About letters and music boxes
La vida de austeridad es buena para la mente y el alma, solían decir los antiguos maestros y era algo que repetía. Era lo que se le tenía destinado. Un honorable fin, una vida de propósito.
Denes, ermitaño empedernido y ex portador de la legendaria armadura dorada de acuario, no tiene problemas con buscar leña para calentarse por las noches, cortar el grueso hielo del lago para poder sacar agua potable, bañarse con agua calentada al fuego cada dos o tres días, o tener que caminar un par de decenas de millas cada dos o tres semanas entre nieve y bosque para poder llegar al mercado más cercano, donde sólo se habla ruso, mongol y jalja.
Se ha dado a entender en esos años, eventualmente la gente asume ya lo que va a llevar y sólo preparan los costales en silencio, hablando con los otros mercaderes. El niño ayuda a acarrear las cosas, obediente. Es el segundo.
La labor de maestro, es sin embargo, tediosa y estresante a veces. Aun que siempre intenta que toda interacción entre su alumno y él sea estrictamente formativa, lo cierto es que al final un niño es un niño, y la criatura no puede ocultar la curiosidad en sus ojos cuando lo ve arrojar los paquetes que llegan por correo a una esquina de la cabaña. Tampoco puede evadirlo siempre, y a veces logra tomarlo con la guardia baja, sonriendo mientras lee la correspondencia.
No se atreve a preguntar, es lo bueno, aun que si parece alterado cuando usa uno de los sobres o el mismo papel con texto escrito para trasladar fuego a los candiles e iluminar su camino a la habitación en el segundo piso. Esto viene desde mucho tiempo atrás, más que su alumno anterior, más que cuando llegó a esa cabaña.
Los textos contenidos no son otra cosa que una aglomeración de relatos. A veces divagaciones propias de alguien que tiene mucho tiempo libre, piensa él. También a veces -la mayoría de las veces- incluyen algunos regalos adjuntos. Postales de lugares turísticos, pasajes de tren que no caducan, hasta objetos pequeños, empaquetados en cajas y rodeados de un montón de virutas esponjosas y crujientes que disfruta apachurrar con los dedos.
Eileen, autora de todo ese caos, perpetua portadora de la armadura dorada de la terquedad, tiene un ojo tal para el detalle que no se pierde de explicarle cómo, cuándo, por qué y qué de cosas que francamente no necesita saber, pero que por algún motivo lee sin falta, grabando íntegramente las palabras en su memoria. A veces la gracia la tienen las palabras que escoge, otras, la manera en que usa la ironía, el sarcasmo y la retórica.
Algunas cartas son más sentimentales que otras. Generalmente eso causa que deje de leerlas por un tiempo, se le acumulen en el rincón hasta que, quizás por el aburrimiento o por genuina curiosidad, termina tomando la navaja para abrir otro paquete.
Reitero, si viajas a París, las catacumbas es algo que tienes que ver.
Escribe ella detrás de una postal de los túneles parisinos.
Es lo más espeluznante que he visto, ya sabes como soy de miedosa aun que me haga la valiente, pero en todo el recorrido no pude dejar de mirar los cientos de miles de huesos allí enterrados, apilados como parte de los cimientos, como quien acomoda ladrillos. ¿Quiénes eran esas personas? Quisiera poder conocer sus nombres, los que fueron sus sueños, sus anhelos. Quisiera poderles hacer saber a sus almas que aun que ellos estén olvidados en el anonimato, a veces alguien piensa en ellos. Sé que sólo soy yo, y que los restos ya no pueden sentir ni querer, pero me dejaba imaginar que todos y cada uno de ellos están enterrados cerca de las personas que amaron en vida.
En alguna ocasión el cartero intentó sacarle conversación sobre todas esas cartas que recibía, pero Denes se limitó a encogerse de hombros y a excusarse, cerrando la puerta tras de sí.
A veces, muy esporádicamente, cuando llega el muchacho enclenque de la correspondencia, Denes tiene una carta también para entregarle. Le da unas monedas y un asentimiento incómodo antes de que el muchacho continúe su camino a caballo.
No hay mucho que contar. Estoy bien. Me alegra que estés bien. Postdata: Deja de escribirme.
Escribe él en su mensaje. Ha escrito otros como ese. Un tanto más largos también. Sabe que eso no va a detener a Eileen. De hecho, dentro de sí está consciente que sólo está incentivándola a que continúe. Por un lado quisiera, cómo quisiera que ella cortara comunicación con él, finalmente viéndose libre de esas ataduras sentimentales que no llegaban a ningún lado y que estaban destinadas a perecer. Por otro lado, Esas cartas le daban un significado al horizonte, llenaban un poco de sus ratos libres y su hora de dormir con sueños de lugares lejanos, cálidos y con recuerdos de compañía que añoraba y atesoraría en su corazón hasta el día de su muerte.
