El primero al que, tras haber cercado un terreno, se le ocurrió decir esto es mío y encontró personas lo bastante simples para creerle, fue el verdadero fundador de la sociedad civil. ¡Cuántos crímenes, guerras, asesinatos, miserias y horrores no habría ahorrado al género humano quien, arrancando las estacas o rellenando la zanja, hubiera gritado a sus semejantes!: “¡Guardaos de escuchar a este impostor!; estáis perdidos si olvidáis que los frutos son de todos y que la tierra no es de nadie.”
[…] fuera el que fuese el color que [los ricos] pudieran dar a sus usurpaciones, de sobra sabían que sólo estaban fundadas en un derecho precario y abusivo, y que, adquiridas sólo por la fuerza, la fuerza podía quitárselas sin que pudieran tener motivo de queja. […] ¿Ignoráis que una multitud de hermanos vuestros perece, o sufre la falta de lo que a vosotros os sobra, y que necesitáis un consentimiento expreso y unánime del género humano para apropiaros, por lo que se refiere a la subsistencia común, de todo lo que excede de la vuestra? Carente de razones válidas para justificarse, y de fuerzas suficientes para defenderse; aplastando fácilmente a un particular, pero aplastado él mismo por tropas de bandidos, sólo contra todos y sin poder unirse, debido a las envidias mutuas, con sus iguales contra enemigos unidos por la esperanza común del pillaje, el rico, acuciado por la necesidad, concibió finalmente el proyecto más meditado que jamás haya entrado en mente humana: fue emplear en su favor las fuerzas mismas de quienes lo atacaban, hacer defensores suyos de sus adversarios, inspirarles otras máximas, y darles otras instituciones que le fuesen tan favorables como contrario le era el derecho natural.
Con esta mira, tras haber expuesto a sus vecinos el horror de una situación que armaba a todos unos contra otros, que les volvía tan onerosas sus posesiones como sus necesidades, y en la que nadie hallaba seguridad ni en la pobreza ni en la riqueza, fácilmente invento razones especiosas para traerles a su objetivo: “Unámonos, les dijo, para proteger de la opresión a los débiles, contener a los ambiciosos, y asegurar a cada uno la posesión de lo que le pertenece. Instituyamos reglamentos de justicia y de paz con los que todos estén obligados a conformarse, que no hagan acepción de persona, y que reparen en cierto modo los caprichos de la fortuna sometiendo por igual al poderoso y al débil a deberes mutuos. En una palabra, en lugar de volver nuestra fuerzas contra nosotros mismos, reunámonos en un poder supremo que nos gobierne según leyes sabias, que proteja y defienda a todos los miembros de la asociación, rechace a los enemigos comunes y nos mantenga en concordia eterna.”
Se necesitó mucho menos del equivalente de este discurso para arrastrar a hombres toscos, fáciles de seducir, que por otra parte tenían demasiados asuntos que desembrollar entre sí para poder prescindir de árbitros, y demasiada avaricia y ambición para poder prescindir durante mucho tiempo de amos. Todos corrieron al encuentro de sus cadenas creyendo asegurar su libertad.
[…] Tal fue, o debió ser, el origen de la sociedad y de las leyes, que dieron nuevos obstáculos al débil y nuevas fuerzas al rico, destruyeron sin remisión la libertad natural, fijaron para siempre la ley de la propiedad y de la desigualdad, hicieron de una hábil usurpación un derecho irrevocable, y sometieron desde entonces, para provecho de algunos ambiciosos, a todo el género humano al trabajo, a la servidumbre y a la miseria.
Jean-Jacques Rousseau - Sobre el origen de la desigualdad (1755)















