X. Chasing Shadows
Longfellow's Wayside Inn Sudbury, MA.
La única razón por la que Joshiel no había acompañado a su mujer a la reserva de habitación era la precaución. Su humor había empeorado y no pondría la mano en el fuego por él mismo; no podía confiar en su autocontrol. ¿Había podido alguna vez? Imaginaba que el propietario de aquél motel de trescientos años de antigüedad era un viejo gruñón que debería haberse jubilado ya; en cambio, seguiría atendiendo y trabajando sin tener ni idea sobre ordenadores o nuevas tecnologías en general. En definitiva, la clase de persona que le sacaría fácilmente de quicio. Se quedó fuera, aportando su silueta tensa al paisaje que la escasa nieve que había caído había teñido de blanco. Tenía la punta de la nariz roja por el frío y un cigarrillo entre los labios. Las manos se le habían cortado por el frío y la humedad le había encrespado el pelo. Estaba allí sentado, en aquella muralla de grandes rocas con la mirada perdida en el anaranjado atardecer. Sobre él se cernían las nubes, pero más allá, en el horizonte el cielo estaba despejado y prometía una falsa primavera que aún no llegaría. El viaje hasta allí había sido largo, muy largo y, sin embargo, habían llegado antes que Elisabeth, algo que le irritaba tanto como su secretismo. A Joshiel no le gustaba el exceso de información por teléfono y mucho menos en la situación en la que estaba, pero no la hubiese matado darle alguna pista. Algo. Sonrió al pensar que quizá era una venganza por su actitud los últimos meses. ¿Se lo merecía? Se dijo que sí mientras daba otra calada. Wayside Inn solía tener clientela todos los días del año, era uno de los parajes naturales más famosos del estado y se atrevería a decir que incluso del país, pero no había visto ningún coche o furgón familiar aparcado. Estaban solos. El ronroneo de un motor a la distancia hizo que virase la mirada hacia su izquierda. Se acercaba un monovolumen negro y con los cristales tintados. No era el coche de Lizzie. Se bajó del muro de un salto y se le resintieron las plantas de los pies. Calculaba que estarían a unos tres grados bajo cero. Entonces oyó también pasos en la nieve y se volvió acabándose el cigarrillo. Era Lay quién se acercaba. —Sería irónico que murieses de cáncer de pulmón y no por un tiro o deborado por un lobo. La voz de su mujer se logró escuchar a sus espaldas, asomando con una sonrisa que pretendía cierta burla pero se esfumó ante la ceja alzada de Joshiel. Sí, definitivamente seguía sin estar con humor. —Ya tenemos habitaciones —murmuró al llegar a su lado, entregándole las llaves de la habitación que usarían. Se quedó a su lado en silencio por un buen rato, observando como seguía fumando aquel cigarro sin haberle hecho caso alguno a su comentario. A esas alturas, había desistido. Y tampoco iba a luchar demasiado contra él. Ambos estaban a la expectativa de la llegada de Elisabeth, curiosos. Pero si tenía que decir la verdad, tenía más ansias de ver o preguntar por sus hijos que cualquier otra cosa. Lay se llevó las manos a sus labios, soplando para calentarlas un poco. Echaba humo por la boca del frío que hacía. Joshiel no apagó el cigarrillo por el comentario de “cáncer de pulmón”. Lo hizo porque no iba a fumarse la colilla. Lo tiró al suelo y lo pisó con la bota. El monovulem paró a unos cinco metros de ellos. La puerta de acompañante se abrió y Adam Jones bajó ágilmente seguido de la loba de pelaje rojo que se echó una carrera hasta sus antiguos dueños, saludándoles enérgicamente. Adam en cambio andó con calma y con las manos en los bolsillos mientras el monovulem daba marcha atrás y giraba para dirigirse al aparcamiento. —Menudas pintas —les dijo Jones a su hermano y su cuñada, ladeando una sonrisa—. Que mal os sienta la carretera. Josh continuó acariciando a Akira pero miró a su hermano de soslayo. —Pues anda que a ti. Él se encogió de hombros y abrió los brazos alrededor de Layla, apretujándola en un buen abrazo. —Es broma, tú estás guapa siempre. —Gracias, Jones. Tu hermano no dice cosas así a menudo —se quejó la mujer, con una gran sonrisa en su rostro. Sin embargo, no era una sonrisa del todo sincera porque sabía