Eileen cuenta en sus cartas y postales sobre trenes, aviones, barcos, carreteras, paisajes, hoteles, plazas, callejuelas, cafés, costumbres y comida, vino y postres. Cuenta sobre techos y tejados, noches y días, pasos y tropiezos con una facilidad tal que a veces Denes siente que puede cerrar los ojos y ver el Rijksmuseum en Ámsterdam, que puede escuchar el motor mover la maquinaria del ferroviario, que puede sentir la sal de nuevo en el aire chocando en su cara.
Denes diría de sí que controlaba bastante bien su imaginación. La mente es una parte del ser que puede ser muy cruel y jugarla pesada si uno no tiene la fuerza y determinación para discernir lo que es y lo que no, en el presente. Él corta fácilmente todo deseo cuando éste aflora, cuando se da cuenta que los dedos delicados de ella sujetaron ese mismo papel y siente el impulso momentáneo de pegar su nariz para ver si logra captar su aroma. Dobla el papel, lo guarda en un cajón.
Mantiene su vista firme lejos de ceder y sucumbir al veneno doloroso que es imaginarse. Imaginarse lo que pudo ser, lo que podría ser. Si dejara las cosas así, si corriera hasta el puerto más cercano, si tomara todo su dinero y los boletos de tren y los usara para llegar, para encontrarla. Para abrazarla por la espalda y decirle cuánto la ha extrañado mientras entierra su cara en su pelo. Esas son cosas que Denes no puede pensar, censura esos pensamientos rápidamente, mientras mueve los pies de un lado a otro frente al fogón para descongelarse, el estofado colgado sobre las brazas.
A veces es al revés. Imaginarse que ella atraviesa la puerta con maletas, un abrigo de piel y una sonrisa que derretiría todo el hielo de Siberia. Que llegase y lo tomara allí, con sus manos hábiles por la experiencia, que le quitara todo ese peso de encima y se dejara sentir piel contra piel hasta que se cansaran, hasta que cayeran dormidos en su cama. Encontrársela junto a él al día siguiente, y al siguiente, y el siguiente a ese. Pero Denes nunca pediría algo así. Nunca se permitiría comprometerla de esa manera. No lo había hecho cuando ambos eran más jóvenes, no lo haría ahora. Ella era libre, podía recorrer sin pena el mundo, siguiendo sus propios impulsos y deseos, dominada solamente por su voluntad. No podía atarla a él, quien conocía su destino como algo grabado en piedra.
Llega un día, sin ninguna ceremonia, un paquete más grande de lo usual. Es una caja, de unos treinta centímetros por todos sus lados. Bien asegurada con cinta adhesiva y el sello del envío puesto encima. La deja en la mesa por un rato. El niño mira con mucho interés la caja, pero se guarda sus preguntas. El día es exhaustivo, el entrenamiento riguroso. Cuando vuelven a casa, nota que el niño sigue mirando a la caja. Después de tomar un baño y cenar, Denes decide tomar la navaja para abrir el cartón rígido. Esta vez no está protegido por virutas crujientes, si no por pequeñas burbujas pláticas que truenan si las aplastas. Denes sonríe por el sonido.
Dentro, viene envuelto un objeto del tamaño de una toronja. De color azul marino, con detalles dorados y una clave de sol tallada en madreperla, las cuatro patitas que sostienen el objeto lo hacen parecer perteneciente a la realeza.
Skat se acerca un poco, pero mantiene su distancia. Denes levanta la caja, que pesa lo suficiente como para entender su valor. La madera es sólida, está tan bien fabricada.
Cuando la abre, tarda en darse cuenta de lo que está frente a sus ojos. El interior está exquisitamente pintado a mano, pequeños patrones infinitos que parecen copos de nieve como podría parecer la luz de la luna filtrándose por entre las hojas de un árbol. Un espejo circular en la tapa sobre un fondo de tercipelo azul nocturno. Pequeñas estrellas bordadas con hilo de plata, y algunas perlas tan pequeñas que forman figuras que reconoce. Constelaciones.
Al centro, la figura femenina y masculina no tienen rasgos. Hechos de porcelana, los perfiles son simples y estilizados, en color blanco reluciente, podrían ser cualquier persona. Cualquier hombre y mujer, bailando en círculos. La canción le suena terriblemente familiar, aun que es cuando observa la composición en su totalidad que cae en cuenta de lo que es. El festival. El baile. La noche, las estrellas, el espejo es la luna. La canción es la única pieza que bailaron esa noche.
“Es muy bonita” Escucha decir a su alumno.
Denes siente la garganta seca y cierra la caja, metiéndola de nuevo en su empaque. El niño lo mira, confundido, pero su maestro no dice nada más sobre ella por un buen tiempo.
















