atraco en san isidro
se te despoja de todo,
cuando menos esperas
quedar anónimo
en las líneas curvadas de tu tabernáculo.
las chasis desnudas y negruzcas
son abstraídas en bloques de llamas,
todo tan mamey como ser atardecido en la cofradía,
lumbre que protege la autovía incorpórea.
oh santo de los santos,
¿cómo derrumbarse en manos ajenas?
aunque el calor de las brasas
nos haga rezumar hasta el tuétano
empujamos los cuerpos cerca,
porque las ondas del sol ardiente
nublan la visión
y uno ve al otro
casi irreal y esplendoroso.
por eso mejor sudar enlazadas,
si bien esto vaya a ser
lo más cercano a ternura vehemente
que tus falanges temblorosas caminen,
así mi deseo se torne insoportable
y no digne a balbucir mi afecto.
lloro los años de las iglesias que he incendiado
y todas las quemaduras autoinfligidas
queriendo salir ilesa del fuego.
ten conmiseración,
nunca he sido condenada
por nadie
más que animosidad y traumas;
que sanan al vertirse las aguas ventiscas
del asterismo inclinado de acuario,
sobre el solemne pez del sur.
la pluviosidad delusiva que avecina
el dios de la tormenta,
trae a mi sus caracolas de amor universal
y pies descalzos sobre el pavimento mojado.
no sé qué espero de ojos vendados de palabra
y palmas englobadas en incertidumbre,
pero lisonjeros son los días en su aliento
cuando conmemoro que respiro
e invoco al aire
a ser sagrado en el pecho,
días en que dios responde
a través de ángeles
que me hablan de firmeza
y cargas ligeras sobre los hombros.














