Era 21 de septiembre, aun no eran las siete de la mañana, yo fumaba antes de la clase de filosofía, le esperaba como de costumbre para compartir un cigarro y hablar sobre alguno de los autores que en ese momento me apasionaban, el aroma de los delicados con su saborcillo a tierra mojada o a barro era perfecto para el día nublado. Teníamos una relación meramente académica, pero de mucha complicidad, quizá porque él era muy joven y a diferencia de mis compañeras no me interesaba de una manera que no fuese académica.
Ese día antes de entrar a clases tuvimos una conversación breve y aparentemente insignificante.
- Hoy te ves diferente, más bonita
- ¿Osea que ningún otro día me veo bonita?
- No es eso, hoy la mirada se te ve más profunda.
Y entonces lo supe, había algo dentro de mí, había alguien.
Me hice la prueba de sangre y el ultrasonido al día siguiente, 7 semanas, se me acababa el tiempo.
No tardé mucho en tomar la decisión, conocía el protocolo, sabía que era efectivo y seguro, en ningún momento contemplé la posibilidad de seguir con el embarazo, me sentía invadida, profanada y llena de rabia, pero al mismo tiempo tenía un terror inexplicable, por un lado al dolor físico y por otro a las consecuencias legales, en mi ciudad el aborto es un delito y se considera homicidio, pero incluso la cárcel o morir era mejor que sentir que algo me robaba la vida desde dentro.
No fue difícil falsificar una receta y comprar el medicamento. La decisión estaba tomada, no había marcha atrás. Esperé a que fuera sábado por la mañana ya que pasaría todo el fin de semana sola; sentía una especie de vértigo, como cuando sabes que te vas a tirar al vacío y quieres hacerlo pero el sentido común te lo impide, maldito sentido común, si la gente tuviera sentido común no estaría en esta situación, si no licuando su verga violadora en la licuadora.
En mi mente solo podía repetir como un mantra “tomar 3 pastillas, cada 4 horas. Son tres dosis, no más” sentí un escalofrío al tener las blancas píldoras en mis manos, eran mi salvación, pero también podían ser mi condena, me sentía como un reo a punto de recibir el veredicto de un juez, “tomar 3 pastillas, cada 4 horas. Son tres dosis, no más” coloqué el primer comprimido bajo mi lengua –una porque me amo-, coloqué el segundo - otra porque no merezco esto-, cuando estaba a punto de tomar la tercera recordé el retumbaban sus latidos en el ultrasonido y pensé –esta porque también te amo y quizá en un futuro nos podremos reencontrar-. El dolor inmoviliza o te vuelve víctima. Yo no podía quedarme quieta, ni quería ser víctima, el dolor me ayudo a actuar.
Las pastillas sabían a una combinación entre cerveza caliente y los restos que deja el cigarro en la boca después de algunas horas, no me fue incómodo tenerlas, sólo que después de un tiempo sentía la lengua como un pesado bloque de hielo, no sé si por tener algo debajo de ella, o porque las pastillas liberaba sus efectos.
Pasó la media hora, terminé de tragar lo que había quedado ya sólo tenía que esperar. Después de 21 horas empecé con dolores de útero, no eran tan fuertes como creí que serían, pero después sentía como bajaba la presión, fui al baño, tuve diarrea, comencé a sangrar y tuve que ponerme la pijama. Tenía frío, me había comenzado la fiebre. Hasta el momento no era nada tan raro, siempre he sufrido de cólicos menstruales fuertes así que esos dolores no eran para tanto. Volví a ir al baño, boté muchos coágulos, me levanté del WC y sentí que me iba a mear, vi que un coágulo cayó en el piso del baño. Me levanté, lo agarré con papel higiénico, esa bola escarlata se escurría entre mis dedos ¿era lo que llamaban el saquito?, presioné con mis dedos, era como la gelatina: firme pero se podría deshacer con facilidad.
Cuando desperté al día siguiente, mi cuerpo se encontraba cansado, pero tenía hambre y mucha sed, eso era señal de que empezaba el proceso de recuperación. Al lunes siguiente yo continué con mis actividades normales, sangraba un poco, apenas un manchado continuo, algunos días sentía dolor pero en general había conseguido recuperar mi vida