How do you love? Like a fist, like a knife.
Nombre completo: Layla Iravani
Fecha y lugar de nacimiento: 9 de marzo de 1812, en Shush, Persia, actual Irán.
Ocupación: Tatuadora en Fanging Mod, una agradable coincidencia.
Especie: Vampiresa.
Habilidades: Capacidad de caminar bajo el sol, compulsión, telekinesis, telepatía, vuelo, control sobre murciélagos y polillas, rapidez, curación acelerada.
Historia: Hija, hermana, esposa, partera, propiedad. Esas etiquetas persiguieron a Layla durante los casi veinticinco años que duró con vida, tras una infancia en la que sobrevivir era casi una proeza y una juventud donde la henna marcaba tus posibilidades de continuar respirando. Nacida de un matrimonio por conveniencia, en una familia donde la descendencia no venía por amor, sino por necesidad. Cada uno de sus hermanos fue celebrado con monedas y comida extra, y cuando nació ella, la cantidad menguó debido a su condición. La femineidad no estaba mal vista, pero tampoco tan recompensada como cabría de esperar. Sus padres, un orfebre y una matrona, se encargaron cada uno de sus correspondientes labores de enseñanza, y a la pronta edad de siete años ya asistía a partos y aprendía de las condiciones medicinales de las hierbas.
Al contrario que algunas de las mujeres de su familia, no tenía mano con el Mundo, y la naturaleza no susurraba en su oído. Tuvo que aprender a base de fallos, de envenenamientos sin querer, de noches de enfermedad y convulsiones, hasta que llenó un cuaderno como buenamente pudo con los remedios adecuados para cada infección post parto. Su vida humana fue relativamente fácil. En la capital, se encargó de su familia cuando su madre falleció y la dejó sola, asistió al funeral y realizó los ritos propios. Rezó al bien y pidió que los daevas (conocidos demonios para los zoroastrianos) no aparecieran a hacerle mal a su familia, se divertía cómo y cuándo podía y desde que tuvo uso de razón tuvo claro que su camino estaba con el Asha, la verdad, la luz.
Buscando el camino correcto, terminó siendo engañada por una mujer mucho más lista que ella y fue vendida al mejor postor. Una esclava para las familias ricas, en busca de un sustento que no podía permitirse, Layla haría de criada, de partera, concubina, bailarina y cocinera en los años venideros, suplicándole al Ahura Mazda que acabara con su vida. Cada uno de sus amos era peor que el anterior—o quizá fueran los hombres en general, que no eran tan gentiles como su padre, pero sí más severos. Su espalda era testigo de aquello, zonas distintas de su piel también.
El fin de su vida vendría de unos ojos amables, tan rastreros y mentirosos como los de la oscuridad a la que había jurado renegar. Disfrazado de viajero perdido, Ahrun apareció en su vida sin aviso previo. Las cosas se dieron despacio, con desconfianza, hasta que alcanzaron su punto álgido, y las falsedades terminaron. No era un nómada, y tampoco practicaba la misma religión que ella había aprendido entre susurros y el calor del fuego. Era uno de ellos, de las criaturas que profanaban las tumbas, que vivían en la oscuridad. Si a Layla le preguntaran por esa noche, dirá que no recuerda nada, pero la realidad es diferente.
Se acuerda perfectamente del cuchillo, de los grilletes contra la piel, del rostro pálido de su comprador, de los clamores del grupo de gente que los rodeaba. Fue, nuevamente, vendida como ganado, y por poco terminó igual que uno. Dieron igual las plegarias, los golpes, los gritos. Al final, su salvador no fue la luz, sino las tinieblas de las que le habían enseñado a huir. Pasaría un mes bajo tierra, escondida con su creador. Durante ese tiempo, apenas aprendió lo justo sobre su nueva condición, sobre el hambre, sobre los peligros del sol. Y, tras treinta días y veintinueve noches, terminó tan sola como comenzó.
Aprendió, a las malas, que todos te quieren cuando tienes una sonrisa en la boca, pero no cuando tus manos se cubren de sangre y tu garganta grita en busca del sustento que se le niega. Su hambre fue insaciable, y su sed, voraz. Se movió por el país como una de las plagas creadas por Ahrimán, hasta que llamó lo suficiente la atención como para que un grupo de vampiros que hablaban un idioma completamente diferente dieron con ella. Ahí, en medio de la amenaza de la muerte verdadera, encontró su luz.
El Anciano era el líder de un aquelarre de vampiros que se hacían llamar la vieja sangre, que pasó a ser su hogar durante los años venideros. La información que se tiene de ellos es escasa, y así permanecerá, pero le enseñaron lo suficiente como para terminar de florecer bajo su tutela. El maître (palabra que aprendería y odiaría) la convirtió en su favorita, en su mujer y mano derecha. El resto de vampiros en su familia, y por fin, volvía a tener un sitio que considerar su casa.
Se movieron por todo el continente asiático, con periodos de inactividad donde se enterraban dentro de la tierra durante unos años, apenas alimentándose hasta que roedores o insensatos no terminaban en sus garras. Con el tiempo, Layla aprendió a ver su potencial, comprendió lo que albergaba en sus venas y se hizo una con sus dones.
Su resurgimiento vino a finales del siglo XX, a la par que su marido. El Anciano solía decidir cuándo y dónde, un poder que prevalece hasta día de hoy. Comenzaron a moverse por las calles del Nuevo Mundo, aprendiendo de la mano de los miembros que permanecieron despiertos todas las cosas que se habían perdido. Poco a poco, ambos se hicieron a la nueva era del mundo, asentándose en Turquía, siempre en uno de los hogares de su compañero.
Layla fue interesándose poco a poco por la humanidad, robando objetos de las personas que pasaban cerca de ella, o aquellas con las que se obsesionaba. Fuera del aquelarre, logró entrañar vínculos con ciertos humanos que durarían generaciones, amistades verdaderas que se basaban en la obsesión de esta por mantenerse unida a su humanidad. Aprendió cosas sobre la música, encontrando un refugio en el rock y el humor, se hizo adicta al helado (incluso aunque lo vomitase) y descubrió cómo poder volver a ver el sol ponerse sin peligro de salir ardiendo.
Aún así, todavía busca experiencias nuevas, además de a su creador y otras criaturas como ella. Poco se sabe de ciertos aspectos de su pasado, y su presente todavía está lleno de incógnitos, pero una cosa está clara… su hambre no ha menguado, y el poder de su sangre, tampoco.
Curiosidades:
⟡ Aprendió a tatuar con uno de sus compañeros del clan, pero lleva dibujando desde que apenas era una cría. Prefiere, de hecho, tatuar cosas ornamentales u abstractas y con una buena historia detrás.
⟡ Tiene cientos de vinilos, tanto de música rock como de dark indie.
⟡ Es sociable, socarrona, algo chula, graciosa, se sexualiza y tapa las cosas a través del humor.
⟡ Apasionada de los libros, de la historia (sobretodo la de Egipto), de los mitos que explican aspectos del mundo y de la escalada. Planea comenzar a leer cosas sobre la medicina moderna.
⟡ Siempre lleva oro, y es apasionada de la ropa, aunque no le da importancia lo que lleva.
⟡ Le gusta observar a las personas, inventarse sus vidas y seguirlos hasta casa como si fueran criaturas dignas de estudio.















