Nombre completo: Diana Jude Somerset
Fecha y lugar de nacimiento: 06/05/1998, Guilford, Inglaterra.
Ocupación: Artesana, miembro del conocido grupo Aves de Presa.
Especie: Divinidad, Artemisa. Diosa de la caza, de las criaturas salvajes. La representación de la luna, quién ayuda a las mujeres a dar a luz pero también quién ayuda a que sus muertes sean indoloras. Protectora de las amazonas, de las doncellas, de la virginidad. Se la representa acompañada por perros y algunos ciervos.
Historia: Nacida de la naturaleza y el salvajismo, su historia comienza mucho antes de lo que los registros dan crédito. Tiene un gemelo al que no se parece, un padre cuyo rostro no reconoce y una familia tan antigua como la propia palabra. Gestada al final de un siglo que trae consigo muchos avances, pero no los suficientes, llegó al mundo tras un embarazo problemático. En el seno de una familia de abuelos multiculturales, con una madre india y un padre con mezcla de etnias pero apellido británico. Los Somerset se asientan en Inglaterra, pero su influencia se extiende por el globo.
En la mesa de cada casa, en las revistas leídas por las adolescentes y en las grandes pantallas de cada país, la familia conquista sin importar la manera. Actores y vinicultores, su legado se extiende por más partes de las que parece. Del matrimonio entre Benjamín Somerset y Devi Mishra nacieron cuatro retoños de lo más peculiar, y entre su nido encontraría cobijo la divinidad. Diana se formó de un pensamiento, vino de una propuesta tan sencilla como un «¿quieres bailar?» unos años después del nacimiento de Atticus, el primogénito.
Los pilares de su crianza, aunque en una sociedad inglesa, se movieron entre el hinduismo y el catolicismo. Sus abuelos paternos, católicos, se encargaron de cimentar las creencias de toda la familia. La chica, salvaje, danzaría eternamente entre los márgenes de la religión que más le convenciera. Cuando la añoranza por su madre ––fallecida con el nacimiento de Evander a sus cuatro años–– se volvía tan asfixiante como una soga, encontraba refugio en el hinduismo; pero cuando los domingos llegaban, se preparaba para fingir que no pertenecía a una religión mucho más antigua.
Los rezos se harían en español, las regañinas en inglés y las alabanzas en hindi. Aprendería a emocionarse con la intensidad de un políglota, a compartimentar sus emociones en diferentes dialectos y a recibir las clases de etiqueta como pautas para saber qué hacer y qué ignorar.
Siempre se sintió alejada de su familia, a pesar de que su corazón se sintiera férreamente unido a Evander, el más pequeño. Diana se movía siempre confines de las cenas de negocios de su padre, se escondía en los viñedos y utilizaba sus pies en época de vendimia para ayudar a la recolecta del vino. Tomaba clases de actuación, esperando que algún día se decidiera a formar parte de alguna de las dos ramas del negocio familiar, y se mantenía bajo el escrutinio de sus abuelos paternos.
Rompía con las expectativas que tenían para ella desde pequeña, y quizás eso fue lo que terminó creando la trampa en la que su destino se convertiría. El apodo de sus abuelos a ella, baguala, marcaría su personalidad desde sus inicios. Indómita, recuerda con cariño los años en los que la propiedad de los Somerset era su terreno de juego, junto con el bosque colindante. Hacía y deshacía a su gusto, por siempre renegando de los ideales que guardaban en su familia pero manteniéndose siempre cerca de la buena gracia de su nono y nana. Al menos, hasta que la revolución hormonal vino marcada por la soberbia propia de quién ha crecido con todo al alcance de la mano.
Aún así, aunque adaptada, nunca estuvo hecha para bailes, clases de etiqueta, galas benéficas y torneos de pádel; sino para correr descalza por los terrenos de la mansión de su familia, rescatar todos los animales que pudiera e interesarse por las hijas mayores de los trabajadores. Las férreas creencias tradicionales de su familia hicieron que se encontrara levemente reprimida, pues siempre ha sido consciente de quién era, y fue precisamente eso lo que terminó de dinamitar su exilio.
