No tenĂa respuesta. No una concreta al menos a porque habĂa decidido comprar sĂłlo un pasaje de ida.
Lo que sĂ tenĂa era un trabajo que le gustaba y le hacĂa sentir Ăștil, aunque no era exactamente lo que querĂa hacer. VivĂa tambiĂ©n en una ciudad que amaba, sin embargo, los Ășltimos meses la rechazaba como un cuerpo estĂĄ destinado a rechazar un transplante. PodĂa jurar que las noches que pasaba sola en la terraza de su nuevo edificio, acunada por los ruidos tĂpicos de una Nueva York con insomnio, las bocinas, el zumbido de la electricidad, las voces lejanas... todo aquello parecĂa siempre estar susurrĂĄndole "vete, no perteneces", y Lucy, por mucho que quisiera ignorarlo, no podĂa.
Los tres Ășltimos meses del año, intuĂa, se convertirĂan en los mĂĄs difĂciles para ella. Y huir no era lo mejor, lo sabĂa, pero se sentĂa atrapada, y desesperada... y triste, y sola. Aunque eso Ășltimo no irĂa a admitirlo; no tenĂa a quiĂ©n.
Eso es lo que sucede cuando haces hogares de personas, una vez que se van, no tienes a dĂłnde regresar. Se reĂa, a veces, cuando se encontraba a sĂ misma ponderando sobre el tema, como si fuera ajeno, como si no hubiese sido su hogar el que ardiĂł en llamas de la noche a la mañana, dejĂĄndola con lo puesto en la calle, quitĂĄndole los cimientos que habĂa trabajado duro para hacerse. Se veĂa como a una pintura: ella, de espaldas, con los gatos y un par de tĂtulos, que no le valĂan nada.
En su dĂas buenos, revisaba sus mecanismos de defensa y compartimentaba todo aquello con lo que no se sentĂa lista aĂșn para lidiar. Sin embargo, los dĂas particularmente malos, las cosas que empujaba y trataba de mantener a la orilla, se le terminaban por abalanzar, destrozando su compostura en un abrir y cerrar de ojos. Recoger sus pedazos, entonces, se suponĂa una tarea imposible. Huir se convertĂa en la opciĂłn mĂĄs viable para mantener la cordura.
RecordĂł cuando le dijo que la soledad no le sentaba, que se agobiaba sola y tenĂa tendencias autodestructivas. Las lĂĄgrimas no tardaron en atentar a rebalsarle los ojos, pero ninguna cayĂł. Se convirtieron rĂĄpidamente en aquel nudo, mĂĄs bien piedra, que le hacĂa peso en la boca del estĂłmago. No querĂa admitir que aquello le habĂa dolido la primera vez que se lo dijo, y aĂșn mĂĄs ahora cuando podĂa ver con claridad que lo decĂa era cierto. Como si hubiese estado hablĂĄndole de esa versiĂłn de sĂ misma, como si al momento de responderle hubiese estado haciĂ©ndolo mirando a una Lucy dos años a futuro.











