El “Nosotros” Que Fue Borrado
[Trama Principal B: El Campo de Batalla a la Luz de la Luna, Estrellas en las Puntas de los Dedos]
“El ‘Nosotros’ Que Fue Borrado”
Cor Hoshino pensó que simplemente estaba cansada de leer.
La información enviada por espías de Wutai ocultos en Midgar, los movimientos internos de Shinra, cómo los medios volvían a imponer nuevas acusaciones sobre Wutai mientras glorificaban al joven nuevo presidente que acababa de asumir Shinra… línea tras línea le provocaba dolor de cabeza.
Apartó los documentos y se masajeó las sienes, pensando que solo se acostaría un momento.
Cuando volvió a abrir los ojos, ya no estaba dentro de su antigua residencia de Wutai.
No había tatamis bajo sus pies, ni los árboles familiares del jardín, ni campanillas de viento al otro lado de la ventana.
Solo un vasto espacio suspendido en algún punto entre el agua y la luz de las estrellas, donde corrientes verde luminosas fluían lentamente a lo lejos, como rastros dejados por incontables seres vivos.
Cor Hoshino guardó silencio un momento.
Incluso al decirlo en voz alta, ella misma sintió que no encajaba del todo.
Porque Sesame Paste estaba cerca, sus plumas negras meciéndose suavemente dentro de la corriente de luz mientras picoteaba con calma un suelo inexistente, con una tranquilidad incluso mayor que la suya.
Si hasta los chocobos podían venir después de la muerte, entonces las reglas del planeta eran demasiado casuales.
Bajó la mirada hacia sí misma y se dio cuenta de que su ropa había cambiado.
No era la ropa casual que llevaba antes de dormir, ni los ropajes carmesí que una vez prefirió.
Una tela blanca se ajustaba a su figura, con bordados dorados extendiéndose por el cuello y las mangas como vestiduras ceremoniales de algún rito antiguo y solemne.
El manto sobre sus hombros era ligero, pero tenía peso; sus broches dorados reflejaban la radiancia que fluía a su alrededor.
Entonces notó el arma en su mano.
Larga, equilibrada, con una hoja blanco frío, adornada con elaborados grabados de rosas demasiado elegantes para un arma destinada solo a matar.
Pero al sostenerla, no sintió la menor extrañeza, como si aquel objeto le hubiera pertenecido desde siempre.
Desde la derrota de Wutai, no había empuñado un arma de verdad en siete años.
Durante esos años, creyó que ya no tenía relación con los campos de batalla.
Se dedicó a la reconstrucción, las negociaciones, calmar a los viejos clanes, maniobrar contra el nuevo régimen, esperar oportunidades, abrir camino para Yuffie… Aprendió a proteger lo que quedaba mediante palabras, silencio, estrategia y pensamiento.
Y ahora, estaba aquí otra vez.
Podía sentirse una batalla en la distancia.
No era un campo de batalla del mundo de los vivos. No había humo, pero podía sentir seres que ya no pertenecían al reino mortal luchando contra alguna existencia inmensa.
Algunas presencias eran gentiles, otras ardientes, otras firmes, y otras pesadas con culpa y obsesión.
Cada una se sentía como alguien ya muerto, pero que aún se negaba a marcharse de verdad.
No sabía por quién había venido.
No por Wutai. No por Yuffie. No por Cloud y los demás. Ni siquiera por el Planeta.
Ella siempre había sido alguien de lealtades claras, alguien que sabía exactamente dónde estaba, qué debía proteger y qué debía abandonar.
Wutai, familia, guerra… incluso el amor. Nunca le había gustado que otros la empujaran a avanzar.
Pero esta vez, algo más profundo la había llamado.
No un círculo de invocación. No una orden. No un juramento.
Solo una atracción encendiéndose en algún lugar profundo de su sangre, en el núcleo de su alma.
Como hace mucho tiempo, cuando alguien más había escuchado la misma señal de auxilio y cruzado estrellas lejanas para responderla.
