Son las 22.51 de un viernes 20 de enero que se agota.
Hay un viento escandaloso hijo de una tormenta que contrasta fuerte con esta temporada del año.
Mañana vuelvo a trabajar después de un mes considerado de vacaciones.
Estoy en mi casa, sentada frente a la computadora, por ver una película, terminando de comer un plato de fideos con salsa de espinaca hecha por mi. Celebro tener apetito, celebro no estar convaleciente.
Mientras busco por donde ver The Square, empiezo a sentir un súbito hormigueo corporal, lo que me dispara automáticamente a googlear sobre una condición que me ha apadrinado: una migraña atroz.
Escribo esto con el pellejo erizado, la ansiedad me gana, la ansiedad me conoce mejor.
Escribo y se me nubla la vista, ya no sé si por condiciones médicas reales o por la ansiedad que me quiere incapacitar a toda costa.
Quiero largar la mierda, quiero calmarme, quiero llamar a alguien, quiero sentarme y disfrutar de una sobremesa agradable, sin dejar que me invada la paranoia exacerbada de querer saber cómo voy a morir.
Buscando datos útiles de la migraña leo algo que me desencadena toda la neurosis existente alrededor del tema, leo accidente cerebrovascular, leo meningitis (enfermedad que tuve de bebe) de la cual supuestamente me curé sin secuelas.
Empieza a subirme el ritmo cardiaco, empiezo a ser consiente de como late cada parte de mi cuerpo,
Mientras, desde la ventana, escucho de lejos la sirena de una ambulancia que se aproxima.
Para variar, también acompañan la atmósfera unos truenos crujiendo de fondo y un viento que aúlla. La tormenta esta en su punto culminante.
Empiezo a dudar de esta realidad, la sintomatología ataca, me comienzan a temblar las manos, intento ser objetiva, me dispongo a escribir toda esta situación rápido para evadirme. Fracaso, me sumerjo de cabeza en ella. Se me cierra la garganta, el ritmo cardiaco es inconstante, siento viboritas chisposas caminar por mi cerebro. Respiro, trato de recrear mi caja mental de cosas agradables, es en vano. La ansiedad ha ganado terreno. La garganta está totalmente cerrada. Escribo, pero escribo mal, borro, me equivoco, la dislexia me gana, siento morir la ultima facultad intelectual que me queda. Los espasmos en el pecho comienzan a aflorar. Espero alguna señal, algún latido o ruido gastrointestinal que me traiga la calma que tanto anhelo. Me quedo atónita, ya que no se si es real, la sirena de ambulancia se hace cada vez mas carne y deja de sonar súbitamente muy cerca de mí.
Por cosas que no comprendo, el pánico no me despersonaliza por completo, estoy presente y los estimulos externos me interpelan. Me levanto para mirar por el ventanal,corro la cortina bordó precariamente instalada y es verdad, la ambulancia frenó en casa, vienen a buscarme.
(extractos derivados de una situación real de ansiedad, la situación de la ambulancia fue real, pero con la diferencia de que no era para mi, por ahora)