Una noche, creyendo que su padre estaba ocupado con unos socios, aprovechó para llevar a una chica a casa. Presumió de hogar y educación, tan versada en las artes como el resto de su familia, pero al llegar a la pièce de résistance no pudo contenerse más y el desenlace de la velada se dio en el despacho de Benjamin. Descuidada, cuando su padre aprendió esto, la decisión fue tomada. Ni la sangre, ni su apellido significaron nada. Su comportamiento, de por sí poco decoroso y con tendencia al salvajismo, su rebelión tras la muerte de su madre y esa última mancha en su historial hicieron que el hombre decidiera desheredarla a sus diecisiete años.
Poco importó que sus abuelos maternos intentaran hacerle razonar. Se vio en la calle de un momento a otro, sin dinero y sin ningún tipo de apoyo.
El dinero vino a ella caído del cielo, o más bien de las brillantes piezas de cubertería que se apropió tras su dramática salida de la mansión Somerset. Con él, viajó a varias partes del mundo acompañada de una libreta que perteneció a su madre en vida, donde hablaba de lugares que había visitado o le habría gustado visitar. Con la necesidad de sentirse cercana a ella por bandera, los lugares más reseñables que visitó fueron Argentina y la India, además de Chile, Perú y por último los Estados Unidos, donde pasado y presente convergieron.
Acompañada de un antiguo amor, Minerva, consiguió la información necesaria para hacerse con el paradero de Dioniso y Hermes, a quiénes acudiría con la condición de que mantuvieran en cuenta sus deseos de reunirse con Apolo. Siempre elusiva, con ella no se puede dar si así no lo desea. Diferentes años y trabajos consiguieron que reuniera el dinero suficiente para poder conseguir un techo bajo el Enclave de Nueva York tras hacerse pasar por una bruja, compartiendo sus días con la mujer que consideraba su futuro hasta el desvanecimiento de esta.
Ahí, daría con una de sus pasiones además de las manualidades. Lo que comenzó como un hobby terminó siendo un negocio monetizable, y antes de darse cuenta se iniciaba en la creación de muñecas Blythe como algo profesional. Tras la desaparición de Minerva, sin embargo, su negocio quedó en pausa durante unos meses, ya fuera por ira o por duelo, y no sería hasta tiempo después que decidiría retomarlo. Cerrada en sí misma, ese tiempo sirvió para que volviera a retomar el mando de las conocidas Cazadoras de Artemisa, un grupo formado exclusivamente por mujeres que o bien forman parte de su linaje (hijas de amazonas o antiguas cazadoras) o bien juran a posteriori lealtad a la divinidad.
El momento en el que juran lealtad a Artemisa, ésta las bendice con inmortalidad, y habilidades mejoradas. A menudo se las confunde con la Cacería Salvaje, debido a que también viajan con algunos animales sagrados a altas horas de la madrugada. Suelen recoger a mujeres desamparadas y acogerlas en una especie de campamento fundado con el dinero de su fondo fiduciario — cuando aún lo tenía. Este lugar sólo puede ser encontrado si Diana lo quiere, y se sitúa en los cimientos de la antigua Corte de Otoño. Gracias a ellas, fue introduciéndose en el submundo criminal del mundo actual hasta hacerse con el sobrenombre de Nox, acogida en cierta manera por El Espectro, Ayesha El-Amin, donde comenzaría a dar cacería a hombres que presentan un grave peligro tanto para la sociedad como para las mujeres.
Se labraría una reputación cuestionable en aquellos grupos, que le serviría para hacerse con el dinero suficiente para comprar su propia casa y reformarla. El terreno en el que vive, además de ser sintiente, alberga bastantes animales salvajes que se ven atraídos por la energía enmascarada de la diosa. Aún así, tiene tres animales propios: un conejo llamado Doña Rogelia, y dos gatos llamados Calabaza (hembra carey) y Pipa (macho anaranjado).
Está obsesionada con los bindis, los animales, y con su madre.
Su poder se encuentra fragmentado y esparcido por el mundo en objetos que ella no reconoce.