Apretó la lanza con fuerza.
Si la habían llamado aquí, entonces simplemente haría primero lo que debía hacerse.
Cuando vio a Sephiroth, su primera reacción no fue sorpresa, sino un comentario inmediato:
“Qué se supone que llevas puesto?”
Frunciendo el ceño, su mirada recorrió la decoración demasiado ornamentada sobre su hombro, bajando hacia las hombreras de plumas negras, la capa, el abrigo y las mangas sueltas.
Nada parecido al uniforme de SOLDIER que recordaba, ni al hombre de cabello plateado de pie entre humo y fuego.
Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera detenerlas.
Y fue ella quien se quedó inmóvil primero.
Ese tono le había salido con demasiada naturalidad. Como si aún estuvieran de pie al borde de algún campo de batalla, donde ella criticaría como siempre al héroe enemigo, y él simplemente bajaría la mirada hacia ella con aquella expresión apenas impotente y complaciente.
Entonces la realidad cayó sobre ella.
La persona a la que antes podía hacer pucheros y burlarse de esa manera ya no estaba.
El chico que solía tirar de ella para ponerla detrás de él en medio del caos, antes de que ella siquiera tuviera tiempo de maldecir el peligro.
El joven que celebró su cumpleaños bajo los árboles de ginkgo y colocó torpemente un pasador en su cabello.
El amante que la sostenía por las noches, respirando de forma irregular mientras se contenía una y otra vez.
Esa persona había muerto en el instante en que ella le gritó “monstruo” con los ojos enrojecidos antes de que terminara la guerra.
Lentamente, retiró su expresión y apartó la mirada.
“Así que realmente es verdad.”
Sephiroth la miró sin sorpresa ni vacilación. Solo detuvo la mirada en ella un poco más que en los demás.
Todavía no había cambiado por completo.
Aún había luz estelar en esos ojos. Una vez llamativos, afilados y demasiado orgullosos para inclinarse, ahora parecían brasas enterradas bajo ceniza.
En su memoria, ella seguía siendo una coordenada precisa.
Una coordenada de cuando él aún era humano.
Ese periodo había existido.
Al mirarla, su voz era tranquila, como si hablara de un registro archivado desde hacía mucho.
Luego habló de muchas cosas.
La Corriente Vital. Posibilidades. La herencia del Planeta. Un nuevo mundo.
Sus palabras descendían como algo de otra dimensión, frías e inmensas, completamente distintas del lenguaje que ella había conocido.
Pero había varios términos que sí entendió.
Materia Negra. Meteorito. El Planeta. La Corriente Vital. Dominio. Dios.
Yuffie, Cloud… las cosas de las que habían hablado no eran exageraciones.
Él realmente pensaba hacerlo.
Se había transformado en algo de un plano de existencia completamente distinto, mucho más allá de cualquier cosa que ella pudiera haber imaginado.
Se había empujado a sí mismo hacia un lugar del que ya no tenía intención de regresar.
La voz de Sephiroth permaneció serena.
“Dentro de la Corriente Vital, presencié muchas posibilidades.”
Sus ojos se posaron en ella.
Los hombros de Cor se tensaron ligeramente, sus dedos se curvaron por instinto.
“En algunas posibilidades, la guerra entre Shinra y Wutai terminó de otro modo. Por el bien de un acuerdo de alto el fuego, fuiste enviada a Shinra en un matrimonio político. Yo me ofrecí como novio.”
Su respiración se detuvo.
Sephiroth hablaba como si relatara una historia ajena a sí mismo.
“En la boda en Junon, te protegí de quienes intentaban utilizarte. Después… correspondiste mis sentimientos.”
“En otra posibilidad, Wutai nunca fue derrotado. Después de la guerra, fui al Templo de Leviathan como prometí, y nos casamos allí, bajo la bendición del guerrero Da Chao.”
Los labios de Cor se entreabrieron ligeramente, pero no salió ningún sonido.
“Hubo otros futuros. Descubrí la verdad, pero no elegí este camino.”
