Wordvember X: La suma de las ausencias.
El cuerpo yacía en una posición innatural. Jaehaera había caído, o había sido arrojada, desde lo más alto del Fortín de Maegor. Aegon no lo sabía. Y de hecho, le daba igual, como casi todo. Su mirada estaba perdida en el cadáver quebrado, y una lágrima se le escapó. Otra lágrima, como otra gota de sangre en su cuenta.
Palehair se limitó a pasar un brazo sobre su hombro. No dijo nada. Ninguno de los dos dijo nada. Pero Aegon agradeció, aunque solo fuese con un mínimo gesto, el abrazo que tanto necesitaba, la compañía de su único amigo.
Gaemon Palehair era el hijo bastardo de Aegon II. Proclamado rey en Desembarco al final de la Danza, su propio padre ejecutó a su madre y a punto estuvo de colgarlo a él mismo, pero en el último momento, fue incapaz de matar a su vástago.
Sin saber qué hacer con él, Gaemon fue tomado como escudero, aunque quizás fuese más acertado decir rehén. Así conoció a otro Aegon, el hijo de Rhaenyra. Intentó entablar amistad con él, pero fue imposible. El niño estaba totalmente cerrado en sí mismo.
Como si esto no fuera suficiente, Aegon II murió al poco tiempo, aún no está claro si víctima de sus heridas o del veneno. Así que el niño taciturno subió al Trono de Hierro. Si contactar con él antes era difícil, ahora era prácticamente imposible. Pero Gaemon no se rendía fácilmente. Solo los Siete saben cuánto le costó, pero llegó a servir personalmente en la cámara del rey, y progresivamente, se fue acercando a él.
Acercarse a Aegon III era enfrentarse a una muralla de silencios hoscos y miradas huidizas. Pero gesto amable a gesto amable, entre susurros cómplices y muestras de comprensión, la armadura emocional del joven comenzó a resquebrajarse.
Un día, mientras Gaemon retiraba la comida de Aegon, le preguntó por el motivo de esa cara larga. Y fue como la retirada de un dique. Aegon prorrumpió en lágrimas, y dejó que el veneno que corroía su alma saliera a la luz.
Desde pequeño, la violencia: los empalados de Desembarco del Rey, la caída de Daemon, la muerte de Rhaenyra. Ella lo había sido todo para él. Siempre tan fuerte, la dragona que protegía a su cría. El bastión en el que siempre podía apoyarse. Y aquel día vio como el bastión era quebrado, reducido a nada. Aquel día todo perdió sentido. Después llegó la esclavitud. Primero prisionero de Aegon II, después de aquel Trono monstruoso y frío, siempre afilado, siempre cortante.
Gaemon fue su único confidente. Solo él supo las emociones variadas que produjo en él la idea del matrimonio. Ella era sólo una niña de ocho años, pero sabía que pronto crecería. Ante esto, el joven se dividía entre el miedo y el deseo. Nunca antes se había planteado como sería la compañía femenina. Tampoco era algo que le interesara mucho.
Gaemon le proponía probar todo aquello que se le ofreciera. “Tienes aún muchos años por delante para probar... Y si lo que quieres es yacer con alguna, hay mucha dispuesta a levantar las faldas bien rápido”, le decía, con su acento marcado del Lecho de Pulgas. Aegon sólo contestaba con un esbozo de sonrisa y un murmullo desmayado.
Pero habían decidido por él, y ahora ella estaba tirada entre las picas de acero, com un grotesco muñeco roto. La gente se reunía en torno, y los dos amigos se retiraron, mientras se llevaban el cuerpo de la pequeña reina.
Si la pena se cebó en el corazón de Aegon, o si una muerte más poco le importó, sólo Gaemon y el propio Aegon lo sabrían. Ante los ojos de la corte, el rey permaneció igual de sombrío que siempre, envuelto en sus vestiduras negras.
El Consejo de Regencia pronto buscó una nueva esposa para Aegon. La nueva elegida fue una Velaryon. Daenera Velaryon era algo mayor que Aegon, y era una joven amable y comprensiva, que fue capaz de entender como casi nadie las necesidades del Targaryen.
Los festejos para la segunda unión de Aegon fueron magníficos, como correspondía al Rey de los Siete Reinos. El banquete, como no puede ser de otra manera, se extendió casi todo el día. Cantaron los bardos y juglares, hicieron reír con agudezas y torpezas los bufones, y corrieron generosas las bebidas y la comida.
Gaemon estaba sentado junto a los novios, y avanzado el banquete, tomó la vieja costumbre de beber del mismo vaso que Aegon. Aquello no era nada nuevo, de hecho, habitualmente comían y bebían juntos, y algún maledicente hasta aseguró que compartían lecho.
Pero aquella vez fue diferente. Palehair comenzó a toser. Al principio nadie le dio importancia, pero la tos arreciaba, y Gaemon se estaba poniendo rojo. El rey le empezó a golpear la espalda, pero en vano. Con las manos crispadas, Gaemon se abrió el cuello del jubón, mostrando los músculos del cuello, tensos como la cuerda de un laúd, duros como la piedra. Su rostro seguía oscureciéndose, y cayó redondo al suelo entre espasmos. Aegon le recogió, pero nada de lo que hizo pudo evitarlo. El hombre que se había convertido en uno de los pilares de su vida acababa de morir en sus brazos.