Iba caminando. Creo que por la placita de Libertad y Colonias, donde habÃa un pequeño café. ¿HabÃa un café? Esta vez habÃa una neverÃa muy comercial, sucursal de algo más grande. Pienso en Dolphy que reemplazó a Bing, pero esta neverÃa no-azul era más bien café. De cualquier forma, el dueño estaba desayunando ahÃ. Yo me quedé mirándolo y me saludó por mi nombre, Luis. Como si nos hubiéramos conocido en el café cuando era un café. SÃ: algún recuerdo tenÃa de haber estado ahà con Santiago, el hermano de Carlos.
Aunque me saludó y yo no dejaba de mirar su desayuno, no me ofreció sentarme ni que comiera algo. Malditos capitalistas de cabello blanco. Vi que habÃan entrado unos personajes extraños, algunos de pinta punk y con cabellos de colores rosa y azul. Seguà caminando, cansado, hacia casa. Salà y me encontré con más personajes extraños. Pensé que serÃa por una convención de cirqueros o teatreros hasta que los vi en el acto: ¡acroyoga! O, más bien, tierra-yoga o yo no sé, porque hacÃan una postura extraña con las manos a la tierra en el borde de una pequeña colina, los pies sostenidos por las manos de alguien atrás o atorados entre las ramas de un árbol o pedazo de metal.
Eran muchas chicas, acompañadas de changos que ellas emulaban, o que las emulaban a ellas. Vi que el equilibrio de los changos también dependÃa de sus colas. Quise intentarlo, y aunque morÃa de sueño, le pedà a ellas que me enseñaran cómo entrar a la postura. Escuché cómo unas festejaban: ¿ves? te dije que él sÃ, mientras otras refunfuñaban por la sorpresa. Temà decepcionarlas. Me dijeron que sencillamente entrara e incluso una me empujó al suelo. Apenas tuve las manos ahà me di cuenta de que estaba demasiado cansado, casi dormido. Con un ojo cerrado intenté incorporarme para decirles que necesitaba que me ayudaran a despertar. Una cachetada, quizá, pero no muy fuerte... QuerÃa evitar... QuerÃa evitar la caÃda.
Pero la caÃda, como dicen en Inception (the kick), también es la sensación de despertar de golpe. Lo hice justo antes de que la alarma sonara. ¿O ya estaba sonando? Lo primero que vi entre las sábanas de la oscuridad --mis cortinas cerradas-- fue tu nombre, andrógino. Tu nombre de mujer, Jared.
Escuché a lo lejos la algarabÃa, el revuelo, las campanas. Pensé que la insurrección estaba aquÃ. Abrà bien los ojos y agucé el oÃdo: eran las risas absurdas de un programa de televisión. ¡Carajo, Jared, qué cansado es hasta despertar!