muy en el fondo que aquella visita no traería exactamente las buenas noticias que tanto esperaba a veces. Los Stevens no eran de esos que se visitaban sólo porque sí, especialmente en el caso de Adam y Joshiel. Lay se separó de su cuñado y se agachó un momento a acariciar a Akira. —¿Tendremos que esperar a Elisabeth para que nos digan que demonios sucede aquí? —Inquirió, mientras dejaba al perro de lado y volvía a envararse. Logró ver la cabellera de la rubia a lo lejos. La hermana de Joshiel tranquilamente podría haberse volcado al modelaje, sin embargo... Sin embargo, simplemente no. Adam se refugió en el silencio y ganó preciados segundos acercándose a su hermano y apretándole el hombro. De hombre a hombre. O algo así. Joshiel le ignoró, su mirada se había fijado en el andar de su hermana. Iba sola. Algo en sus ojos ensombreció. —Sentimos llegar tarde. Alguien tenía que ir al baño cada media hora —se disculpó Lizzie y Adam levantó la mano derecha, declarándose culpable—. ¿Estáis bien? —Estaré bien cuando me digas dónde están mis hijos. —Dijo Josh. Su hermana le miró e intentó que esa mirada no expresase nada. Lo consiguió. —Entremos, hace frío. —Y puso la delantera hacia el motel. Por algún extraño motivo, tal vez el conocimiento de años, Layla notó aquel cambio de expresión tan sutil en el rostro de su esposo y su mirada se dirigió inmediatamente a su cuñada. Notó exactamente lo mismo que Joshiel, pero intentó darle una explicación lógica. Sólo que si lo pensaba en profundidad, no la tenía demasiado: Adam estaba allí, sus hijos no se pudieron haber quedado con él. De pronto, el corazón le dio un vuelco. Mucho más aun, ante la aparente respuesta de Lizzie. Una de sus cejas se alzó al ni siquiera recibir un saludo. Enseguida y tras echarle una mirada de advertencia y disculpa a su esposo por lo siguiente, siguió a Elisabeth y la tomó de forma un tanto brusca del brazo, deteniendo su tan apurada marcha. —Sé que hace frío, pero eso nunca detuvo a nadie, ¿dónde están? —insistió la ex cazadora, un tanto desesperada. Elisabeth miró los ojos de su cuñada desafiante. Se soltó. —A salvo. —Eso lo decidiré yo —oyó decir a Joshiel mientras éste se acercaba. —Lo decidirás tu cuando estén bajo tú tutela, y no ha sido el caso —contratacó Lizzie.
Había estado ideando cómo comportarse con su hermano, ya no era el mismo de siempre. Al final optó por pagarle con la misma moneda; dureza por dureza. Layla había reservado dos habitaciones, pero los cuatro se metieron en la misma. Un dormitorio matrimonial con detalles románticos que hicieron resoplar a Adam más de una vez. Aprobó la cama, de todas formas, cuando se sentó y la encontró cómoda. Elisabeth soltó su bolsa sobre la mesa y se giró hacia Josh y Layla. No les había tranquilizado, y con razón. —John me espía. O espiaba —empezó—. Alguno de vuestros hijos rompió mi teléfono y encontramos un dispositivo de escucha. No tuve tiempo para pensar, simplemente actué. ¿Recuerdas a Sade? —miró únicamente a Josh ahora. El cazador tardó en asentir, aún procesaba lo del espionaje. Asintió. —Tienen una pequeña base de operaciones en Massachusetts, un lugar seguro. Los niños están allí, con ella y su hermano, Leo. Layla se sentía como sapo de otro pozo en ese mismo momento porque definitivamente no recordaba a la tal Sade, si es que la conocía y no estaba para empezar a confiar en las personas de la mismísima nada. Ya muchas veces había depositado ésta en gente que luego terminó clavándoles un cuchillo por la espalda. Su mirada azul pasaba de Adam, casi tirado en la cama que compartía con Joshiel, a Lizzie y luego a su esposo sin lograr comprender. Parecía ser la única que estaba procesando el hecho de que a todos lados donde fueran, estaba siendo espiados. Por John o por la maldita bruja que tenía una enfermiza obsesión con Josh; no estaban a salvo, nunca lo estarían. —No es suficiente —sentenció Layla, y se llevó una mano a su cabello, echándolo hacia atrás. —Si han... si han estado espiándote ya deben de saberlo a éstas alturas, Elisabeth. ¿Cómo sabes que podemos confiar en ellos? Maldita sea. —Se dio media vuelta y comenzó a caminar nerviosa por la habitación.
