Am I making you feel sick?
Como cada domingo, su presencia en la Iglesia formaba parte de un ritual que llevaba prolongándose tres décadas. Desde su asiento en la fila de en medio, Aelin escuchaba al cura dar su sermón diario, acompañada de sus padres y su hermano. Hacía tiempo —desde su regreso a casa, o quizá el ingreso en el psiquiátrico— que su fe había pasado a ser un escaparate, una costumbre que mantener por contentar a su familia y no realmente porque la sintiera.
Utilizaba el tiempo en la casa del dios foráneo para pensar, dejarse llevar por su mente y repasar algunas de las cosas que quería hacer durante el día. A veces, se encerraba tan dentro que terminaba a punto de tener un ataque de ansiedad solo por los recuerdos de su época en los marines. Otras, simplemente terminaba soñando con una vida que no podía conseguir tan rápido como le gustaría. No por falta de poder, sino más bien de realismo.
Fue en el momento de darse la paz, entre apretones de mano y besos en la mejilla de las personas que conocía y las que no, que una cara familiar y a la vez desconocida apareció para dejar un beso en el dorso de su mano. Sus labios ásperos hicieron que un escalofrío le recorriera la espalda, y una máscara de frialdad cubrió sus facciones.
—Que la paz sea contigo, Aelin —no le sorprendió que supiera su nombre, tampoco su localización, pero sí lo rápido que había acudido a ella una vez había dejado de ocultarse.
—Lo mismo digo —fijó su mirada en su rostro. No debería tener más de cincuenta años, su pelo y ojos seguían teniendo el mismo color oscuro y bronceado que su piel. Estaba más musculado, notó, tras la ropa. Era casi verano en Nueva York, las temperaturas habían subido y eso ocasionaba que la gente perdiera capas de ropa. Ella, por su parte, estaba encantada.
Supo que estaba recibiendo el mismo análisis visual mucho antes de volver a su rostro, motivo por el cuál se giró para hacerle una carantoña rápida a su hermano, apenas un aviso para avisarle de que iba a salir un rato.
—Esperadme en el restaurante —besó la mejilla de River y abandonó la fila de bancos por el lado más cercano a las columnas de piedra, buscando no llamar la atención a pesar de que la llamaba igualmente.
Una vez fuera, tras haberse despedido de varias personas que, como ella, se marchaban antes del final de la misa, se hizo a un lado y esperó a que volviera a aparecer. Las gafas de sol que hasta ahora descansaban sobre su cabeza, terminaron en sus ojos. Se hizo con el encendedor que tenía perdido por el bolso y sacó el paquete de tabaco fino que llevaba meses intentando dejar, pero era mejor ese vicio antes que otros.
Sus padres, desde luego, se lo agradecerían. O por lo menos, no la analizarían demasiado.
—Has vuelto —su marido también se protegía de Helios, pero sus gafas eran diferentes a las suyas. No eran tan ovaladas, ni tenían color más allá del negro. Siempre tan sobrio.
—Me alegro de que lo hayas notado —se colocó el cigarro entre los labios y lo encendió, jugando con el encendedor entre los dedos. No era nerviosismo, más bien eran ganas de salir de esa situación tan incómoda—. Has tardado menos de lo que pensaba.
—Estaba ocupado.
Ella enarcó una ceja. No era gracioso, nunca lo había sido. Era, de hecho, la persona más insulsa que conocía. Siempre había tenido un ranking de quiénes en el Olimpo le habían caído en gracia, y quiénes le habían parecido graciosos. Él no entraba ni en el top diez. Además, su cara era difícil de mirar. Aunque para los estándares de hoy en día pudiera resultar moderadamente atractivo.
—Ya.
—Los otros también te sentirán.
—Probablemente lleven meses sabiendo dónde estoy —se encogió de hombros. Si Eros lo sabía y no había acudido a ella, le mataría despacio. Haría que sangrara y después le arrojaría a Cerbero para que Perséfone pudiera disfrutar de su tiempo con su hijo.
—Nuestro hermano.
—Ajá —le dio una calada al cigarro, después sacudió la ceniza con un golpe directo en la boquilla del cigarro. Sabía que la quería, que lo único que llevaba siglos buscando era su amor incondicional y una devoción que no podía ofrecerle, pero no podía corresponderle. Nunca lo había hecho—. ¿Qué quieres?
Hubo un silencio prolongado, antes de que expulsara las palabras que ya había escuchado en otra ocasión. Otro burdo intento de reclamarla como suya, aún sabiendo que no lo sería jamás. Contuvo un suspiro.
—Hay rumores. Algunos están volviendo. Hubo una tormenta eléctrica hace algunos meses, y en el plano onírico de Sueño vuelve a haber movimiento.
—Ese no es problema mío, cielo.
Cerró el bolso tras guardar el mechero, haciendo el amago de marcharse, cuando él se acercó para tomarla del brazo. Afrodita enarcó una de sus cejas.
—¿Qué te hace pensar que estás a salvo de Zeus?
Fue su turno de acercarse, girándose para observarle mejor. Una de las comisuras de sus labios se elevó hacia arriba, con sorna.
—¿Qué te hace pensar que lo estás tú? —con elegancia, le apartó la mano de su brazo, y después se limpió la zona con un gesto—. Olvídalo, no va a pasar.
—Tienes que volver a casa.
—Hemos tenido esta conversación antes, en diferentes épocas, en diferentes cuerpos. La respuesta siempre es la misma.
—¿No entiendes que puedo protegerte? Está loco.
Puso los ojos en blanco, a pesar de que no pudiera verlos.
—¿No te has enterado? Es el siglo XXI. Las mujeres luchan por sí mismas. Me las apañaré.