“Junto a Angeal, Genesis, Zack y muchos otros, derrocamos a Shinra.”
Cada frase atravesaba su corazón como cuchillas frías.
Porque aquellos futuros eran demasiado hermosos. Y porque él hablaba de ellos con demasiada calma.
Con calma… como si leyera informes ya considerados insuficientes.
Cor lo miró durante mucho tiempo antes de encontrar por fin su voz.
“Entonces lo viste todo.”
Su voz era suave, pero llevaba rastros de acusación.
“Sabías qué clase de vidas podríamos haber vivido… y aun así elegiste este camino.”
“Eran meras posibilidades. Las posibilidades no merecen existir por sí mismas.”
Sus pupilas se contrajeron ligeramente.
Él añadió: “Esos futuros estaban incompletos. No eran la solución óptima. Por lo tanto, serán borrados.”
En ese instante, algo golpeó a Cor de frente.
Él los había visto todos.
Y aun así había elegido descartarlos.
Había contemplado aquellos caminos, los había sopesado cuidadosamente, y al final los había abandonado.
De pronto, un zumbido llenó sus oídos, como si todos los sonidos de la existencia hubieran sido tragados por la lejana Corriente Vital.
Ya no podía oír si Sephiroth seguía hablando.
Algo invisible le aplastó el pecho, impidiendo que el aire entrara, impidiendo que su garganta produjera sonido. Su corazón golpeaba pesadamente contra sus tímpanos, hasta hacer que su propia respiración le pareciera extraña.
Durante años, ella había encontrado excusas para él.
La soledad lo consumió porque nadie pudo salvarlo.
Perdió la cordura en Nibelheim.
Durante mucho tiempo, incluso temió que quizá su propia palabra, “monstruo”, lo hubiera empujado más lejos.
Si no lo hubiera gritado aquel día.
Si no se hubiera dado la vuelta.
Si no hubiera alzado su gunlance y cargado contra él.
Si hubiera vuelto la vista hacia él en aquel puente.
Si alguien más en Nibelheim hubiera logrado alcanzarlo.
Quizá las cosas habrían sido distintas.
Ese pensamiento la atormentó durante años. Creía que todo su dolor al menos tenía un lugar donde descansar.
Pero ahora, él le decía personalmente:
Aquellos futuros donde no se perdían el uno al otro.
Aquellos futuros donde él aún elegía vivir, amar, permanecer entre los humanos.
Aquellos futuros que ella pensó que solo existían dentro de su arrepentimiento.
Él había visto cada uno de ellos.
Y aun así eligió este camino.
El dolor llegó tarde, pero fue lo bastante pesado como para aplastar el alma.
En esta vida… de verdad era imposible.
La derrota, Wutai, Shinra, su separación de entonces… todas las razones que había usado una y otra vez para torturarse perdieron de pronto todo peso.
El Sephiroth ante ella ya no elegía ese camino.
Tampoco la elegía a ella, ni su futuro.
Bajó los ojos. Después de un largo rato, obligó poco a poco al dolor alojado en su pecho a descender.
Las palabras salieron lentamente de sus labios, como si por fin estuviera sellando con sus propias manos el ataúd de cierto futuro.
Cuando volvió a alzar la mirada, el dolor seguía allí, pero ya no estaba disperso.
“Entonces para qué me cuentas todo esto?”
“Porque mereces presenciar el nuevo mundo.”
Alzó ligeramente la mano, y la lejana Corriente Vital se agitó con violencia.
“Cuando el Planeta renazca, podrás estar a mi lado.”
Cor lo miró en silencio. Durante mucho tiempo.
Entonces, finalmente inclinó la cabeza y soltó una risa suave, como si por fin hubiera visto a través de algo.
“Sigues siendo tan arrogante. Tú no decides eso por mí.”
Apretó la lanza con fuerza.
Por fin entendió por qué había sido llamada aquí.
Por los Sephiroths de esas líneas temporales que aún elegían vivir.
