Y ahí estaban ambos, como en una película de Kubrick, con ese rojo cereza que llenaba la habitación de color. Eten de pie, observando lo que había ocurrido, sin tener idea de que había pasado, pero teniendo presente que lo que pasó fue por culpa de él.
Eten se quedó admirando su obra de arte mientras sonaba Perfect Day. Miraba como había coloreado un pedazo de la alfombra de color rojo, pensaba como era todo menos un día perfecto. Pensaba en como ese color rojo complementaría de manera brillante sus dibujos del sol al atardecer, pensaba en lo triste que era la voz de Lou Reed sin saber en realidad quien era él.
Quería gritar, correr, salir de ahí, llorar, retractarse, pero la escena era tan bella que no podía dejar de verla. No podía moverse, sabía que algo de ella había muerto con él, quería dividirse en dos, quería cerrar los ojos, dormir, despertar y que nada hubiera pasado. Quería que todo se quedara en la idea, en la cordura, en el deseo. Pero la acción llego y la idea, la cordura y el deseo se volvieron reales.
Ese día había llegado a casa, con algunos recuerdos que la ataban al cuarto donde había encontrado lo que llamaba su hogar en un lugar de 2 x 2, sabía que afuera de esa habitación nada era seguro y todo era incierto. Eten tenía un sentido inocente de la justicia, sabía que si en la escuela alguien le hacía algo, ella podía decirle al profesor encargado de la clase. Pero en casa no podía hacer lo mismo, en casa había demasiado abandono, demasiada rigidez. Eten se había enamorado de su mejor amiga del colegio, al principio no sabía que era el amor, con 12 años y una vida de primeras veces por delante, todo era nuevo, todo era inocente, todo era amor. Eten y Abril hacían todo juntas, hasta que esa tarde de juegos en casa lleno de risas, se volvió una tarde gris con una cascada roja en medio de la cocina.
Como era de esperarse Abril salió corriendo, negando todo, llorando, entendiendo que algunas primeras veces nunca deberían llegar. Abril nunca había visto a nadie muerto, nadie así de muerto. Se preguntaba cómo es que cabía tanta sangre en alguien. Abril tampoco había recibido un beso, ni besado a alguien con tanto amor, jamás se había querido quedar en un momento como en aquel beso con Eten. El hermano de Eten entró a la habitación, a romper ese beso, a hacer que olvidaran ese amor. Él solo entró como un huracán que se lo lleva todo y como huracán se llevó a Eten con él, pensando que ni todo el amor era amor porque ellas eran unas niñas de 12 años y porque ambas eran unas ellas, porque no existía ningún él en la ecuación; paseo a Eten por toda la casa, arrastrándola como torbellino, golpeándola protegiendo las buenas costumbres, gritando porque no bastaba el amor para él. Como pudo, Abril escapo de esa escena y se escondió abajo en un rincón y Eten se apartó del último golpe, para correr a la cocina.
Ella tan pequeña, tan inocente, tan enamorada, tomo con sus pequeñas manos el cuchillo más grande que encontró y aguardo hasta que el llegara, como cuando uno aguarda tranquilo una cita y se preguntaba cómo podía caber tanto odio en alguien tan pequeño como ella. Cuando el hermano de Eten se acercó, ella solo mantuvo firme el cuchillo que, con la fuerza de él, se enterró en su estómago. Eten lo saco, lo miró a los ojos y protegió su amor. Ese amor que se volvió un par de puñaladas en el torso. Y ahí estaban ambos como en una película de Kubrick, con un día perfecto de fondo.