Jamás tendría que haber dejado a sus niños. Todo el asunto había sido una muy mala idea. Una vez más. —Porque lo sé, y porque tomé precauciones. —¿Dejaste tu coche? —Interrogó Josh. Parecía tranquilo; demasiado tranquilo, en realidad. Inquietantemente tranquilo. —Ahá. Y alquilé otro para llegar a Sade. Esto no es reciente, Josh. Empezaron a vigilarnos mucho antes de que te diera el ultimátum, mucho antes de que mataran a Roy. No fue una casualidad, estaban esperando el momento oportuno. Adam observaba a Layla mientras se encendía un cigarrillo. Entendía su preocupación. —Oye —decidió interferir—. ¿Por qué no os quedáis vosotros aquí y yo llevo a Lay a la base de operaciones para que vea a los niños? Solo está a un par de horas de camino, podríamos ir y volver antes de que vuelva a salir el sol.
Boston, Massachusetts. Al día siguiente
Habían llegado a Nueva Inglaterra a primera hora de la mañana. Richard les había dicho que se pondría en contacto con ellos para darles la dirección de encuentro y, como ese mensaje no llegó hasta pasadas las seis de la tarde dedicaron el tiempo a hacer turismo. Resultó que pasear por las heladas calles de Boston con Adam podía llegar a ser bastante divertido. Era, a pesar de ser el más pasota el único que conservaba ese característico gen de humor Stevens y les había sonsacado varias carcajadas a todos a pesar de toda la negatividad que cargaban en sus espaldas. Como fuere, a esas alturas del día ya se había quedado sin repertorio de chistes y estaba apoyado en la carrocería del monovolumen de alquiler de Elisabeth fumándose un cigarrillo y con esa postura de hombros caídos tan propia de él. —¿Estás seguro de que es aquí? Elisabeth, de brazos cruzados a la izquierda de Layla veía a Joshiel paseándose por delante de la fachada de un almacén de dos plantas. Los ladrillos rojos y el suelo húmedo (la nieve ya se había derretido) no decían nada. Parecía que nadie había estado en ese sitio en mucho, muchísimo tiempo. —Sé poner una dirección en un GPS, Lizzie —Dijo Josh. Luego se encendió un cigarrillo y volvió atrás para envolver con un brazo la figura de su mujer y así darle algo de calor. Hacía muchísimo más frío en Boston que en Reno y eso era decir bastante. Ambos tenían asuntos sin resolver ¿Pero cuando no los habían tenido? Fuese cual fuese el obstáculo, Joshiel quería a su mujer y con o sin sangre demoníaca interceptaría una bala por ella y, claro, la guardaría del frío invierno. —Qué envidia. —Susurró Elisabeth, mirándoles de soslayo—. Estoy feliz con mi soltería, pero ahora mismo mataría por unos brazos calentitos. —Si quieres puedo abrazarte yo. —Dijo Adam a su espalda. Ella se giró y ladeó una sonrisa. —Que mono. Pero no, gracias. Estaban muy cerca del puerto y la sensación de humedad se les pegaba en la ropa y en la cara. Cada vez que soplaba el viento era como si lloviesen cuchillas y éstas les cortasen la piel. Si tenía que ser sincera consigo misma y con todos los demás, toda la situación