Los Sephiroths que no habían abandonado la humanidad ni aplastado todos los futuros bajo sus pies.
Y por las Cor Hoshino que habían vivido vidas completamente distintas junto a ellos. Aquellas posibilidades donde “él y ella” seguían adelante.
No podía recuperar esas vidas. Tampoco podía devolver a ellas al hombre ante ella.
Pero al menos, no podía permitir que él las borrara todas como datos defectuosos.
“Esas posibilidades fueron reales,” dijo. “Puedes destruirlas.”
El calor subió hasta sus párpados, pero lo reprimió a la fuerza.
Cuando abrió los ojos otra vez, la luz estelar en ellos seguía brillando.
Por el rabillo del ojo, notó la enorme presencia reformándose en la distancia.
Lentamente, elevó la punta de su lanza.
“Pero esas posibilidades… esos ‘nosotros’. Yo los protegeré.”
Durante ese único instante, realmente se detuvo.
Un recuerdo emergió desde un rincón archivado hacía mucho.
Aquella chica wutaiana que una vez lo maldijo empuñando una gunlance en el campo de batalla, al final, aún había elegido ponerse en su contra.
Bajó ligeramente la mirada.
Al instante siguiente, su figura desapareció en la Corriente Vital agitada.
Cor no miró hacia la dirección en la que desapareció.
En su lugar, se volvió, con la lanza apuntando al frente.
Sus piernas se ajustaron contra los costados de Sesame Paste mientras cargaba hacia el Weapon Majeure recién reformado.
Cor Hoshino abrió los ojos de golpe.
La luz del sol más allá de las ventanas de papel era casi dolorosamente brillante, y la casa estaba tan silenciosa que solo podía oír el viento atravesar los carillones bajo el corredor.
Estaba sentada sobre el tatami, con los informes de inteligencia que había estado leyendo todavía a su lado.
Midgar, Shinra, los medios, Wutai… la escritura densa seguía ante sus ojos, pero tardó bastante en recordar que solo había querido descansar un momento.
Se había quedado dormida?
Apoyando una mano en la frente, intentó recordarlo, pero su mente estaba completamente en blanco.
Sin paisajes. Sin voces. Sin rostros.
Solo quedaba una sacudida indescriptible, como si algo hubiera quedado atrás en un lugar para siempre fuera de su alcance.
De pronto, desde el patio inferior resonó el grito inquieto del chocobo.
Sobresaltada, se levantó de inmediato y bajó las escaleras.
En el patio, Karasu acababa de volver del taller y trataba de calmar a Sesame Paste mientras sostenía un montón de planos.
“Hermana, estás despierta?” Se volvió, frunciendo el ceño. “Sesame Paste empezó a gritar de repente. No suele dormir a esta hora? Tuvo una pesadilla o algo?”
Sesame Paste sacudió sus plumas negras y volvió a emitir un suave llamado.
Ya no era joven. Sus plumas ya no brillaban con el mismo esplendor juvenil, y había menos arrogancia en su manera de moverse, pero seguía sano y lleno de energía, todavía era el Sesame Paste que ella conocía.
Cor se sentó bajo el corredor y presionó suavemente su cabeza contra su hombro.
“Ya, ya. Está bien.” Acarició sus plumas con suavidad una y otra vez, con la voz baja. “Estoy aquí. Por qué estás tan alterado?”
Como si la entendiera, Sesame Paste se acercó más.
Como si ambos hubieran experimentado algo juntos de verdad.
Karasu la miró confundido.
“Hermana, tienes muy mala cara. Dormiste mal?”
Cor quiso decir que estaba bien, pero las palabras se detuvieron a medio camino.
Porque realmente se sentía fatal.
Le dolían los brazos. Le dolían los hombros. Le dolía la espalda.
Especialmente el brazo derecho, que dolía como si hubiera blandido un arma pesada durante mucho tiempo. Incluso los nudillos se sentían rígidos, como si hubieran apretado con fuerza un arma larga.
