Si bien nos damos cuenta vivimos en un tiempo diferido. El tiempo de nuestros actos no está en un presente absoluto. Vivimos en un pasado otorgado por las milésimas de segundo necesarias para que podamos darnos cuenta (que el evento ese llegue a nuestra consciencia) de aquello que nos sucede.
Trataré de explicarme. El suceso que me llevó a esta conclusión viene dado por un accidente automovilístico del que me quise librar al momento mismo en que éste pasó. Voy manejando, el auto de adelante se para bruscamente. Yo aprecio eso y pienso inmediatamente que no sucederá nada. Pero no se alcanza a detener bien mi auto y continúa. Yo aprecio eso y pienso... Mi carro choca con la defensa del de adelante. Yo aprecio eso... Mi cuerpo continúa moviéndose hacia adelante y es detenido por el cinturón de seguridad. Yo aprecio... Y así continúan los pequeños sucesos que conforman ya los habituales choques automovilísticos y yo apreciando esos cachitos de la realidad. En cada apreciación hay un pensamiento que piensa en el acontecimiento sucedido y, aunque tal pensamiento es inmediato, ya tomó una fracción de tiempo en hacerse, con lo cual comienzo a alejarme del momento presente en que sucedieron las cosas. Ahí es donde me doy cuenta de que no vivimos en un presente absoluto.
Sin embargo, yo creo que ese momento absoluto sí puede llegar a darse cuando no pensemos en lo vivido inmediato, es decir, cuando muramos y ya no haya tiempo para los "yo aprecio", entonces sí accederemos a ese presente absoluto que tal vez sea el verdadero acceso a lo eterno.