la estaba más que cansando. Pero siempre había sido así con Layla, en verdad, no pertenecía a ese mundo y nunca lo había hecho. Su vida estaba bien con un par o dos casos simples de cacería, le brindaban la adrenalina necesaria; pero el trabajo de espía, las organizaciones internacionales, ejércitos, etc. ... eso iba más allá de ella; a veces no tenía la paciencia suficiente. Como en ese momento, por ejemplo, en el cual no entendía por qué demonios Richard se tardaba tanto, ¿acaso quería encontrarlos sufriendo un paro por hipotermia? Parecía ser el plan. Lay se acurrucó algo a Joshiel, pero no demasiado. Las cosas habían estado algo tensas desde Reno. Las discusiones saltaban fáciles, cada dos segundos, por cualquier cosa. Y seguía enojada por la última, que también había sido una gran idiotez, pero no iba a dejar su orgullo de lado. Sólo cedía un poco por el frío. Y extrañaba a sus hijos. Y era todo un maldito cúmulo de cosas; no entendía como no había explotado ya. Los chistes ya no le hacían gracia, apenas era capaz de sonreír. Envidiaba cada familia tipo que pasaba. Diablos, odiaba estar tan molesta con la vida. —A estas alturas, creo que son Rick y Nik quienes quieren asesinarnos. ¿Cuánto llevamos aquí? Moriremos congelados. —Alzó la voz para ser escuchada. Tal vez lograba mantener algo de calor de esa forma. El ronroneo de un motor les alertó de un vehículo aproximándose. Lizzie fue la primera en girarse. —Hablando del Rey de Roma. El Ford negro aparcó detrás del monovolumen y Richard Hillson salió segundos después cernido en un abrigo de plumas. Joshiel alzó una ceja; él necesitaba uno de esos. Su cazadora de cuero era inútil frente aquél temporal. —Dichosos los ojos —Rick sonrió al verles a todos. ¿Cuánto tiempo había pasado? Aunque eso dejaba de importar cuando la razón de que volviesen a verse era nada más y nada menos que, como de costumbre, problemas. Problemas en los que él y su familia se habían visto involucrados de rebote, también, como de costumbre. —Pues bastante, y eso que vivimos a quince minutos en coche —Lizz se acercó a abrazarle y también le besó la mejilla—. Me alegro de verte. —Lo mismo digo. Estás preciosa —Rick le estrechó la mano a Adam y le dio uno de esos abrazos “de hombre a hombre” a Joshiel—. Te veo bien. —No es verdad —Contestó Josh. —Vale, no —Aceptó Rick y luego abrazó a Layla—. Siento llegar tarde, tenía que dejar a Cora con la niñera. Layla quiso decirle que se alegraba que estuviera todo bien con su hija, con Nik, con la vida. Pero las palabras se le quedaron atrancadas en la garganta, no querían pasar. Todo lo que se le vino a la mente ante la mención de Cora fueron sus hijos y sus hijos no estaban allí. Rápidamente, hizo un gesto en el que advertía a Rick que no pasaba nada. —Sólo estábamos a punto de morir de hipotermia esperándote, no te preocupes - medio bromeó y sonrió de lado, echando un vistazo tras él—. No vamos a hablar aquí afuera, ¿verdad? La respuesta de Richard fue una sonrisa.