Todo su cuerpo se sentía como si hubiera librado una enorme batalla.
Ya tenía más de treinta años. No era como si nunca hubiera estado agotada antes, pero despertar de una siesta sintiéndose así era absurdo.
Bajó la mirada hacia sus manos vacías.
Y aun así, de algún modo, todavía sentía como si hubiera estado sosteniendo algo.
“…Quizá dormí en mala postura,” dijo con naturalidad.
Karasu no pareció convencido y murmuró algunas quejas sobre que se estaba volviendo una abuela antes de llevar los planos de regreso al interior.
El patio volvió a quedar en silencio.
Solo Feimui se acercó lentamente, su cuerpo redondo de color marrón claro acompañado de maullidos suaves y mimados, y del constante balanceo de su cola corta.
Con una mano rascaba bajo la barbilla de Feimui, mientras con la otra seguía peinando lentamente las plumas negras de Sesame Paste, una y otra vez, como si los calmara… y se calmara a sí misma.
Pero el lugar que realmente dolía no era su cuerpo.
Sentía como si le hubieran arrancado un enorme pedazo del pecho.
No podía explicar qué había perdido, ni siquiera podía recordar qué había soñado, y aun así su pecho dolía de vacío.
Como si la última brizna de esperanza, la última expectativa, hubiera sido arrancada de raíz mientras dormía.
Todos estos años, sabía que debía dejar de pensar en él.
La guerra había terminado. Wutai se había rendido.
Y él hacía mucho que se había ido a un lugar imposiblemente lejano.
Pero el corazón humano a veces era ridículo. Por más racional que uno hablara, por más estable que viviera, en lo más profundo siempre quedaba una chispa diminuta.
Quizá algún día, él volvería la vista atrás.
Quizá algún día, la verdad tendría otra explicación.
Quizá algún día, ella sabría que él no había elegido por completo aquel camino por voluntad propia.
Pero esa chispa siempre había permanecido.
Y ahora, después de dormir una vez, se había apagado.
Cor bajó los ojos, con el pecho tan pesado que apenas podía respirar.
Sintiendo su inquietud, Sesame Paste empujó suavemente su mano.
Ella se detuvo y luego forzó una pequeña sonrisa.
Su voz era tan firme que casi ella misma lo creyó.
Acarició otra vez la cabeza de Sesame Paste y alzó los ojos hacia el cielo sobre el patio.
La luz de la tarde era clara, y las nubes avanzaban lentamente más allá de los viejos tejados de Wutai.
Feimui se apoyó contra su muslo y se quedó dormida poco a poco, su cuerpo redondo respirando cada vez con más regularidad.
Seguía sin recordar nada.
Solo sabía que, en algún lugar más allá de su conciencia, más allá de su memoria…
Algo había terminado por completo.
La figura de Sephiroth volvió a desaparecer en la Corriente Vital.
La derrota de Weapon Majeure no lo sacudió.
Corrientes de luz surgían a su alrededor mientras recuerdos interminables, muertes, divergencias y posibilidades fluían a ambos lados.
Bajó las pestañas, como si contemplara una carta cósmica desplegada ya hasta su límite más lejano.
Las ramas fallidas serán filtradas.
Las posibilidades erróneas serán descartadas.
La dirección actual solo demostraba algo con mayor claridad.
La línea temporal donde existía Cloud era la verdaderamente correcta.
Precisamente por eso tantas personas se habían reunido aquí.
Aerith, Zack, Angeal, el trío de Glenn, Rosen… Incluso Cloud y los demás que aún vivían, junto con Cor Hoshino que acababa de aparecer…
Todos aquellos que alguna vez se cruzaron con él, todos los que alguna vez intentaron alterar su dirección, parecían ser atraídos de vuelta a este camino por una fuerza invisible.
Y cuanto más ocurría esto, más valioso se volvía ese camino, digno de convertirse en el eje que él tomaría con sus propias manos.
Pero en lo profundo de la Corriente Vital, aún quedaba un vacío.
