I. Little talks
“¿No te parece triste?”
La última palabra hizo eco en su cabeza, recordándole que a esas alturas todo a su alrededor lo era. Porque estaba bien no tener amigos, y sobrevivir al instituto como alma en pena, recorriendo los pasillos con cuidado para que nadie tropezara con su presencia. Pero tener que llegar a casa y encontrar el mismo infierno que vivía día en la escuela… Eso sí que le estaba costando, y algún día le pasaría factura, de eso estaba muy segura.
Su mirada se dirigió rápidamente al frente, encontrándose así con su vergüenza en persona. Aquél era uno de aquellos momentos, en los que uno se lamentaba porque la tierra no pudiera tragárselo. De la pizarra, sus ojos se posaron de nuevo en la muchacha, que con un hilo de voz volvía a aconsejarle como si tuviera complejo de Pepito Grillo. ¿Qué clase de masoquista era? O no. Parecía que las palabras de Kyle apenas la habían rozado, y este sentía el impulso de ponerse a golpear la mesa como el más puro niño caprichoso en mitad de una rabieta. En su lugar, hizo de sus manos dos puños.
— Ya, claro, —murmuró— la pizarra. —chasqueó la lengua y repasó las líneas del título, en su libreta, con la intención de ganar tempo para salvarse. Pero no había posibilidad. Había quedado como un auténtico gilipollas y no había excusa alguna tras la que ocultarse. — De todas maneras, me sigues pareciendo patética. —le hizo saber, tajante. No importaba qué fuera lo que pensara realmente, el truco estaba en alzar la voz un tono más de lo normal para hacerse escuchar, cosa que consiguió. Aquellos alumnos sentados en las mesas más cercanas les dedicaron una breve hojeada, y aquella vez, Kyle les sostuvo la mirada, casi sintiéndose orgulloso por haber colocado a la chica por debajo de donde ella lo había situado a él, aunque sin pretenderlo.
Sin embargo, la sensación no fue la misma que antaño, las miradas no eran acusadoras, si no curiosas y, algunas, incluso aburridas, pero Kyle así las sentía. Quizá tenía remordimientos propios aquella vez, porque al final había descubierto cómo aquello, aquellas palabras, aquél tono, dejaban huella en uno como si se tratara de un tatuaje. "De todas maneras, me sigues pareciendo patético", eso le había espetado Peter, el chico popular, el primer día de instituto, cuando Kyle tropezó con él y en un vano intento procuró mejorar la posible relación entre ambos. "De todas maneras, me sigues pareciendo patético", y Kyle se había disculpado de diez maneras diferentes.
Hundió la cabeza entre los hombros. Las manecillas del reloj, avanzaron sin pena ni gloria hasta el momento en el que el profesor Dawkins, volvió a pronunciarse para ordenar un ejercicio practico en parejas. Kyle había decidido, llegado a ese punto, que asumiría su posición actual y que pediría perdón por tan poco certeras palabras, pero ahí, cuando tuvo la posibilidad, se quedó sin discurso planeado que decir. Sus manos sujetaron el frasco transparente para que la castaña volcara el de las partículas de metal. No tenía ni idea de que lo estaba haciendo, en la ciencia y en lo social, así que carraspeó, queriendo llamar su atención.
— Y-yo...