La puerta de almacén chirrió al abrirse a razón de las desgastadas bisagras. La mano de Rick tanteó en la pared a su derecha hasta dar con el interruptor. Los fluorescentes del techo tintinearon hasta encenderse, una luz blanca que enseñó a los invitados una amplia estancia distribuida por zonas y sin puertas. A unos diez metros delante de ellos había un ring de boxeo que ya había acumulado polvo. Más allá y tras él una zona de descanso dónde un sofá viejo coleccionaba mantas desdobladas. Una cocina destartalada y varios muebles de segunda mano entre estanterías y tocadores. A la izquierda las escaleras que llevaban a una segunda planta que permanecía a oscuras. —Vaya —Lizzie entró detrás de los demás y fue la primera en pronunciarse—. ¿De dónde has sacado éste sitio? Que calladito te lo tenías. —Los secretos están de moda —Josh se adelantó y se metió en el ring por entre las tensas cuerdas—. Esto explica tus abdominales, Hillson. —Y que él no los tenga —le susurró Elisabeth a Lay, ahogando la risilla. Layla pasó tras ellos y rio por lo bajo ante el chiste de Elisabeth, mientras apreciaba los alrededores de aquel galpón. Se preguntaba si alguien realmente utilizaba ese ring, ella podría hacerlo en ese mismo momento para descargar algunas tensiones. Todo en un segundo que duró la sonrisa, que pronto se esfumó al darse cuenta de lo que su cuñada había dicho. -Eso es porque no le has visto desnudo —le contestó con total seriedad y la miró de reojo, pudiendo advertir la sorpresa en el rostro de la rubia, y aprovechó el momento para adelantarse y unirse a Rick y Josh. Se abrió su abrigo y lo dejó a un lado, ahora con su vista fija en Joshiel más que nada. —Así que… Rick ¿Qué hacemos aquí exactamente? El aludido sonreía por algo que le había dicho Josh en voz baja, para ser exactos por el “te daría una paliza con los ojos cerrados”, así que era una sonrisa de soberbia convencido de que Josh no lo tendría tan fácil. Al oír a Layla fijó la vista en ella y continuó hacia el sofá, echando las mantas a un lado para poder sentarse. —Es un sitio seguro, y creo que tenemos cosas de las que hablar y vosotros un sitio en el que quedaros que no llame mucho la atención. Si yo puedo recorrer los moteles para dar con un par de cazadores, ellos también pueden. Pero nadie os buscará aquí. —Algo es algo —Joshiel bajó del ring y le echó una miradilla a su mujer. Pensar en pelear, en sudar y en quemar algunas calorías había acabado en un hilo de pensamiento muy diferente, pero de características similares. —¿Es tuyo? —Lizz cogió un libro de la mesa de centro al azar y tomó asiento en el sofá al lado de Richard. —No. Es de una amiga. O algo así. Confiad en mí, estáis a salvo. —¿Lo estás tú? —Josh se sentó en cambio en el sillón individual y tiró del brazo de Layla para que ella se sentase en su regazo. Adam, que no había abierto la boca subió las escaleras hacia la segunda planta. Fisgonear era lo suyo y, además, iba demasiado colocado para poder aportar algo bueno a la conversación. Si tenía que volver a ser sincera, a la periodista no le hacía demasiada gracia dormir en un galpón con toda esa mugre. Extrañaba su hogar, extrañaba New Orleans y lo diferente que era en invierno de otras ciudades; extrañaba el maldito Bayou. Pero si se aferraba a ello, sólo se pasaría suspirando el resto de los días; mejor prestar atención a lo que era urgente al momento. Mientras antes terminaran, más rápido vería a sus hijos. Para cuando quiso darse cuenta, de todas formas, terminó sentada sobre las piernas de Joshiel y decidió que no iba a moverse mucho de allí. Se terminó acomodando como si se tratase de una extensión del sofá viejo y centró su atención en Rick y sus explicaciones. —Se te ve algo tenso, Rick —comentó la joven, alzando levemente una ceja - Diría que es la falta de sexo, pero dudo mucho que Nicole te deje descansar por las noches, lo cual me lleva a deducir que todos terminaremos en el mismo punto: John. Y estaba segura, por su vida, que no se equivocaba. La mirada de Richard era una afirmativa, pero de todas formas se explicó. —En efecto. Nicole descubrió que tenía dos cazadores siguiéndola. Consiguió deshacerse de ellos con la ayuda de quién nos ha prestado éste almacén, pero siguen con vida. Lograron, afortunadamente o por desgracia transferir varios archivos de sus teléfonos. Hasta ahora no tenemos demasiado, los datos son muy dispersos y es difícil saber qué es importante y qué no lo es. Lo que sí sabemos es que alguien con mucho dinero está financiando a John. Joshiel frunció el ceño. ¿Financiando? —¿Estás de coña? Nadie financia a un cazador. Eso es absurdo. —Parece que las cosas han cambiado. Había registros de transferencias bancarias de seis cifras. Una agente del pentágono siguió el rastro hasta las islas caimán. Elisabeth