valientes y a la deriva. Es la montaña que se percibe más lejana que en mi aldea, pero imponente, protectora. Es la promesa del encuentro, son las charlas íntimas y profundas, las charlas grupales y divertidas, el vino, el zonda, el fantasma de Sensini, la ilusión de que Gregorio no esté muerto.
Al final, después que el niño rubio le ha salvado la vida, Zama le dice “No has crecido…”, y él responde “Tú tampoco”. Nadie vive en la espera, ella solo engendra víctimas.
Hugo Albrieu 14 de abril de 2024.














