El amor no es suficiente.
El otro día dejaste tu celular sin clave sobre la mesita de noche. Entraste al baño, a darte una ducha, y notaste que no lo traías. Cuando saliste, me miraste. Creo que pensabas encontrarme con él en la mano, aprovechando tu descuido para hurgarlo. No lo hice. En lugar de eso estaba, como siempre, soñando despierta con mi vista fija en el techo, ahí, acostada en la cama. Días después, me pediste prestado mi portátil para revisar tus redes sociales. Se te pasó el tiempo y saliste de prisa, dejando todas las sesiones abiertas. Las cerré sin titubear. La semana pasada me dijiste que hacía algún tiempo no te veías con tus amigos. Te pregunté la razón, y te animé a que les escribieras para que acordaran encontrarse. Antes de salir, me aseguraste que sería cosa de pocas horas, que llegarías a casa justo para vernos varios episodios de nuestra serie favorita. Se hizo tarde y no llegabas, así que te escribí un mensaje diciéndote que esperaba que se estuvieran divirtiendo mucho, que te cuidaras, que mañana nos veríamos. Y me quedé dormida al instante. Ayer me pediste que habláramos. Tus ojos se veían tristes, apagados. Me preocupé. Pensé que tenías problemas en el trabajo, o que te sentías mal de salud. En lugar de eso me preguntaste si me sentía bien contigo, si te quería, si quería seguir junto a ti. No me esperaba ninguna de estas preguntas, por lo que fruncí el ceño mientras intentaba comprender. Tú aprovechaste mi silencio para confesarme que habías notado lo del celular, lo de tus redes sociales, lo de mi indiferencia porque no habías llegado a estar conmigo aquel día. -¿Indiferencia?- te pregunté- ¿Eso crees que significan mis acciones? Ay, mi amor -te respondí condescendiente mientras tocaba tu cara con ternura- lamento que te hayan dañado haciéndote creer que la desconfianza, los celos y la posesividad eran amor. No lo son. Mi cielo -te seguí diciendo suavemente-, la paz y la tranquilidad no tienen precio. Eso quiero sentir contigo, eso quiero ofrecerte. Si no confiara en ti, no estaría contigo: he aprendido que el amor por sí solo no es suficiente. También comprendí que si queremos un “para siempre” que nos dure toda la vida, no podemos asfixiarnos, y eso pasará irremediablemente si nos adueñamos de todo nuestro tiempo, de todo nuestro espacio.
No necesito saber tus claves, tus contraseñas, no necesito que cambies tu estado de soltero a “en una relación” conmigo, ni que tengas una foto juntos en cada rincón de tus perfiles. Eso no me dice nada, no me demuestra nada.
Necesito que ames mis rarezas, que no quieras cambiarme, que salgamos los sábados y te quedes los domingos, que me apoyes en mis sueños y me hagas parte de los tuyos, que creas en mí. Yo haré lo mismo contigo.
Eso sí que será un “y vivieron felices para siempre”.
- Psicotinta.












