El otro día estaba scrolleando en Instagram y me detuve en un video random musicalizado con una canción que me llamó la atención. Era de Marilina Bertoldi. Me gustó mucho la estética ochentosa. Después la busqué: se trataba de El gordo. ¿Y me pregunté, a qué se refiere con esa letra? Pero imaginate a Marilina visitando a unos amigos con un bebé recién nacido. De pronto la mamá dice: “shh chicos, hablen más bajo, van a despertar al gordo”. Un bebé puede ser tierno y perfumado, pero también oler a caca, tener hambre y estar de mal humor. Ambas imágenes, aunque no lo recordemos, alguna vez lo fuimos.
Hace unos días tenía ganas de volver a escribir. Dudaba si hacer una crítica de una obra de teatro que vi hace poco, o de una película. Pero sentía que iba a decantar en algo vacío de sentido. Tal vez necesitaba bajar otros pensamientos. Siempre digo: cuando me pasa, pasa. Y quizás era ese pico de manía que necesito aterrizar con palabras, pero con algo que tenga sentido para mí.
Este año también perdí a mi abuela. Y sentí la necesidad de hacer una playlist, mi ritual más melómano. Con esos temas que me acompañaron en esos días difíciles. Que se me cruzan. O simplemente, canciones que suenan al más allá. Así nació Afterlife: una playlist con 25 canciones que seguramente siga creciendo con el tiempo. Para la imagen de portada elegí un atardecer. Porque verlo desde la ventana del bondi, caminando por la calle, subiendo a la terraza… ese momento del día siempre me generó extrañeza, nostalgia. Y sí, tal vez sea un cliché, la metáfora de que el día muere. Como aquella tarde en que despedíamos a mi abuelo, y miré a lo lejos y el cielo se fundía entre azules, rosas y naranjas.
Hay días en los que elijo canciones para cantar, para bailar, para levantar el ánimo. Y otros en los que vuelvo a listas como estas, para poner los pies sobre la tierra y recordar que la vida a veces es más dura, más triste y más finita de lo que parece.
Hoy me levanté tarde. Está lloviendo. Mi gato duerme al lado mío. Me hice unos mates. Y fui feliz.
Abro Instagram. Veo publicidades. Personas llorando. Marcas rogando por un poco de atención, con estímulos, colores, alertas. Gritando descuentos. “Eleginos. Queremos convencerte con precios que en realidad no convienen.” Mostramos dónde estamos. Lo que comemos. El ejercicio que hacemos. Buscamos esa validación, esa palmadita que nos diga: “ese desayuno es muy sano, te felicito.” Consumimos el morbo. Practicamos la romantización. Hacemos malabares para grabarnos, y mostramos todo. Lo que antes era privado, ahora lo grabamos y lo subimos. Acompañame a armar un pedido, a hacerme un café, un skincare.
Hace un tiempo me propuse dejar de seguir cuentas con las que ya no me siento identificada. Que están ahí. Cuentas cuyo contenido me parece forzado, posado. Que persiguen ese like, ese comentario. Que te dicen qué y cómo consumir.
“Storytime de cuando mi cita de Tinder era mi ex.” Aunque suene ridículo, no es contenido que elegimos a conciencia. Igual nos quedamos. Queremos saber el chisme, si hay plot twist. En ese scroll infinito, inconsciente. Después de un día largo de trabajo, la red social es el mejor brainwasher. No estamos ahí, pero es nuestra pausa para no pensar en el alquiler, la salud, la familia, el estrés laboral. Hablarle a la nada. Contar tu vida a extraños. Ostentar felicidad, jerarquía social. ¿Todo a cambio de un suavizante? Una publicidad. Un dump de mis últimas vacaciones. Noticias morbosas. Un video de cómo se arma un pedido. Más publicidad. Cómo se arma un helado. Mike Amigorena haciendo panchos. Cómo hacer pasto para gatos. Un espejo que nos refleja como sociedad: que grita por atención, que romantiza lo banal, que convierte lo íntimo en espectáculo.
Cuando la muerte golpea tu puerta, valorás la vida de otra manera. Valorás tu tiempo. Que es finito. Y entonces, ¿por qué no relajar y subir todo a redes? ¿Y sí, venderme por un suavizante? Porque la muerte debería ser un recordatorio diario. Un reminder de que el tiempo realmente es oro, escaso y limitado. Y cada día es una nueva oportunidad. Quedarse en cama un rato más. Levantarse temprano y salir a correr. Las dos están bien. Son elecciones. Está bien ser proactivo y hacer de todo. Y también está bien no hacer nada. Pero cuando se esté terminando el día, solo queda agradecer y seguir proyectando con el día siguiente, tener un plan. Repetir una rutina o improvisar. Pero sobre todo: vivir.
¿Y para qué subir todo esto? ¿Con qué fin? ¿Un texto íntimo o un sin sentido? La próxima vez que abras tu red social preferida, te propongo un challenge: poné esa playlist que tanto te gusta de fondo y scrollea al mismo tiempo. Tal vez este ejercicio no sirva. O tal vez sí , y todo lo que escribí arriba tenga algo de sentido. Y vos… ¿qué vas a elegir mostrar cuando el algoritmo tenga hambre?