Mientras más IA tengamos, más importante será saber leer, entender y escribir.
Viviendo en Tomé y trabajando en instituciones de educación superior, llevo años almorzando lejos de mi casa; un completo, una ensalada o una napolitana en algún casino rodeado de estudiantes y en tiempo récord, entre clase y clase, suele ser mi escenario. Hace unos días, sentado junto a una mesa con al menos 10 estudiantes de una carrera del área de salud, pude escuchar una interesante interacción entre un joven y su celular. Le hablaba a ChatGPT pidiéndole que le creara un diálogo para presentar en clase sobre género y salud sexual.
Lo interesante no estaba en la petición en sí ni en que todos y todas en la mesa intentaban hacer lo mismo, para una clase que entendí tenían inmediatamente después de ese almuerzo, sino en la forma en que lo hacía. Así, directamente, sin un contexto previo, sin detalles de posturas a defender o refutar, sin un autor al que citar, nada, sólo eso. Por supuesto, como la respuesta no le satisfacía del todo y al parecer se le hacía demasiado genérica —o aún peor, como todo el grupo estaba pidiendo la misma ayuda al chat— entonces “iteraba” con la siguiente indicación: “pero que no se parezca a ningún otro diálogo”.
Podrán imaginar mi cara de estupefacción en la mesa contigua, ahí mirando un poco mi completo y reflexionando… o imaginar el “rostro” del chat si lo tuviese.
Hoy generar contenido a partir de un simple prompt se ha vuelto una “habilidad” casi cotidiana, y sobre todo la generación más joven puede caer en la trampa de pensar que el conocimiento profundo ya pasó a segundo plano. ¿Para qué esforzarse en leer o perfeccionar tu redacción si una IA te da rápido la respuesta perfecta?
La verdad es mucho más contraintuitiva: en realidad, la calidad de la respuesta de cualquier IA, LLM o generadora de imágenes tiene una relación directamente proporcional a la calidad de nuestra petición, lo que conocemos formalmente como prompt. Y aquí es donde la lectura y la escritura, ese dúo dinámico y esencialmente "analógico", recuperan su estelar protagonismo.
Tal vez nos cueste hacer entender a un gran grupo de estudiantes que, mientras más tecnología tengan a la mano, más deberían acercarse a ese desconocido e intrincado espacio que se esfuerza por no desaparecer de las instituciones de educación, llamado biblioteca. Hoy se ha vuelto más un espacio para hacer trabajos o un pañol de computadores o dispositivos de estudio que pueden solicitar, alejándose bastante de aquel que muchos de nosotros conocimos, donde sólo pedías un libro y te sentabas a leer. Porque te gustaba la lectura o porque los celulares, como hoy los conocemos, no se habían inventado.
En cuanto al prompt, no es solo un comando; es el inicio de un diálogo sofisticado. Para que una IA produzca algo verdaderamente original, relevante y matizado, necesitamos pedirle no sólo lo que queremos, sino cómo y por qué lo queremos.
¿Por qué es importante la lectura? Un lector voraz, acostumbrado a desentrañar estructuras argumentativas complejas y a reconocer estilos narrativos diversos, corre con una ventaja tremenda. Posee una riqueza de vocabulario mucho más amplia para especificar el tono exacto de lo que desea obtener como respuesta. Por ejemplo, si le pides un texto, como hacía el estudiante en el casino, ¿quieres ser sarcástico, pero respetuoso? ¿O con tintes académicos, pero accesible a un determinado nivel de entendimiento? Además, aquel que acostumbra a leer puede indicar no sólo el contenido de lo que busca, sino además sugerir una estructura a seguir y con ello pasar de una respuesta muy genérica o similar a tantas otras, a una pieza que logre una comunicación o aprendizaje efectivos.
Y qué decir de la escritura, sobre todo la que hacemos a mano; se ha vuelto un verdadero arte en peligro de extinción. Pero cuando la haces, te obligas a organizar tus pensamientos de manera lógica y coherente. Escribir te exige priorizar qué es esencial, y trasladar esa claridad a los prompts los hará más concisos y potentes, lo que a la vez entrega resultados menos ambiguos y genéricos.
Recientemente, junto a mi esposa, vimos nacer a una niña. Nuestra primera y única hija. Tiene poco más de dos meses y, además de preocuparnos por su futuro en este entorno tecnológico que cambia tan, pero tan rápido, le hemos comprado libros. Libros que en casa no había porque, obviamente, no habían niños que los necesitaran. Y le decía a mi esposa, que es lectora furibunda, por cierto, que aproveche este tiempo de postnatal y lea con ella. Léele a ella.
Hay estudios, como el de la Universidad de Ohio, que sostienen que un niño o niña con padres que le leen unos 5 libros al día —de esos para niños como los que puedes comprar al paso en una Copec— llegan al nivel de kínder oyendo 1,4 millones de palabras más que los niños a quienes nunca les leen. Es más, si sólo se les lee un libro al día, escucharán alrededor de 290.000 palabras más a los 5 años que aquellos que no leen libros regularmente con uno de sus padres o cuidadores.
En un mundo donde la IA puede generar casi todo, para mí el valor se traslada directamente a la capacidad humana de curar, analizar y, sobre todo, preguntar bien. Lo analógico —nuestra capacidad de concentración profunda, de análisis crítico derivado de la lectura pausada y la disciplina mental que exige la escritura manual— se convertirá en aquello que hará la diferencia.
El futuro de la IA no está sólo en la máquina, sino en el cerebro analógico que la dirige.