Nido en la campana
En la campana de mi casa hay un nido. Para los que no lo sepan, la campana es el mecanismo que las cocinas tienen para absorber humo, partículas y evitar la suciedad.
Estas campanas tienen un interruptor que absorbe todo y lo desintegra con calor. En el caso de la campana de mi casa, al estar en un piso alto, lo libera por una ventanilla. La ventanilla donde están los pajaritos.
Esto me deja una clara disyuntiva: dejar que la cocina se ensucie o desintegrar a los polluelos que todas las mañanas, en el desayuno, trinan mientras yo irónicamente cocino unos huevos revueltos.
Pero así es el cariño. Le tenemos cariño a lo cercano, a lo tangible, aunque sea injusto para los demás e incluso para nosotros mismos.
El hecho de que estén en la campana hace que nunca los haya visto. Simplemente se escucha el eco de sus voces y cantos por toda la cocina.
Los pollitos son un corazón. Uno que escuchas trinar. Al que, mientras te importe, vas a tener la disciplina y el tesón de limpiar la cocina de tu cabeza y tus acciones aún más frecuentemente.
Uno que vas a procurar para darles la oportunidad de existir y cantar.
Pero no siempre es así. Siempre está la opción de no limpiar la cocina a costa de tu propia salud para conservar los pajaritos. O prender la campana y desintegrarlos.
Opciones que dan paz pero no tranquilidad.
La paz y la tranquilidad, contrario a lo que muchas personas piensan, es una labor de todos los días, desgastante, laboriosa, metódica y sobre todo detallista.
Desmontar las horquillas, lavarlas con sosa cáustica para que no queden residuos de la comida anterior. Enjuagar, lavar con jabón, curar en agua hirviendo las parrillas, quizá poner aluminio encima si eres un tío.
Pero tienes la tranquilidad de que en este proceso te acompañan los trinidos de un nido.**
Los pajaritos que a diferencia del corazón no vuelan, ya son mayores pero siguen regresando a ese nido seguro, porque sin saberlo, alguien trabaja para seguirlos escuchando cantar.
