bajó la mirada, pensativa. Eso tenía más sentido del que debería. —Eso explica que tenga presupuesto para contratar espías y material como el que usó para pinchar mi teléfono. ¿Tenéis algún nombre? —No —Rick se pasó la mano por la cara—. Por ahora no. Tú conoces a John, colega —miró a Joshiel—. ¿Por qué está haciendo esto? —¿Debería importarme? John no necesita motivos, se los busca. —Entonces no… Estás fuera de control como han insinuado sus amigos. —No, claro que no está fuera de control. —Defendió Layla de inmediato a su esposo, tal vez demasiado a la defensiva. Sintió su piel erizarse y cierto calor por todo su cuerpo, además de haberse envarado más de lo normal, casi como los perros cuando se sentían amenazados. Ante la mirada de Rick, un tanto inquisitiva, decidió relajarse y volvió a sentarse mejor sobre las piernas de Josh, negando una y otra vez. —Saben que su sangre demoníaca tiene gran poder, actúan por miedo y… Lo que sea que le haya pasado a John, ha enloquecido por completo —prosiguió, tragando saliva un tanto nerviosa—. Quiero decir, ¿quién demonios se empecina tanto con una persona y por qué motivo es financiado internacionalmente? Aun si Josh fuera una amenaza, John podría hacer su caza sin ninguna clase de ayuda, ¿no creen? —Me da igual si algún político ricachón le está regalando millones de dólares —Josh fijó la mirada en el fuego de hogar dónde solo había cenizas— Por mi como si le financia el puto presidente. Quiero encontrarle y quiero matarle. Ésta vez no habrá grises. Ojo por ojo, diente por diente. El silencio vino cargado de una dolorosa melancolía. Richard y Elisabeth bajaron la mirada pensando en el amigo que habían perdido y, demonio o no, Josh tenía razón. Si de algo valdría la pena que sus vidas estuviesen otra vez pendiendo de un hilo sería la vendetta. Tendrían su venganza. —John está usando ese dinero para contratar a gente fuera de su círculo. El hombre que me entregó el teléfono con el chip de escucha era un corredor de bolsa arruinado. Le localizamos, pero ya era tarde, le encontramos muerto en una casa de la costa del estado. No deja cabos sueltos. —Ha dejado uno —Richard les miró—. Esos archivos. Hay más de lo que hemos podido descifrar. La chica que los robó, John envió a un matón para recuperarlos, un cazador con acento Texano. Aún los tenemos y mientras los tengamos parece que a John le temblarán las piernas. —Tenemos algo en lo que trabajar, entonces —Josh envolvió el brazo de Lay con la mano izquierda, apretando ligeramente. Era su forma de darle las gracias por defenderle, aun cuando sabía que no merecía esa lealtad—. Danos una copia, les echaremos un vistazo. Richard sacó del fuero interno de su chaqueta una carpeta marrón que dejó sobre la mesa frente a él. Los archivos. —Eres mi hermano, Josh —miró a Stevens—. Sabes que siempre te cubriré las espaldas. Pero lo que tengo aquí, lo que hemos hecho en Boston… No puedo dejar que Nik pierda eso. —Lo sé. Ya habéis hecho suficiente. Me encargaré de hacerle llegar el mensaje a John, estaréis fuera. Lo prometo. Elisabeth se estiró para alcanzar la carpeta, pero antes de coger esos papeles Josh volvió a hablar. —Tú también. Quiero que vuelvas a Cambridge y sigas con tu vida. —De eso nada. —No te lo estoy pidiendo, Lizzie. Yo cuidaré de Adam. La sonrisa de Layla, algo débil, evidenciaba lo cerca que había estado de parecer más que obvia y lo cerca que habían estado todos de descubrir que en verdad la situación no estaba completamente bajo control como le hubiese gustado a ella. Las muertes que habían dejado atrás, por nada en especial, aun la acechaban de vez en cuando. No era arrepentimiento - la mayoría de los hombres que Joshiel había tenido que matar eran una porquería como seres humanos -, sino más bien culpa y una mancha más en su legajo de vida normal. Preocupación por haber dejado cabos sueltos. Preocupación por su esposo. La mente se le iba de vez en cuando, alejándola de la conversación que todos los demás estaban compartiendo y fue así hasta que sintió el apretón de Josh. Ladeó su rostro para verlo y asintió levemente, volviendo entonces su atención al grupo. De alguna manera, todo había terminado en que cada uno seguía por su lado. —Lizz. —Fue entonces ella quien habló y quiso decirle algo, pero se le trabaron las palabras. Había estado a punto de decirle que quería que sus hijos estuviesen con ella, pero luego se dio cuenta de lo egoísta de aquel pensamiento, que no podía arruinarle la vida así. No tenía derecho. Negó rápidamente. —No… tienes… una mancha en tu ropa —señaló a la blusa de la joven. La rubia se miró la blusa con desconcierto. Al ver la mancha chascó la lengua y sonrió a su cuñada. —Un coeficiente intelectual equivalente al de Einstein y sin embargo no sé comer decentemente —encogió los hombros.