Ese vacío existía desde hacía mucho tiempo.
Dentro de la Corriente Vital, Sephiroth había presenciado una vez la convergencia de toda vida y memoria.
También había visto a miembros de la familia Hoshino.
Los vio cerrar los ojos por vejez o enfermedad.
Vio sus cuerpos regresar al Planeta como energía. Vio los recuerdos de sus vidas disolverse en estas corrientes de luz.
Alegría, ira, batalla, bodas, familia, festivales, muerte… Todas esas huellas permanecían dentro del Planeta.
Aquello que podía llamarse espíritu, voluntad, la esencia del alma, nunca se hundía realmente en la Corriente Vital.
Era como si el cuerpo y los recuerdos fueran aceptados por el Planeta, pero el núcleo más interno se desprendiera del ciclo en el último instante.
Más extraño aún, no era solo la familia Hoshino.
También había visto personas sin sangre Hoshino en absoluto.
Cónyuges. Compañeros más cercanos. Aquellos que habían luchado a su lado hasta el final…
A través de los recuerdos que dejaron, era evidente que habían formado vínculos profundos con ciertos miembros de la familia Hoshino durante la vida.
Después de la muerte, ellos tampoco regresaron por completo.
La Corriente Vital aceptó solo una parte de ellos. El núcleo más profundo permaneció desconectado.
En otras posibilidades que observó, las líneas temporales donde él y Cor Hoshino se amaron mostraban el mismo fenómeno.
El cuerpo de Cor regresó al Planeta. Sus recuerdos permanecieron dentro de la radiancia de la Corriente Vital…
Pero su núcleo desapareció.
Dentro de esas posibilidades, él mismo era igual.
El Sephiroth que pasó toda una vida con ella, viajó con hijos, derrocó a Shinra junto a Angeal, Genesis y Zack… Después de la muerte, él tampoco regresó por completo a la Corriente Vital.
Su cuerpo y sus recuerdos fueron devorados por el Planeta.
Pero su núcleo desapareció por completo del ciclo del Planeta.
Esto desafiaba la razón. Y Sephiroth no podía permitirse pasarlo por alto.
Hace mucho tiempo, mientras investigaba los secretos de Angeal y Genesis, había revisado todos los archivos de Shinra relacionados con la experimentación humana. Mako, células, degradación, proyectos experimentales; leyó cada página.
En el sótano de la Mansión Shinra en Nibelheim, leyó todo lo que debía y no debía ver.
Y por esos registros, eligió caminar por el camino que lo llevó hasta aquí.
Entre esos archivos, una vez hubo un documento antiguo.
Parecía un mito ancestral, registrando especies originarias de más allá del Planeta. Algunas saqueaban. Algunas parasitaban. Algunas permanecían y se convertían en residentes del Planeta.
Un pasaje mencionaba que, hace unos dos mil años, una raza celestial y cósmica procedente de estrellas lejanas respondió a la señal de auxilio del Planeta y cruzó el mar de estrellas para llegar aquí.
El documento terminaba allí.
Las páginas siguientes habían sido arrancadas, dejando solo la anotación de Hojo:
“Sin fundamento. Sin valor para la investigación. Eliminado.”
En aquel entonces, Sephiroth no se detuvo demasiado en aquel archivo.
Ahora, sin embargo, aquellos espacios en blanco arrancados se reabrían dentro de la Corriente Vital.
Los núcleos de la familia Hoshino, aparentemente retirados de la Corriente Vital durante dos mil años.
Aquellos que formaron vínculos profundos con ellos en vida, pero que igualmente desaparecieron de la Corriente Vital tras la muerte.
Las Cor Hoshino de esas posibilidades.
Y los Sephiroths dentro de esas mismas posibilidades.
La Corriente Vital fluía a su alrededor, incontables recuerdos todavía girando según las leyes del Planeta.
Solo aquel vacío permanecía sin respuesta.
Por primera vez, en las profundidades de aquellas pupilas cian, se reflejó una dirección más allá del propio Planeta.