Empieza nuestra ruta por la ciudad con un nuevo guía, Waldo. Nada que ver con nuestro Carlos. Este es más pesado, nada atento e incluso algo impertinente (porque si no quiero escuchar y no molesto, no tienes que decirme nada…y lo hizo!)
La ciudad enamora. Sus calles, aunque muchas parecen estar en ruinas, mantienen el encanto de haber conocido mejores épocas. Momentos de gloria que han dejado perder deliberadamente como signo de su revolución.
Precisamente, es la Plaza de la Revolución lo primero que visitamos. Una plaza enorme, todo cemento, con una especia de columna en medio y rodeada por edificios gubernamentales con grandes siluetas de los rostros de Castro, Che Guevara y Cienfuegos. El sol cae de plano aunque es primera hora de la mañana. Están preparando las gradas para el próximo 1 de Mayo y no envidio a quien tenga que estar ese día ahí.
Visitamos las instalaciones del Ron Legendario. Ese le gustó más a mi marido, que no es nada de ron.
Luego hacemos un recorrido por las Plazas de la Habana Vieja: Plaza de la Catedral, Plaza Vieja, Plaza de Armas, Plaza de San Francisco de Asís. Son todas ideales para estar un buen rato, paseando por ellas, entre sus cafés y portales, con música por doquier.
Admiramos el Teatro “Alicia Alonso” y junto a él, vimos el Capitolio, que ahora está también con andamios. El año que viene celebran los 500 años de la ciudad y quieren “ponerla bonita”. Tienen mucho trabajo por delante para mejorar el aspecto de tantas casas deterioradas. Pero lo que está bien conservado en La Habana es tan bonito que se te olvida lo mal que está todo lo demás.
En el Parque Central hay muchos coches antiguos que utilizan como taxis y son un reclamo para los turistas pero son preciosos, muy bien conservados y no resultan caros. Habrá que probarlos no?
Entre plaza y plaza hacemos un descanso en la terraza del Hotel Ambos Mundos conocido porque ahí residió Ernest Hemingway.
Nos llevaron a comer a la zona de Miramar, a un restaurante que era como un chalecito muy mono pero que no habían previsto nuestra llegada y pretendían que comiéramos en la terraza, con todo el calor. Como nos negamos, adecuaron otro comedor que tenían vacío y nos sacaron el menú previsto: Garbanzos, pescado con gambas y una especie de budín. Luego pasamos con el bus por la Universidad para ver la escalinata por la que bajaban los estudiantes en las revueltas. Y dejamos el autobús en la zona del Vedado para seguir por nuestra cuenta.
Nos fuimos al Hotel Nacional, imprescindible su visita por el recibidor y sus jardines. Allí, disfrutamos de un mojito frente al mar mientras los pavos reales se paseaban a sus anchas entre las flores.
Luego dimos un paseo hasta el Callejón de Hamel. Un lugar con bares decorados de manera especial, con música afrocubana y ambiente muy de fiesta joven.
De ahí, nos acercamos al Malecón. No podíamos estar en La Habana y no pasear por él. Mientras mi marido hacía unas fotos a un monumento de esos que abundan a héroes de guerra, nosotras nos divertíamos haciendo fotos y cantando en el sitio perfecto: “Hasta que se seque el malecón…”
Paramos un taxi de época, precioso, azul para volver al hotel y que nos diera tiempo de darnos un baño en la piscina. Porque los horarios de piscina son raros. Cierra a las 6! A las 6 con el calor que hace??? No logro entenderlo. Pero lo conseguimos. Nos dimos un baño que nos sentó de maravilla y después un rato de tumbona, de relax…qué más se puede pedir?
Tras el descanso, la ducha y vestirnos, paseamos junto a la Embajada de España en Cuba. Un edificio precioso y los restos de la antigua muralla de la ciudad.
Después fuimos a cenar a “La Moneda de Cuba” donde teníamos una reserva para cenar. Nos habían dicho que era la mejor terraza de La Habana para cenar pero tampoco nos pareció para tanto. Cenamos bien pero nada especial. Y de precio normal. Ni caro ni barato. Antes nos tomamos una cerveza en una calle llena de bares y luces que era el callejón de los barberos. Y volvimos a intentar subir a la terraza del Hotel Iberostar pero nos dijeron que había cerrado, así que tocó repetir mojito en nuestro hotel.
Desayunamos temprano para salir a las 7,30 hacia Viñales. Error, porque estuvimos una hora recogíendo gente en otros hoteles.
Lo primero que vemos cuando llegamos al valle es la vegetación diferente. Grandes plantaciones de tabaco que cultivan pequeños agricultores y secan en casas llenas de hojas colgadas. Visitamos una fábrica de habanos y vemos el proceso de la creación de los puros. Luego hacemos lo mismo en casa de un campesino de modo más artesanal.
Interior de la casa. Fuego?
Hacemos un descanso en un área de carretera para tomar la mejor Piña Colada de la isla. Que no me gusta mucho, pero es algo personal. A la gente le encanta. Está junto a un gran mural pintado en la roca de una montaña con motivos de animales y colores. Es curioso pero nada más.
Después vamos a un restaurante para comer. Más de lo mismo. Ensalada, arroz, frijoles, carne en salsa, patata cocida y de postre torrija. Hacía un calor agobiante.
Dimos un pequeño paseo hasta la Cueva del Indio. Parte paseando y parte en barquita en un río subterráneo. A la salida, un mercadillo me tienta y compro una cesta hecha con hoja de palma. Y me regalan el saltamontes!
La vuelta en el autobús se hace eterna. Descarga una gran tormenta durante un rato y llegamos al hotel a las 8 de la tarde, y nos habían dicho sobre las 5. Tenemos reserva para cenar en una hora. En 10 minutos estamos duchados y cambiados y nos sobra tiempo para probar el mojito de La Bodeguita del Medio. Que me defrauda muchísimo. El peor de todos los que voy probando en Cuba. Se ve que la fama hace que no se preocupen de la calidad.
Por fin vamos a cenar en Doña Eutimia. Nos habían dicho que no nos lo podíamos perder, y que pidiéramos mesa en la terraza superior, pero ahora no está abierta así que cenamos en las mesas de la calle. Pedimos todo clásicos: fritura de malanga, ropa vieja, pincho campesino y camarones al ajillo. Todo estaba fabuloso. Acompañado, como no, por arroz y frijoles. Y con mojito frapé por partida doble. El precio resultó más barato que el día anterior. Y nos quedamos muy satisfechos.
Volviendo hacia el hotel, pasamos por el Floridita, un local mítico al que el día anterior no pudimos entrar porque era tarde, pero en ese momento nos ofrecieron entrar sin problema. Lo hicimos, claro, y encontramos una mesa muy bien situada para ver el escenario donde un grupo de varias chicas tocaban y cantaban sones cubanos.
El Floridita es donde Hemingway tomaba los daiquiris y nosotros quisimos probarlos. Disfrutamos de un rato alegre por la música y el ambiente. Eso sí, la cesta para recaudar dinero para las componentes del grupo musical, también fue pasando entre las mesas. Es algo habitual en todos los lugares. Cafés, bares, restaurantes, hoteles….todos tienen su grupo de música a todas horas y todos van recaudando dinero de vez en cuando.
CUBA. LA HABANA Empieza nuestra ruta por la ciudad con un nuevo guía, Waldo. Nada que ver con nuestro Carlos.