Richard y Joshiel acordaron mantenerse en contacto antes de que Hillson abandonase el almacén para volver a casa con su hija. Elisabeth se marchó una media hora más tarde después de cenar con Adam, Josh y su cuñada, recordándole a Josh tras un fuerte abrazo que no iba a ignorar lo que estaba pasando y dejarles solos ante el peligro. Tampoco se estuvo de mencionar que estaría cerca de sus sobrinos y mantendría el contacto con Sade además de buscar una alternativa para poder ser ella quién se hiciese cargo de ellos. A las diez de la noche solamente Adam, Josh y Layla estaban sentados alrededor de la mesa de centro. El mayor de los hermanos echaba un vistazo a esos famosos archivos mientras Adam le contaba a Layla su corta aventura con una enfermera de Chicago a la que quizá volviese a ver ahora que estaban en Boston. —Estaba investigando un caso que involucraba vampiros y el banco de sangre del hospital en el que ella trabajaba. Me cosió unos cortes y me puso yeso en el brazo que me había roto. Los vampiros la siguieron una noche cuando volvía a casa y le salvé la vida. Nada como salvarle la vida a una mujer para acabar en su casa —se metió un puñado de patatas en la boca y cuando las hubo triturado con los dientes bastante para volver a hablar, añadió—. Dormí en el sofá de todas formas. Pero tuve la oportunidad de invitarla a cenar. El ceño de Layla se fruncía cada vez más y más mientras escuchaba como avanzaba la historia de amor - o lo que él creía amor - de Adam. Era un tanto bizarra, como él, claro. Nunca nada que viniera de aquel joven tenía sentido, pero admiraba su voluntad para siempre encontrar alguien nuevo a quien querer o brindarle algo de amor. Ella no podría. De perder a Joshiel, estaba segura que sería incapaz de amar a otra persona. —Es... interesante, desde cierto punto de vista. ¿Has pensado que es mejor quedarse con animales por un tiempo? Nada de mujeres —Terminó contestando su cuñada y se tiró hacia atrás en el sofá, abrazándose a ella misma para no sentir tanto el frío. Miró de reojo a Josh, tan ensimismado en todos los archivos—. Quiero decir, es... complicado con nuestra vida y por lo que me dices, ella no sabe demasiado —calculó. —Ahora sí. O, algo. Fue bastante receptiva al respecto —Adam se cruzó los brazos tras la cabeza y mientras bostezaba fijaba la vista en su hermano. Prácticamente no había hablado desde que Lizzie y Rick se fueron. —¿Algo interesante? —La mayoría de archivos son direcciones registradas de GPS. Correos electrónicos irrelevantes e historiales web llenos de sitios porno. —Has dicho que no era interesante —Adam se carcajeó en seguida por su propia broma y miró a Layla en busca de respaldo u otra carcajada. Al no recibir nada se aclaró la garganta—. En fin. La noche es joven así que… —Se puso en pie y cogió su chaqueta, poniéndosela—. Voy a dar una vuelta. —Si te gusta esa tal Will Parker hazte a ti mismo y a ella un favor y mantente fuera de su alcance. El consejo de Josh vino con una extraña indiferencia, y es que el irlandés no miraba a su hermano mientras le hablaba. Adam alzó una ceja. —Aprecio tu consejo de hermano mayor, pero creo que prefiero pasármelo por las pelotas. No me esperéis despiertos. Cogió su paquete de tabaco y cruzó el almacén dirigiéndose a la salida. Joshiel suspiró, dejó los archivos y se masajeó la frente. “Que sensible”, pensó.













